12 oct. 2011

La sierra de Villarrubia de los Ojos

Villarrubia de los Ojos y más allá desde la sierra (foto de CARRI)
¿Qué íbamos a hacer si entre semana teníamos un día de fiesta, el Pilar para más señas (o de la Hispanidad, incluso de las Fuerzas Armadas)? Estuvimos a punto de ir al desfile, pero... al final decidimos echarnos al monte, no fuese que nos dieran ganas de apuntarnos a la Legión, que peores cosas nos pasan por la cabeza.

Eran poco más de las ocho de la mañana cuando Ramón y yo salíamos en coche hacia Villarrubia de los Ojos (por cierto, siempre he pensado que este pueblo tiene un nombre precioso). Se me había metido entre ceja y ceja una ruta por la sierra de unos 18 km y casi 700 metros de desnivel positivo que había visto en wikiloc. Tendría que haber descargado el track al Garmin (Garmin no es una discoteca, es la marca del reloj-gps), pero no lo hice, así que únicamente tenía la ruta en la cabeza y la ayuda del IPhone para poder ver el mapilla en chiquitillo y hacernos una idea. Lástima que lo del IPhone fue como el que tiene un tío en Alcalá. Nada más salir perdimos la cobertura y, ya sabéis, sin cobertura... hasta la raza se extingue.

Desde el centro de Villarrubia de los Ojos, cogimos la calle D. Quijote hasta que nos salimos del pueblo. Allí había unas antenas y lo que parecía ser el depósito municipal de agua.

Y empezamos a correr frente a la sierra. Casi desde el principio el camino comenzaba a ascender y a bifurcarse cada cierto tiempo, con lo que continuamente debíamos decidir si íbamos hacia un lado o hacia el otro. Normalmente la cosa es sencilla: se le pregunta a Ramón y se hace justamente lo contrario de lo que piensa (la famosa técnica de "lo que NO diga Ramón"). De esa manera no suele haber problemas, pero esta vez... sí los hubo. Después de subir una parte considerable del cerro nos encontramos una valla con su correspondiente puerta. Dimos la vuelta y bajamos por otro lado tratando de encontrar el camino correcto. Al mirar a la ladera de la otra sierra comenzamos a ver bastantes venaos en la distancia. Qué bichos más bonitos...
Ahora sí, ese parecía el camino correcto. Otra vez hacia arriba. Sin embargo, cuando quisimos darnos cuenta estábamos otra vez frente a la misma valla de antes. Menos mal que esta vez nos dió por leer el cartel medio borrado de la puerta: ¡Vía Pecuaria! La puerta no tenía mecanismo de cierre, solo había que empujarla... Con razón nos sorprendió que la técnica del ojímetro (o de "lo que NO diga Ramón") hubiera fallado. Aquéllo nos animó y empezamos a subir andando a muy buen ritmo (por allí era imposible correr por la cantidad de piedra suelta que había). La vía pecuaria se iba estrechando y perdiendo, hasta que desembocamos (de milagro) en una pista en condiciones. El paisaje era cada vez más bonito, más monte, más verde, más silencioso, más cerrado... hasta que llegamos a una encrucijada de caminos (donde volvia a anunciarse la vía pecuaria).
Desde allí pudimos divisar lo que había al otro lado de la sierra: mucha, muchísima más sierra. Y ¡qué sierra! pistas y más pistas a lo lejos, sendas, cortafuegos transitables, ni rastro de tendidos eléctricos, ni de poblaciones, ni de carreteras. El paisaje te traslada. Parece que estás en otro sitio. Y si nos dábamos la vuelta para mirar por dónde habíamos subido veíamos la inmensa llanura manchega hasta donde alcanza la vista, toda cubierta por una fina bruma como si hubieran puesto una enorme gasa sobre un gigante tapete multicolor (joder, qué lila... estoy más tierno que el día de la madre...)
Allí podíamos correr de nuevo, primero un poco de subida, luego llanear, después bajada, otra vez subir y el paisaje cada vez más bonito. Esta vez no decíamos lo de "qué bonito está el campo", nos sabía a poco. Solo repetíamos "alucinante", "otra senda", "camino", "qué pasada", "joderrrr", "mira, mira, mira", hasta que nos quedamos parados (y sorprendidos) como consecuencia de tres ciervos que nos cortaron el paso cruzando nuestro camino a unos diez o quince metros. El último con una cuerna enorme. A partir de entonces el espectáculo fue impresionante. Teníamos que parar cada dos por tres para ver animales corriendo de un lado a otro. Machos, hembras, crías... ¡A-LU-CI-NAN-TE! Lástima que con la emoción no hicieramos más fotos de los bichos, del paisaje... Solo se nos ocurrió hacérselas a una cierva con su cría que, a pesar de habernos visto, no se iban. Imagino que se encontraban a una suficiente distancia de seguridad y ni se inmutaban. La próxima vez haremos más fotos para que vosotros también podáis disfrutar como lo hicimos nosotros (o casi, que si queréis disfrutar lo mismo tendréis que animaros a correr por el campo).
Cuando llevábamos una hora y media más o menos paramos a tomar un zumo y unas barritas al lado de donde parecía que en invierno debía discurrir un arroyo. Y entre bocado y bocado, trago y trago, no decíamos prácticamente nada, salvo palabras sueltas para intentar expresar lo que estabamos disfrutando y lo que disfrutarían los demás la próxima vez...

