22 sept. 2015

No crónica de la Madrid-Segovia 2015

“Cuando uno ha podido tener El Prado y al mismo tiempo El Escorial situado a dos horas al norte y Toledo al sur y un hermoso camino a Ávila y otro bello camino a Segovia, que no está lejos de La Granja, se siente dominado por la desesperación al pensar que un día habrá de morir y decirle adiós a todo aquello” 
Ernest Hemmingway

Hace mucho tiempo en una ciudad de una provincia muy muy lejana y fronteriza alejada del centro de La Mancha y su poder civilizador. Un antiguo campamento militar árabe cercano a la sierra de Guadarrama (confín septentrional del imperio manchego) llamado Madrid, vivían en triste exilio algunos miembros (con perdón) de Corriendo por el Campo.

Como los CxC "orginales" y los clunienses en general andaban liados, unos recluidos en el estudio y la meditación en la universidad de Llorchtaun (Guasinton), donde se barrunta la participación en algún trail en los cercanos Apalaches, otros zumbándose llintonis después de los entrenamientos no-sé-sabe-pa-qué por las metrópolis megalopolíticas cercanas al acuífero 23, otros, simplemente dados a la molicie y la vagancia, o a lo que viene siendo también el ayuntamiento carnal (cosas de la mocedad) alguien se tenía que correr (con perdón ) algo ya. Una carrera, digamos.

Y es que en Madrid, somos así de chulos. Todo el mundo lo sabe.

Así que el pasado fin de semana, a las 3:30 a.m. estábamos el señor Luis Arribas "de Spanjaard", que tuvo que irse a vivir a Holanda una temporada para que le llamasen "el español" porque aquí nunca lo hubiese conseguido siendo un rojeras, con mi humilde persona, Manuwar, el tractor de Usera, echando un ratito en el coche a la espera de la salida (con perdón) de la carrera que era a las cinco, con la fresca (con perdón, también).

A esa hora no hay forma de llegar a Plaza Castilla razonablemente en transporte público, así que nos fuimos con Anne Souplet, mon petit chou, tercera cxcesa madrileña implicada, aunque tan francesa como su nombre sugiere, que estaba convocada como voluntaria en la salida a esa hora intempestiva antes de la madrugada en la que los borrachos sienten una atracción invencible, como las moscas por la miel, por la gente que parece que va a hacer algún deporte.

Dorsales 57, 58 y ¿57 1/2?
Foto: Corre con el cuento
El problema logístico consiste en que la carrera sale de Madrid y va hasta Segovia, también conocida en las tierras del Quijote como "la mítica y lejana Castilla la Vieja al Norte del Muro", y dan veinticuatro horas para hacer estos cien y pico kilómetros que separan ambos enclaves, administrando fuerzas corriendo y caminando conforme al criterio y entrenamiento de cada cual. Nosotros habíamos pactado entorno a dieciséis horas, lo que viene siendo correr dos terceras partes.

Como la zona de aparcamiento alrededor de la salida los sábados es de pago (constante y frecuente a lo largo de la mañana), era imposible ir en un vehículo que se quedase allí esperando nuestro regreso sin encontrarlo cubierto de multas de aparcamiento.

Tras un rato de charla al abrigo del coche, haciendo tiempo (que no perdiéndolo, si entienden ustedes la diferencia que establecía Ortega y Gasset en sus "Lecciones de metafísica"... ¿Qué no lo han leído? Corran, corran a sus librerías, ya me lo agradecerán). Nos acercamos a la salida para reunirnos con más compañeros con los que habíamos quedado cuya enumeración excede los límites de lo lógico en una ágil narración.

Como si a mi me importase la agilidad narrativa, dirán ustedes, que aún no he ni tomado la salida (c.p.) y sigo gastando tinta a lo loco.

Aclaro que siempre me siento obligado a pedir disculpas cuando hago la crónica de una carrera. El motivo no es otro que la sensación de que hay una enorme saturación de esta especie de género que atasca Internet después de cada competición. Han surgido bitácoras como setas de cardo en el otoño tras las lluvias creando una marea de diarios de carreras que amenaza con convertirse en tzunami y que, en general no son una gran aportación a la literatura universal. Entre ellas me incluyo aunque hoy mancille el honrado blog de Corriendo por el Campo con unas letras.

