23/9/2014

Del Castillo al Chorizo. JAN en estado puro.

La nueva temporada va dando sus primeros pasos tras el parón estival. 

Algunos han parado en julio, otros en agosto, otros en septiembre, hay quien no ha parado... Hay hasta quien ha descubierto el amor este verano a la carrera. Aaaaahhhh, el amor...

Como el domingo pasado, en el que Luis, Miguel y yo nos acercábamos a El Cristo del Espíritu Santo para echar un buen rato por nuestras siempre queridas sierras de la Fuenluenga y de Malagón, este domingo comenzábamos la jornada carreril sin pretensiones, como cualquier otro día de fin de semana en mitad del año, sin ningún desafío a la vista, un domingo de correr por el campo con el único propósito de pasarlo bien. 

Habíamos quedado pronto. A las siete de la mañana recogería a Miguel para acudir a Corral de Calatrava para que José Antonio (JAN), el Sr. de los Chorizos, nos guiara por las serrezuelas de su entorno.
José Antonio Nieto (JAN)
subiendo una empinada (con perdón) pendiente
La temperatura va bajando y el fresco de la mañana hace que comencemos a correr a buen ritmo. Pronto empezaríamos a sudar, a subir y bajar cerros por pistas, veredas, sendas y cortafuegos, contemplando la llanura manchega por una parte, la laguna de Caracuel por otro y hasta la sierra de Puertollano.
JAN sube utilizando la técnica de la garrota
y Miguel la de la escoba (por el culo)
Hasta tuvimos tiempo de meternos por berenjenales (dícese de aquellos terrenos que no tienen senda ni itinerario claro para correr, lo que provoca la necesidad de correr a tronchamontes, a cholón o cada uno por dónde pueda, si es que puede) lo que nos proporcionó un simpático escozor en las canillas de tanto roce con jaras, chaparros, ramas y ramones. Por cierto, Ramón, nuestro Lidl, no vino porque nos puso los cuernos con el asfalto de la media maratón de Puertollano. El hombre está que lo vierte y quiso merendarse los 21 km en una horita y treinta y un minutos de nada. Está más fuerte que el vinagre, además de encontrarse en una de las etapas más bonitas de su vida (Ramón dixit). 
Así, como si tal cosa...
Finisher Quixote Legend limpiando la zarpa de finisher UTMB
¡Tontunas CxC!
A lo que vamos, que lo pasamos de lujo por esos campos aun resecos, subiendo incluso al Castillo de Caracuel, unas veces pasando por terreno público, otras veces no (pero sin darnos cuenta).
¡Un momento antes del beso!
En dos horas y cincuenta minutos, veinte kilómetros y 1.200 metros de desnivel acumulado, estábamos de nuevo en la plaza del pueblo para almorzar (que en manchego significa ponerse fino de comer y beber entre el desayuno y la comida) a las órdenes del carnicero mayor del reino. Si quieres ver la ruta PINCHA AQUÍ

JAN, haciendo gala de sus dotes culinarias en lo que a la manufactura del embutido se refiere, nos deleitó para alegría de nuestras andorgas con manjares de su propia cosecha en el bar de la plaza de la Iglesia, comunicándose con el mesonero a base de guiños, utilizando únicamente la palabra "otra", consiguiendo que, por cada guiño apareciera como por arte de magia una ración de salchichón, otra de chorizo, unas morcillas, lomo, queso, jamón y tercios de cerveza como si viniéramos del desierto de Atacama
Miguel no posa, es así.
Al final, cinco horazas de entrenamiento: algo menos de tres dándole a las canillas y más de dos a las quijadas. 

CxC Style 100%.

¡Como no te voy a quereeeeeer...!


18/9/2014

[Test Material] SALOMON S-LAB ADV SKIN HYDRO 12 SET. Mi mochila UTMB

Con esto del UTMB he tenido que aprender varias cosas. Y no todas son estrictamente de correr…

Estuve toda una tarde pensando cuál sería la mejor forma de meter en mi nueva mochila todo el material que tendría que llevar en carrera.

Nunca había hecho una prueba de 168 km, ni había tenido que llevar tanto material obligatorio. Para darle más emoción, la mochila era nueva.

Me había probado la SALOMON S-LAB ADVANCED SKIN HYDRO 12 SET de Miguel y al ponérmela dije: ¡Coño!, lo que –como podréis imaginar- en este caso denota sorpresa y admiración.

130 € de mochila (en oferta). Un pastizal, pero es otro mundo.

Es la cuarta mochila que tengo, tampoco es que sea un experto en mochilas.

La primera era una mochila de montaña, marca BORIKEN, que compré en Sprinter por menos de 20 euros que, a las primeras de cambio se quedó relegada a mochila para paseos (de andar) por el campo. El motivo: mi cuerpa serrana. Las cintas que salen de las correas de los hombros se me iban clavando debajo de los brazos como si se tratara de un instrumento penitencial.

La segunda fue de Decathlon. Una económica QUECHUA DIOSAZ que descarté tras la primera puesta. Me dejó los lomos altos como si hubiera estado tirando de un carro atado con sogas de pita. Es lo que tiene ser de “tronco hermoso” o, como diría mi abuela (q.e.p.d), “lustroso”. Ahora la tiene mi cuñada, “la miembra”, que es de figura esbelta y no tiene esos problemas.

Después de mis marcas sobaquiles, opté por ir a una tienda en Alicante, especialistas en lo de correr por montaña, y probarme varias. Al final, elegí la SALOMON XA 10+3, mucho más “de correr” y, a la vez, mucho más cara, unos 60 euros.  

Me ha ido bien con ella. He hecho desde entrenos  hasta carreras de más de 100 km. Incluso he hecho alguna multietapa con saco y aislante atados a la misma como AQUELLA CABEZONERÍA DE LUIS.
  
La tengo varios años. En concreto ya ha cumplido tres, le he metido muchos, pero que muchos kilómetros y la verdad es que está nueva. Le he hecho apaños, le he cortado cintas, le he cosido otras, la he personalizado, customizado y me va de lujo, pero cuando probé la SALOMON “FETÉN” (S-LAB ADVANCED SKIN  HYDRO 12 SET) pensé que tenía que ser mi mochila para el UTMB.