Con energías renovadas, continuamos corriendo, bajando hasta llegar a un valle en el que corría un arroyo que tuvimos que cruzar (quizá de las zonas más bonitas del recorrido, que estará impresionante cuando llueva en invierno y en primavera). Desde allí volvimos a ascender poco a poco hasta llegar por otro lado a la bifurcación que cogimos a la derecha nada más terminar de subir la vía pecuaria.
Ascendimos un poco más y casi cresteando la montaña que veíamos enfrente de la que empezamos seguimos corriendo para luego descender durante unos dos kilómetros hasta que encontramos una puerta con logo al estilo Falcon Crest que nos cortó la respiración. Menos mal que no tenía candado, la abrimos, pasamos y la cerramos (en el campo hay que dejar las cosas como las encuentras) seguimos corriendo en bajada, pasamos al lado de la casa que también parecía de Falcon Crest y cuando ya estábamos casi abajo del todo... ¡Vaya, otra valla! Pero ésta sí tenía candado y pinchos malos y feos en la parte de arriba y alambrada y alambre de espino del tipo delqueseclavaprontomuchoybien. Menos mal que hemos visto muchas pelis de fugas y saltamos aquéllo como si tal cosa. Ramón es más recogidico, pero yo que soy xxl (sobre todo en anchura) estuve diez segundos en lo alto del alambre que ni para un lado ni para otro. Aquéllo se movía más que un garbanzo en la boca de un abuelo y yo encima, como un funambulista mareado, pero con el espino entre las patas... A pesar de todo, en un alarde de valentía, equilibrio y agilidad logré cruzar al otro lado con un simple raspón en la pierna derecha. A Ramón se le rompió la malla casi nueva que llevaba y se cagó en los alambres, terratenientes, fincas de caza y similares. Prometió que la próxima vez llevaría alicates.

Lo que no entendíamos es cómo la ruta que marcaba el wikiloc estaba destinada a la bici... nos habríamos equivocado... Cuando descargué los datos del Garmin en el Google Earth comprobé (con cierta sonrisilla en los labios) que nuestra (nuestra???) capacidad de orientación había dado resultado. Lo que había pasado es que en la imagen de wililoc la casa de Falcon Crest (y sus correspondientes vallas y puertas) se estaban construyendo o no estaban. La próxima vez habrá que planear la ruta mejor, porque por allí volvemos. ¡Fijo!

Os dejo la gráfica del recorrido y de elevación. Al final nos metimos unos 800 metros de desnivel positivo acumulado y otros tantos de bajada. ¡Qué gustico para la ancas, madre! ¡Y para la vista! ¡Y para el olfato!
Lo dicho: que volvemos fijo. ¿Se apunta alguién?

1 comentario:

Anónimo dijo...

joder qué bonito! si hasta viosotros salís guapos! L.