En definitiva, lo que se suele contar en este tipo de páginas (no como en www.manuwar.es, dicen) es desde dónde y hasta dónde se va y por dónde se pasa, las sensaciones que se van teniendo, los amigos y conocidos que te vas encontrando, alguna anecdotilla o alguna dificultad a la que hay que sobreponerse. los tiempos de paso y quizá alguna epifanía o revelación que en la agonía del esfuerzo sobreviene a la conciencia. Algo que puede acabar saturando.

Comenzando por el recorrido, se trata de este:

Camino de Santiago entre Madrid y Segovia: pasa por
Tres Cantos, Colmenar, Manzanares el Real, Mataelpino, Navacerrada y Cercedilla.
Las sensaciones normales. Al principio bien, luego duele un poco. Se hizo fácil gracias a la compañía de Eduardo, que tuvo a bien apostar por mis ritmos y dejar que el Maestro Spanjaard se dejase llevar por su ardor juvenil y trotase alegremente por delante de nosotros camino de la sierra de Guadarrama cual gacela.

Ninguna anecdotilla reseñable, ninguna epifanía, si algún problemilla o dolor al que sobreponerse, como suele ocurrir, por lo demás, cuando se trata de una carrera de tres cifras. Los tiempos de paso, como un metrónomo, camino del objetivo previsto gracias a mi compañero que los llevaba apuntados y se mantuvo firme en su consecución.

Y sobre los encuentros, todos muy agradables. Hay gente majísima que se acerca a saludarte o que está en los avituallamientos, currando de voluntarios y que, después de algunos años, conoces en este círculo relativamente cerrado que es el mundo de la montaña y también buenos amigos.

El encuentro más sorprendente, en meta, con Miguel Ángel, el amable caballero que hace dos años me llevó haciendo autoestop a meta desde la Granja de San Ildefonso en el tortuoso camino de regreso cuando me perdí al final del recorrido.

Postureo a la mitad del recorrido en Mataelpino.
Es increíble como la cabeza, cuando sabe que le queda
la mitad, no manda señales de cansancio. Cualquier otro día 50
kilómetros es una burrada descomunal que no te permite dar un paso más.
Foto: Ana Barroso
Saliendo de Cercedilla, repuestos tras un descanso y acompañados
por Anne, mon p'ti chou, y el padre de Eduardo. PK 69.
Foto: Ana Barroso

Entrada en meta. Un poco borrosa, no por la velocidad extraordinaria que llevamos,
que solo es la justa para que no le demos tiempo a la fotógrafa de pillarnos bien.
Al fondo, dos mil años nos contemplan.
Foto: Ana Barroso
Es una carrera muy recomendable. No para alguien que solamente haya corrido medios maratones o que esté empezando, pero si se ha hecho alguna vez un maratón, habría que entrenarla simplemente bajando un poco los ritmos y metiendo algunas pateadas (mejor de más de cuarenta kilómetros) e ir mezclando correr y andar escuchando las sensaciones del cuerpo para ir siempre muy conservador. De esa manera se mantendrá el impulso durante más tiempo que es lo más importante en estas "carreras de cien fáciles".

Que fáciles no son, oiga, hay que hacer cada kilómetro como en cualquier otra y la dureza la pondrá usted. Si quiere que sea dura (con perdón), tan solo tendrá que apretar un buen ritmo desde la salida y ya verá, ya.

Verás la maravilla del camino,
camino de soñada Compostela
-¡oh monte lila y flavo!-, peregrino,
en un llano, entre chopos de candela.
     Otoño con dos ríos ha dorado
el cerco del gigante centinela
de piedra y luz, prodigio torreado
que en el azul sin mancha se modela.
     Verás en la llanura una jauría
de agudos galgos y un señor de caza,
cabalgando a lejana serranía,
     vano fantasma de una vieja raza.
Debes entrar cuando en la tarde fría
brille un balcón en la desierta plaza.

Antonio Machado