Solo tenía que probar si entraba todo el material, así que tuve que pedírsela a Miguel para comprobarlo. Cabía. Justo, pero cabía. Ya solo tenía que pedir una talla XL (la de Miguel es una M/L) y probarla “en marcha”.

Entre unas cosas y otras, la mochila no llegaba y solo pude probarla unos días, ninguno largo y sin todo el material. Exactamente lo contrario de lo aconsejado en todos los blogs, foros, webs… Pero “ca uno es ca uno” (y K2, una piragüa).

Por eso, como os decía al principio, pasé una tarde en casa con la mochila y con todas las cosas que llevaría al UTMB pensando cómo metería yo todo aquello (con perdón) para llevarlo de la mejor manera posible.

Y este fue el resultado :
Primer esquema mochilero
Como podéis ver en mi esquemático dibujo la mochila tiene varias partes diferenciables. Además, aunque no aparece en el dibujillo, tiene 2 bolsillos con cremallera a ambos lados que suponen un doble fondo de fácil acceso (sin quitarte la mochila) en los laterales, justo al lado de los bidones flexibles que trae la propia mochila en la parte frontal. Por último, la mochila tiene en la espalda un doble fondo en la que encontrarás una funda para introducir en ella la bolsa de agua que, con el típico tubito, aumentará la capacidad hidrante del invento hasta los 2 litros.

Toda la mochila es "extensible" con lo que el material se adapta a lo que le vayas metiendo (con perdón, otra vez). El material es muy ligero y no es impermeable por ningún lado, lo que te obliga a meter las cosas en bolsitas para que no se mojen con la lluvia o el sudor.

Después de hacer el dibujito, se lo mandé inmediatamente y muy contento a Jorge por WhatsApp, ya que éste se había comprado otra mochila igual. Al poco recibí un mensaje suyo que decía: "tú tienes mucho tiempo libre, no?". No se lo tomé a mal, sabiendo lo suyo (ser un amoral casi desde su nacimiento). Jorge, siendo un bebe, no lloraba por hambre, sueño, frío o calor. Lloraba porque le parecía igual de bien llorar que no llorar, sin más. 

A pesar de todo. La colocación final fue mejorando en mi cabeza y resultó ser la siguiente:
Esquema mochilero definitivo. Así salí de Chamonix

PARTE CENTRAL: (vertical, podríamos decir):
Como a esta parte se accede por una cremallera vertical situada en el lado derecho, hay que meter (ya no pienso pedir más perdón) lo que menos se usa en el lado izquierdo (lo que vendría a ser el fondo si el acceso estuviera arriba). 
Al fondo, para que vaya pegado a la espalda, en una bolsita (1), el pantalón largo y las manoplas impermeables, todo bien dobladito y aplastadito. 
Ahora empezamos a meter cosas más gruesas (¡y dale!)  
Lo primero, el frontal de repuesto con sus pilas (2), bien envuelto en papel film. 
Después, en otra bolsa, las mallas piratas (3) que sólo me pondré si hace mucho frío (yo acostumbro a correr con las canillas al aire incluso con mucho frejjjco).
En el centro del centro (como Mariano) el pequeño botiquín (4), una venda elástica adhesiva (5) y la crema de protección solar (6), en... (¡Truco gratis!) un botecito de esos en los que venían los carretes de fotos.
Y por último (lo primero que te encuentras al abrir la cremallera) el chubasquero (7) y el frontal (8). Además, aquí quedará sitio para meter la gorra, otro buff y, en mi caso, 250 gramos de orejones (albaricoques secos) para ir tirándole.
Este recipiente tienen el tamaño justo para llevar la crema que necesitas,
permiten meter el dedo (uff) y, además,
la crema no se sale por muchos botes que dé.
Dentro de la parte central hay un bolsillito pegado a la parte más externa de la mochila, lo más lejos de la espalda, no sé si me explico... donde viene la manta de emergencia (A) de serie. Además, ahí irán las toallitas húmedas (B), para limpiar la ojarasca -sin hache- en caso de apretón y otro juego de pilas de repuesto (C) por si acaso. Dentro de la bolsa de la manta de emergencia -que no utilizaría salvo eso, emergencia- metí el DNI y la licencia de montaña.

PARTE BAJA: (dispuesta en horizontal, recogiéndote los lomos)
Es también elástica y su acceso no se cierra con nada, salvo con la propia goma (también elástica) que remata la tela que la forma. No obstante, se ajusta a la perfección y no se cae nada en carrera, salvo que lleves la mitad dentro y la mitad fuera, lo que sería de medio-lelos.
Igual que en la parte alta, al fondo del fondo en la parte central, pegado a los riñones, metemos en una bolsita (9) una gasa estéril de 10x10 cm, una venda elástica tubular -por si hay que vendar rápidamente- unos calcetines y un buff de repuesto. Esto no habría que utilizarlo salvo necesidad (como todo, claro). 
En el centro, en la parte más baja, la segunda capa térmica bien enrollada (10) y una primera capa (11) enrollada igualmente. En uno de los lados, zonas de más fácil acceso, meteremos el gorro y los guantes en una bolsita (12) y, en el otro lado, un buff, los manguitos y las pantorrilleras dentro de otra bolsita (13).

PARTE DELANTERA:  
Lo más destacable son los compartimentos en los "tirantes" (14) para meter los dos botellines flexibles de 0,5 l. cada uno de ellos. Los botellines se van vaciando y se van comprimiendo por lo que no rebotan, ni se mueven. Cero molestias.

Encima de los botellines también hay unos pequeños bolsillos dobles. En uno de ellos (15) metí una navaja multiusos muy sencilla (hoja, lima, pinzas, palillo, punzón y, lo más, importante, sacacorchos, abrelatas y abridor de botellines) y en el otro (16) el silbato (de serie) y un protector labial (que yo soy de morro fino).
Debajo de los botellines hay otros bolsillitos pequeños en los que llevé las cápsulas de sales (18), metidas en... (¡Segundo truco gratis!) ese huevecillo -normalmente amarillo- que viene en el interior de los huevos KINDER, dejando el otro lado (19) para desperdicios tipo envoltorio de gel.
Ideal para meter pastillas o cápsulas de sales minerales
En LOS LATERALES: 
A continuación de los botellines, hacia la parte lateral de la mochila hay otros bolsillos alargados (17) que aproveché para meter geles y barritas, teniendo estos siempre a mano.
Y, a continuación, las cremalleras de otros dos bolsillos, cada uno en un lateral, que empleé para meter el vaso plegable (D) en un lado y el móvil  (E) en el otro. A mano, pero protegidos para que no se pierda nada.

BASTONES: Mis bastones telescópicos de tres tramos irían colocados gracias a las cintas elásticas que hay en un lateral en la parte más baja de la mochila, dándoles una vuelta para retorcerla a su alrededor y fijarlos, cruzándolos para llegar a la goma que hay arriba que debe tensarse, lo que los deja completamente sujetos para que corras, subas, bajes o bailes el chachachá

RESULTADO:
Todo fue perfecto. Al final, solo tuve que cambiar los orejones de sitio, sacándolos a un lateral de la parte baja trasera para tenerlos más a mano e ir comiendo sin necesidad de quitarme la mochila (aunque es algo más difícil para acceder, se consigue con un poco de práctica)

La mochila no me resultó incómoda en ningún momento, no me rozó por ningún sitio y, en la mayoría de las ocasiones, no me la quitaba ni en los avituallamientos. Parecía que no llevaba nada. El peso se reparte perfectamente y ni en las bajadas más radicales pierde la compostura.

En definitiva, un DIEZ de mochila. Después de 168 km así, el precio te resulta realmente ajustado. Quizá por eso, a ojo de buen cubero, la mitad del pelotón, si no más, llevaba esta mochila en el UTMB.

Espero que os sirva de algo.

Nota 1: A pesar de todo, Jorge también cree que esta colocación del material en la mochila es acertada. De hecho fui yo el que "hice" su mochila para el UTMB. Señora Concha, su hijo tiene dos madres, la biológica -Ud.- y la deportiva -yo-. Esperemos que el primer domingo de mayo compre dos regalitos en vez de uno.

Nota 2: Los de SALOMON no nos han regalado la mochila, ni nos han hecho descuento en la compra de la misma, por lo que la opinión contenida más arriba se debe, única y exclusivamente, a lo que me sale de las entrañas, sin más. No obstante, se aceptan encargos como SALOMON FIELD TESTER. Buen precio garantizado. ;-)




11/9/2014

El UTMB. Mi UTMB



El día de antes, en la fila para recoger el dorsal, con el Mont Blanc al fondo.

¡He ido al Ultra Trail du Mont Blanc! ¡Y he terminado! Ello me obliga a escribir algo. Aunque sean unas pocas letras con un mínimo sentido. Sin embargo me siento incapaz de hacer una crónica al uso, contando lo que pasó desde que empecé hasta que llegué a meta. Han sido cuarenta y cinco horas y catorce minutos, que se dice pronto. ¿Cómo podría explicarlo?

La crónica bien podría ser la de mi compañero Manu (la podéis leer pinchando AQUÍ) que escribe mucho mejor que yo y corre por el estilo. De hecho, él terminó medio segundo antes que yo.

Además, no me acuerdo bien de todos los nombres de los sitios por los que pasé, ni de los tiempos de paso, ni de tantos y tantos detalles que aparecen por mi cabeza a pinceladas, sin orden ni concierto.

En cambio, sí que tengo cosas que decir. ¿Cómo no?

En primer lugar algo bueno en plan general:

Correr el UTMB es una pasada por muchas cosas: Porque es la carrera por montaña por excelencia, por el ambiente, por los paisajes, por la experiencia que supone recorrer 168 km de una vez, por la aventura que ello conlleva. No sé si tiene que ser el UTMB (porque de momento solo conozco éste), pero si te gusta correr largo por montaña tienes que hacer una carrera de 100 millas sí o sí.

A pesar de eso, también hay cosas que no me gustan. Lógicamente, la carrera de montaña con más repercusión internacional está pensada para los ganadores, gente que ha sido capaz de terminarla en poco más de 20 horas (¡20 horas!). Se empieza a las 17:30, lo que a ellos les permite llegar al día siguiente a la hora de comer y a nosotros –los paquetes, quizá debería decir los mortales- nos tiene dos noches completas sin ver nada de lo que nos rodea. Sabes que es precioso, pero no puedes verlo. Es lo que tiene ser lento. Si quieres recorrer esa distancia y tu cuerpo no te da para más, te tocan dos noches de parranda por el monte. Tampoco me gustó la excesiva seriedad de los participantes. Está claro que hay que tomarse la prueba en serio, pero eso no está reñido con hablar con el compañero, hacer un chiste o pararte a ver simplemente el paisaje. Los que podían ir a nuestro lado no iban a ganar, eso estaba claro, entonces ¿por qué esas caras de setas, ese silencio sepulcral? Para contrarrestarlo, nosotros soltábamos una gilipollez de vez en cuando en voz alta para que los de al lado en vez de poner cara de serios, pusieran cara de espanto, miedo, incredulidad o asombro. Algo es algo… Tampoco me gusto ver envoltorios o geles por los preciosos senderos que rodean el Mont Blanc. Hay guarros en todos lados. Allí también.

Ahora, los momentos importantes de “mi” UTMB:

Todos juntos momentos antes de la salida
No se me olvidará la salida, con lluvia intermitente justo antes de salir y lluvia a tope desde el primer paso hasta, al menos, cinco horas después. Los nervios de un pelotón que no sabía si ponerse o quitarse el chubasquero antes de empezar.

Tampoco olvidaré jamás la imagen de Paula y Marisol esperándome en el avituallamiento de Saint Gervais bajo una intensa lluvia. Es emocionante ver allí a tu familia y amigos (Paco, Gema, Carmencita, Raquel, Anne) para animarte, sonreírte y abrazarte. Aquí lo psicológico y lo emocional cuentan tanto o más que lo físico.

También tengo grabado el primer amanecer. Llevábamos poco más de doce horas en carrera cuando ascendíamos los últimos metros para alcanzar el Col de la Seigne. Las primeras luces hacían que intuyéramos una silueta montañosa a nuestra izquierda y colores más claros que podían ser nubes o nieve. La visibilidad aumentaba poco a poco y se confirmaban nuestras sospechas, era nieve y entre ella las nubes que parecían abrirse a nuestro paso para que contempláramos el macizo que teníamos a nuestro lado. Pronto oímos voces que nos daban la bienvenida a Italia y nos señalaban en todo su esplendor –ahora sí- el Mont Blanc.

Aquello era el Mont Blanc y ahí estaba yo, un pardillo que hace cuatro días estaba haciendo una preinscripción pensando que jamás le tocaría ir.
¡Ya en Italia!
Solo tengo esta foto que un voluntario italiano se ofreció a realizarnos. La verdad es que podía haber sacado un poco mejor el jodido Mont Blanc, que era lo bonito, y no las piernas llenas de barro o las caras de panolis que tenemos Jorge y yo.

A partir de ese momento llegaría el mazazo de la carrera. Jorge se había quejado de la rodilla en las bajadas, pero ahora decía que ya no podía más, que tenía que bajar andando a Lac Combal. Trataba de correr pero sus rodillas no le dejaban. Yo me había quedado helado al parar unos instantes arriba, donde corría mucho viento. Tenía que seguir corriendo, porque empezaba a pasarlo mal. Además, así creía que obligaría a Jorge a no abandonarse. Le dije que yo bajaría hasta el siguiente avituallamiento y que allí le esperaría tardase lo que tardase. Fueron casi cuarenta minutos interminables hasta que vi su cara de circunstancia, triste, diciéndome que no podía seguir, que no había podido correr ni diez metros seguidos. Yo creía que aún podía. Por si sus sensaciones eran equivocadas le dije que debía agotar la media hora larga que quedaba hasta el cierre de control, que estirara, que se pusiera hielo, que pasara al puesto médico para que le pudieran ayudar. Le dije que si yo arriba estaba helado, después de tanto tiempo parado a la intemperie (el avituallamiento no era cerrado) ahora estaba absolutamente congelado. Conociendo su competitividad, quise darle de nuevo un motivo para seguir: Salir yo antes para que tuviera que alcanzarme. Le dije que en cuanto saliese me mandara un mensaje para esperarle en el siguiente punto de control al final de la siguiente subida o en el próximo avituallamiento, 9 kilómetros después. Me dijo que lo haría así. Salí de allí temiendo lo peor, pero confiando en Jorge –como siempre- y en la suerte.

No quería pensar en nada, no quería taladrarme la cabeza imaginando lo peor. Así que salí de allí a buen ritmo tratando de olvidarme de todo. Tanto que me olvidé de rellenar el agua. Después de haber estado allí sin hacer nada, me fui con los depósitos vacíos. Media vuelta. Cuando volví ya no vi a Jorge, estaba en la enfermería. Di media vuelta y empecé a correr. Pronto llegaría la subida. Empecé a adelantar. Para no pensar todo mi afán era contar la gente que superaba. Uno, dos, tres… hasta setenta y cinco. Y si alguien me adelantaba descontaría uno.
Por aquí tendría que venir Jorge...
Al llegar arriba no quise mirar el móvil. Ahora tocaba bajar hasta el próximo avituallamiento. Otra vez a contar. Uno, dos, tres… hasta cincuenta y uno. En total más de 125 adelantamientos netos (no me adelantaría ninguno en la subida y no más de cinco personas en la bajada)

Allí miré el móvil. Había un SMS. La inflamación era importante y los médicos le decían que no debía seguir.

¡Joder! Era previsible viendo como bajaba, pero no quería que fuese verdad.

El puto SMS era un jarro de agua fría. Jorge, igual que Manu y yo, tenía mucha ilusión por superar el reto, por recorrer todos los kilómetros por Beatriz, por vivir una aventura y, de pronto, todo se venía abajo.

Ahora, en frío, todo tiene su explicación. Varias horas de lluvia sin parar, el suelo lleno de barro y las pendientes negativas como pistas de patinaje hicieron que nuestras pisadas se hicieran inestables, que cada apoyo fuera un esfuerzo extra para corregir los desplazamientos que se producían por el barro y la lluvia. Además, los pies de Jorge se llenaron de ampollas por el roce y la humedad. Todo ello fue sobrecargando su rodilla hasta que ya no pudo más.

Tenía que sentarme en aquel avituallamiento para tratar de poner en orden en mi cabeza. Estoy seguro de que la mitad o más de los que había pasado antes me volvieron a adelantar en aquel sitio.

Menudo contraste. Uno de los avituallamientos más bonitos, con un paisaje espectacular, un sol radiante, hasta un coro poniendo el vello de punta con sus voces en aquel lugar de ensueño a más de dos mil metros de altura y a solo cuatro kilómetros del ecuador de la carrera, en Courmayeur, “base de vida” donde podríamos cambiarnos de ropa, comer algo, reponer fuerzas y seguir.

¡Y no estaba Jorge!

Tenía que seguir, había que terminar aquello, antes solo por Beatriz. Ahora también por Jorge. ¡Qué cojones!

Así que salí de allí diciéndome que tenía que conseguirlo, que tenía que terminar como fuera. Traté de ir aumentando el ritmo para coger a Manu que iba por delante. Lástima que Manu creyese que los que íbamos delante éramos nosotros y también apretase para alcanzarnos.

Me esperaban muchos kilómetros en soledad, pero en muy poco tiempo llegaría otro de los momentos que me servirán para el futuro.

El retraso acumulado me haría llegar a Courmayeur con poco tiempo. Me cambié de ropa, me puse protección solar, repuse cosas de la mochila y comí menos de lo que debí. No tenía tiempo. Salí solo cinco minutos antes del cierre de control. Anne, la novia de Manu, me dijo que éste había salido unos 35 minutos antes que yo.

Ahora había que subir, pero esta subida se atragantó, comenzaban a adelantarme y me faltaban las fuerzas. Suerte que me di cuenta de que todo tenía que ver con la gasolina. Me paré a la sombra de un árbol, me tomé un gel de carbohidratos y unos cuantos orejones (albaricoques secos) que me pusieron en órbita al poco tiempo. Desde ese momento, no hubo más momentos malos desde un punto de vista físico.

Solo me quedaba pasar algún mal momento psicológico.

Era de noche, la segunda noche, no sé siquiera por dónde iba exactamente. De pronto mi tobillo derecho se tuerce en una zona de piedras y raíces. El dolor es como siempre, fino e intenso. Tengo que seguir. Tengo que pisar con decisión. Pero el tobillo vuelve a fallar. Ahora tengo que ir despacio. Unos minutos antes me había acoplado a un grupillo para no ir solo de noche por aquel enorme bosque. Ya sabéis que no soy lo que se dice un valiente al caer la noche. Pero me tenía que descolgar. Otra vez solo, con el tobillo recién torcido. Pensé en Jorge, en Beatriz. En todos los que me estarían esperando en la meta al día siguiente. Incluso pensé en los articulillos que habían salido en prensa, en las entrevistas en las televisiones locales, en la radio. “Tanto para esto”- pensé. Vi el reto en peligro durante un instante. Aquello no podía pasar.

Así que tuve que parar, pensar y, después, actuar. Había que vendar, si no, el tobillo volvería a fallar. Comenzaba a notarse el edema bajo el tobillo, había fibras rotas. Saqué una venda tubular de esas que se ajustan y doblan sobre sí mismas para aumentar la presión que nos había dado nuestro amigo Ricardo, médico. Solo hicieron falta dos vueltas para notar una presión importante en el tobillo. Ahora debía pisar con la mayor naturalidad que pudiera, concentrándome en pisar correctamente. Y debía confiar en la suerte. Y la tuve. Quizá desde ese lugar y hasta pasados tres o cuatro kilómetros el piso fue el que mejor recuerdo de toda la carrera, incluso con algún tramo de asfalto y todo en subida. El tobillo se encontraba cada vez mejor y más seguro. Yo también.

Escollo superado.

Todo lo que quedaba era bueno. Tenía que serlo.

Y lo fue. En Champex-Lac, kilómetro 122, encontré a Manu. Yo había ido aumentando el ritmo cuando podía, pensando en alcanzarle. Él había parado allí con la intención de esperarme sabiendo ya que yo iba detrás.
¡Por fin juntos!
Las caras de locos debían ser por el sueño que teníamos.
O es que estamos locos...
Fue como encontrar un salvavidas, una niñera simpática y cariñosa, un hermano mayor, un amigo para disfrutar en compañía lo que quedaba de aquello.

Además, llegaba la media noche y el sueño comenzaba a hacer mella, tanto que hasta nos hizo ver cosas que no existían (yo ratas cruzando el camino y preciosos tigres tallados y pintados en la roca; Manu, casas que indicaban que llegábamos a un punto de control o pancartas rojas que nos marcaban el final de una bajada horrible)

Pasamos momento jodidos, por el sueño después de más de 30 horas en marcha, porque se te cierran los ojos, porque no dejas de dar puntapiés a las piedras, porque de pronto te das cuenta de que a tu izquierda hay cadenas sujetas a la roca para agarrarte y no caerte por un precipicio que hay a tu derecha y que no habías visto, porque casi no hablas y lo poco que dices son simplemente monosílabos de afirmación o negación.

Pero también pasamos momentos muy buenos, pensando y verbalizando lo que estábamos haciendo, riéndonos de nosotros mismos, de las costaladas que nos dimos sin mayores consecuencias (salvo algún raspón, moratón o dolor los días posteriores), adelantando a gente que –por apariencia- debía ir mejor que nosotros, o viendo como Manu –el que dice que no sabe bajar- tomaba la iniciativa en los descensos como alma que lleva el diablo, obligándome a vocearle desde atrás diciendo “me llevas loco, Manu, me vas a matar”.

También suponía un alivio ver a Anne en los avituallamientos o a falta de pocos kilómetros cuando ya solo quedaba bajar hasta Chamonix.

Y llegar a Chamonix, después de 45 horas de aventura, sintiéndote aún fuerte, enorme, duro, con suerte. 

Encarar las primeras calles del pueblo y oír los gritos de la gente animándote por tu nombre, aplaudiéndote, dando la impresión de que te animan de verdad, porque saben lo que has hecho y lo duro que ha debido ser. Es simplemente impresionante.

Ver a los tuyos en los últimos metros es ya indescriptible, emocionante.

Poder correr los últimos metros llevando de la mano a Paula y Carmen, mi hija y la hija de mi mejor amigo de toda la vida, es algo que no tiene precio. Marisol corría también a mi derecha, algo más separada, de forma discreta, sin salir en la foto, como es ella, pero estando ahí, como siempre, sin condiciones.

Quizá haya sido ese momento uno de los momentos más emocionantes de mi vida. No sé decir por qué, pero –al contrario de lo que suele sucederme- me emocioné y mucho. 

El abrazo en meta con Jorge fue brutal, de esos abrazos que se sienten dentro. Yo le quería decir que si eso no era aún mejor era únicamente porque él no había ido conmigo físicamente –en lo emocional fue siempre a mi lado- y yo entendía de su abrazo que se alegraba tanto por mí como si hubiera sido él el que cruzaba la meta. Pero no nos dijimos nada con palabras, solo nos abrazamos.



¡ULTRA TRAIL DU MONT BLANC TERMINADO!

Con nuestro trofeo
Ya solo me quedaba una sorpresa alucinante.

Al día siguiente, Manu y yo con nuestros chalecos de finishers
Todo sucedía al día siguiente. Me quería echar un rato la siesta para recuperar, pero conecté el Wifi del apartamento. De pronto comencé a comprobar con mis propios ojos la cantidad de mensajes, WhatsApps, publicaciones en Facebook y Twitter  que se mandaron con motivo de nuestra participación en la prueba. En carrera no llevaba conectados los datos para que me durara la batería del teléfono, además de que cuesta una pasta tener datos en “Extrangia” si eres usuario de la telefonía móvil en Españistán. Había que apañarse con el Wi-Fi.

Jamás pude pensar que nuestra participación en el UTMB pudiera tener tanto seguimiento por parte de tantos y tantos familiares y amigos.

Estuve más de tres horas y media leyendo en el teléfono lo que vosotros habías mandado o publicado. Me reía, me emocionaba, alucinaba con el control de la carrera que se había hecho a través de los mensajes automáticos que se enviaban a Facebook cuando pasábamos por un punto de control. Sin duda, toda esa energía positiva se encauzó de algún modo y me llegó. Si no, no resultaría posible que durante toda la carrera fuera pensando que podía terminar, que seguía fuerte y que yo acabaría con el Mont Blanc y no el Mont Blanc conmigo.

Muchas gracias a todos por todo. Disculpas si no contesté alguna llamada o algún mensaje. Traté de dar “me gusta” a todos vuestros comentarios en Facebook para deciros, simplemente, que había visto vuestro mensaje, que me había llegado. 

De entre todos los mensajes, me emocionó especialmente el VIDEO DE BEATRIZ en el que se le saltaban las lágrimas cuando nos daba las gracias por todos los kilómetros que habíamos recorrido por ella. ¡Sin palabras!

Beatriz, tú te mereces eso y mucho más

Por esto también estamos muy contentos. Gracias a la repercusión que ha tenido todo esto, hemos echado una manita a Beatriz recaudando fondos y haciendo su historia un poco más visible. Además, esto no ha terminado, seguimos "vendiendo" kilómetros hasta final de año. Así que no tienes escusa. !Compra¡ Aquí tienes todo lo necesario para hacerlo.

Estoy, como casi siempre, feliz, pero ahora tengo algún motivo más pare estarlo.

Nos vemos corriendo por el campo.

19/8/2014

III Carrera Popular por el Campo VILLA FERNÁN CABALLERO

Otro año más - y van tres- tendrá lugar la Carrera Popular por el Campo "Villa Fernán Caballero" que con tanto esmero prepara nuestro amigo y presidente del club de fans de CxC, Santi de la O (y Mora, por su santa madre, la Sra. Paquita).


Será este sábado (23 de agosto) y son 100 los dorsales que se ponen a disposición de quienes quieran pasar un buen rato dando un paso detrás de otro saliendo de la plaza del pueblo de Fernán Caballero para dirigirse hacia las sierras más cercanas, pasar de refilón por la de "El Gigante" y atravesar, subiendo un bonito cortafuegos, la de "El Perro", para finalmente regresar al pueblo rodeando el pantano de Gasset y utilizando su "vía verde".

Se pisará algo de asfalto al salir del pueblo y al regresar por la vía verde, caminos de tierra, sendas... Se subirán y bajaran cortafuegos, atravesaremos una pedriza... Un poco de todo. Lo importante para la organización (la sección de deportes del Ayuntamiento de Fernán Caballero, con Santi a la cabeza) es mostrar el entorno y potenciar el deporte por la zona. CorriendoporelCampo, como en años anteriores, se encarga de diseñar el circuito y balizarlo. 

Para nosotros, lo importante es que la gente lo pase bien corriendo por el campo, que se "inicie" en lo del trail, que le coja el gustillo a lo "natural" y que, en definitiva, viva algo de lo que nosotros vivimos a menudo. 

Y por si todo esto fuera poco, la inscripción es gratuita, dispone de tres avituallamientos líquidos, uno de ellos también sólido (con fruta fresca) más el de meta (líquido y sólido)

La entrega de trofeos se realizará en la piscina (la inscripción gratuita también incluye duchas y un baño en la piscina municipal) donde también podremos tomar unas cervecitas (éstas ya por cuenta de cada uno) para cerrar la jornada. 

Si queréis saber cómo es exactamente el recorrido podéis verlo pinchando AQUÍ para acudir al enlace de wikiloc, donde también encontraréis una breve explicación del recorrido por tramos.

Si queréis más información podéis verla en el "evento" creado en facebook (o pinchando AQUÍ)

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7/8/2014

Un fin de semana a la carrera: El Escorial - Cercedilla - Puerto de Navacerrada - Miraflores de la Sierra


Este fin de semana ha sido la rehostia. Así, sin paliativos.

MANU (nuestro CxC más heavy-metal) quiso que nos diéramos un largo paseo por la sierra madrileña a modo de entrenamiento, aperitivo o ensayo general antes del lío del Mont Blanc

Y nosotros, que somos de personalidad débil, dijimos que sí a la primera. 

JORGE y yo teníamos que ir para acompasar ritmos, limar asperezas atléticas con determinadas partes de nuestra anatomía y comprobar si estamos haciendo bien las pocas cosas que hacemos de cara al UTMB.

LUIS tenía que venir porque le encanta recorrer nuevas rutas y, además, porque una de las programadas sería la de la CUERDA LARGA, una de ésas que se le meten en la cabeza manteniéndolo en vilo hasta que consigue hacerla. Una "luisada", vamos.

RAMÓN necesitaba, por fin, reencontrarse con los miembros "originales" de CxC después de un tiempo "desaparecido" y los miembros "originales" necesitaban al muchacho de los enormes gemelos trillizos para meterlo en vereda y mantener el grupo compacto y bien peinado.

Los demás no podían venir. Ellos pasarían envidia y nosotros los echaríamos de menos.

Por otra parte, Manu había invitado a más amigos. A MARIAN, una corredora del "Tierra Trágame", una "Woman WindXtrem", de las que da gusto ver subir como una "cabrilla" por los sitios más escarpados y bajar como flotando entre las piedras como si no le costase en absoluto. Y Marian había traído a ALBERTO para que nos acompañara el primer día, un neófito en lo de correr por la montaña, pero todo un experto biciclista de "enduro" (de esos que da miedo ver cuando se tiran monte abajo como si no tuvieran frenos, ni mujer que dejar viuda).

El segundo día, vendría JAVIER, otro amigo de Manu que se está adentrando en las distancias más largas por la montaña.

Jorge, Luis y yo llegaríamos a Madrid el jueves por la noche. Así no tendríamos que madrugar tanto. Risas, chascarrillos de los de siempre y unas hamburguesas riquísimas en "Alfredo´s Barbacoa", regadas con tres medios litros de cerveza fresquita y un gin-tónic después en "The Red Lion" que nos pillaba de paso antes de dormir. 

De los excesos nos acordaríamos al día siguiente... Y menos mal que no me dejaron pedir el "lomo alto de cebón 500 g"... 

01/08/2014: El Escorial - Cercedilla: 50 km. 2.250 m. D+

El viernes temprano llegábamos a Miraflores de la Sierra (lugar donde terminaríamos la última etapa) para dejar nuestro coche allí y subirnos en el de Manu hasta Cercedilla para encontrarnos con Marian y Alberto y allí coger un tren que nos llevara a El Escorial, inicio de la aventura del fin de semana.

Llegamos cinco minutos tarde, perdimos el tren y trastocamos absolutamente los planes del día. Ahora tendríamos que ir en coche a El Escorial. Las caras de Marian y Alberto no podían ser más explícitas. Nos querían matar, aunque su educación les obligó a forzar la sonrisa y decir "no pasa nada". Veían por primera vez a los CxC y eso impresiona (desde un punto de vista negativo, claro)

Empezamos la ruta y, sin saber muy bien por qué (no nos acordábamos de las cervezas, ni del gin-tónic) Luis y yo comenzamos a sudar de lo lindo nada más echar a andar. Los demás iban subiendo normalmente y nosotros echábamos el higadillo a cada zancada. En el km. 3 tuvimos que decir a los demás que siguieran, que nosotros subiríamos más despacio. Luis comenzaba a ponerse blanco y yo, aunque no me veía, me notaba amarillo limón, tirando a azul cadáver. Luis comenzó a vomitar hasta la primera papilla que tomó de niño. Yo no quería vomitar, pero me mareaba. Él dijo que se "rajaba", que se iba al coche. ¡No llevábamos ni 4 km.! Yo notaba que me moría a rajas, pero si lo decía tendríamos que irnos los dos, así que puse cara de hermano mayor y dije: "Luis, hazme caso. Vamos a parar un poco. Yo me quedo contigo (como si me estuviera sacrificando, cuando en realidad no tenía fuerzas ni para dar un paso más). Comemos algo y seguimos". Luis dejó su mente en blanco y se entregó, poniéndose en modo "dime-lo-que-tengo-que-hacer,-que-yo-lo-hago".

En cinco minutos estábamos subiendo otra vez con más pena que gloria. A partir de ese momento todo fue a mejor. Subimos unos 700 metros de desnivel positivo y, una vez arriba, las cosas empezaron a verse de otra forma...
No es que Luis sea un "montaje" es que estaba desorientado
Hasta que nos perdimos y nos volvimos a perder y subimos y bajamos y volvimos a subir... Toda una aventura en la que lo pasamos en grande.
El hombre que "sus robaba" los caballos
Vimos caballos, refugios de montaña, un búnker... Así hasta que llegamos al Puerto de Guadarrama y su asador El Alto del León, donde repusimos fuerzas para seguir hasta nuestro destino: Cercedilla.
Al lado del búnker
Marian y Alberto, que al adelantarse un poco no se habían perdido y habían hecho menos km que nosotros, decidieron alargar un poco más y pasar por la Peñota para ir a Cercedilla. Así les saldrían unos 36-39 km.

Nosotros teníamos que seguir el GR 10, después un ramal señalado con marcas verdes y, posteriormente, el PR 30 que nos llevaría directamente a Cercedilla. Sin embargo, nos dio por perdernos otra vez y empezamos a subir, como si no costara, hasta que nos dimos cuenta de que íbamos camino de La Peñota. Así que tuvimos que desandar lo andado y bajar lo que habíamos subido hasta encontrar el ramal correcto y dirigirnos hasta nuestro destino. 

Al final, después de los despuéses, 50 km y unos 2.250 m D+ para nuestras piernas que, aunque algo cansadas, habían respondido a la perfección a pesar incluso de que las de Luis y las mías creyeron morir a solo cuatro kilómetros de empezar. 
Ya en Cercedilla, recién llegados.
Al llegar nos esperaba Ramón (Oh, Lidl) que nos pidió una cervezas fresquitas y unas tapas para que esperáramos a que llegaran Marian y Alberto. Mientras, mirábamos el cielo gris sobre nuestras cabezas. Eran las nueve y no nos apetecía dormir al raso por si nos pillaba la lluvia que ya hizo acto de presencia cuando estábamos perdidos. Finalmente, Marian, Alberto y Ramón harían vivac en las Dehesas de Cercedilla y nosotros cuatro (Luis, Manu, Jorge y yo) estiraríamos las patas en el Hostal Longinos El Aribel, un hostalito muy majo, limpito y a buen precio justo al lado de la estación. 

Había que cenar. Ramón tendría que acercar a los que tenían el coche en El Escorial (Manu y Marian) y Alberto iría a buscar sitio para hacer vivac. Pero teníamos hambre, mucha hambre.

Así que sin ducharnos, con un simple cambio de camiseta y con la ayuda de las toallitas húmedas nos aseamos lo que pudimos para entrar en el  Restaurante Cambalache, un italiano que nos había recomendado un señor del pueblo. Al principio, cuando nos vieron llegar nos quisieron "colocar" en la calle, a lo que nos negamos. Nos acomodaron en la zona interior y nos sirvieron una rica cena, aunque no lo suficientemente abundante para el hambre que llevábamos. 
Esperando la cena. Y los dedicos de Luis...
La cosa se alargó y, entre pitos y flautas, debimos estar allí unas dos horas y media. Entre tanto, el bueno de Alberto ¡Dios Santo! casi nos arruina la noche (por no decir la vida) cuando nos dijo que comer jamón en una prueba deportiva era poco menos que "cagarla". No, joder, no... Eso no se hace en presencia de Jorge... Por un momento creí que Alberto moriría estrangulado. Menos mal que Jorge, a pesar de su amoralidad extrema, es un hombre respetuoso (bueno, eso y que estaba enfrascado en sus tortellini con salmón como un perrete hambriento y no hacía caso a nadie). La verdad es que echamos unas risas entre todos y lo pasamos en grande en un sitio agradable y con una comida bastante rica.

02/08/2014: Cercedilla - Puerto de Navacerrada. 23 km. 1400 m. D+

El día anterior habíamos hecho más kilómetros de la cuenta, así que el segundo día haríamos menos de lo previsto.

Comenzamos la jornada en Casa Cirilo, dónde estaban los que habían dormido al raso -Marian y Ramón- y Javier, que se incorporaría al grupo en esa jornada. Alberto se había marchado a pegarse un tute de campeonato en bici después de su estreno en lo de correr por montaña.

Antes de salir cargamos pilas con un bocadillo de tortilla francesa con jamón que nos supo a gloria, lo que nos proporcionó fuerzas y ánimos suficientes para ascender por la senda borbónica hasta llegar al puerto de la Fuenfría. Desde allí, bajamos por el arrastradero de troncos, haciendo en camino inverso del Gran Trail de Peñalara (GTP), lo que nos encantó al poder comprobar lo bonito que era ese mismo lugar que un año antes nos hizo resoplar cuando llevábamos unos 90 km en las patas. Después enlazamos con el GR. 10.1, llaneamos a buen ritmo entre bosques preciosos con una temperatura ideal hasta llegar al Puente de la Cantina, donde encontramos a un corredor herido al que tuvimos que auxiliar, utilizando por primera vez el betadine de mi botiquín (parece que jamás va a utilizarse, pero cuando pasa algo debe estar ahí).
Entra la Fuenfría y el puente de la Cantina
Después comenzamos a ascender sin parar hasta el Puerto de Cotos, donde hicimos una parada técnica en la famosa Venta Marcelino para echar una cervecita con limón y comer algo antes de seguir el ascenso por la Senda del Noruego hasta el Alto de Guarramillas, también conocido como Bola del Mundo.
Reponiendo electrolitos en Venta Marcelino
Servidora, Jorge, Ramón, Marian -en holograma- y Javier
Las piernas seguían frescas y fuertes, lo que nos hacía sonreír y pensar que no estábamos tal mal como nuestros cuerpos pueden aparentar.
Jorge, Ramón y Marian llegando a la Bola del Mundo
Una vez arriba, estuvimos moneando un rato, haciendo fotos y riéndonos como si no hubiéramos corrido en toda la mañana. 
La "escuadra" de Marian
El "trípode" de Ramón
La "cucaracha" de Manu 
Desde allí, Marian se puso al frente (una vez más) y nos llevó en un periquete hasta abajo en un frenético descenso "a cholón" por la pista de esquí. Cuando tocamos el cemento, miramos arriba buscando a Manu que se había quedado atrás. No se veía. Ni por la pista de esquí, ni por la que va haciendo eses, ni por la de cemento... Había desaparecido. Teníamos que verlo y no aparecía. Yo ya comenzaba a ver las zonas oscuras como si fueran el cuerpo de Manu -vestido de negro- tirado en el monte... Preocupados, Jorge y yo comenzamos a subir para ir en su busca, hasta que el muy desgraciao nos llamó desde abajo para preguntarnos cuándo llegábamos. Había cogido un camino mucho más suave para llegar a abajo, dándole tiempo a bajar mientras nosotros pensábamos qué haríamos con su cuerpo... ¡La madre que lo parió!

Al final nos salieron 23 km y 1400 metros D+

Ya todos juntos, menos Javi, que había quedado con su contraria, nos dirigimos a Venta Arias para reponer convenientemente las calorías perdidas. Albóndigas para Marian, bocadillo de lomo para Ramón, bocadillo de morcilla (y menuda morcilla) para Manu y judiones de la Granja para Jorge, para Luis y para mí.

Obsérvese el tamaño anormal de la morcilla comparado con el tamaño normal del reloj
Pronto estaríamos en el Albergue de Peñalara (antes incluso de que vinieran a abrirnos), echándonos en la misma puerta una mini-siesta que nos recompuso totalmente.

Cuerpas al sol en la puerta del albergue de Peñalara
Solo estábamos alojados nosotros. Nos instalamos, nos duchamos y nos fuimos al río a meter las piernas en el agua helada lo que nos dejó como nuevos para el siguiente día. 
Crioterapia barata
A las 20:30 comenzábamos a cenar en el Albergue una ensalada "con de to" y una estupenda ración de lasaña casera riquísima, pan, agua y postre lácteo de chocolate.

Antes de las 22:00 horas, con algo de luz entrando por la ventana, estábamos encamados y más anchos que largos.

03/08/2014: Puerto de Navacerrada-Miraflores de la Sierra: 28 km. 1000 m. D+

Domingo, 8:00 de la mañana. Desayuno en el Albergue de Peñalara. Pan, mantequilla, mermelada, bollería, galletas, café, cola-cao, leche... y al campo.

El principio fue matador. Había que subir los 400 metros de desnivel hasta Bola del Mundo (2.265 msnm) del tirón y sin calentar. Hacía frío y viento, pero allí comenzaba la ruta de la Cuerda Larga, la que tanto tiempo había querido hacer Luis.
Las antenas de Bola del Mundo
La ruta es una maravilla, de esas que te hacen sentir que estás en la montaña, sobre todo a nosotros que lo más alto que subimos es a 1300 msnm. 

El día estaba nublado y casi no nos dejaba ver lo impresionante del paisaje a ambos lados de la cuerda. En cuanto abría por algún lado, alguien decía: "¡Mira, mira, mira! ¡Qué bonito! ¡Impresionante!"
Qué bonita estampa, sino fuera por los CxC´s
Destrepando como si nada...
Manu nos iba explicando por dónde íbamos pasando (cerro de Valdemarín, Cabeza de Hierro Menor, Cabeza de Hierro Mayor, collado de las Zorras, Navahondilla, Bailanderos, collado de la Najarra) y qué teníamos a nuestro alrededor (la Pedriza a nuestra derecha se veía preciosa).

Entre tanto disfrute, también hubo tiempo para hacernos fotos, reirnos, comer, beber y (a pesar de su ineficacia en la reparación muscular inmediata) comer un jamón que nos supo a gloria.
Paradita para comer algo
Alegres y ufanos
Un "planking"
Un "saco de patatas"
Luis, al fondo, confundiéndose con el vértice geodésico
Una vez en el collado de la Najarra descendimos por un sendero muy disfrutón hasta el Puerto de la Morcuera, tanto que Ramón se despistó un poco, torciéndose el tobillo y dando con sus huesos en el suelo, rompiéndose las mallas un pelín e hiriéndose el orgullo más que el cuerpo.

Al llegar a la Morcura nos acordamos del avituallamiento del GTP del año pasado. Llegábamos allí al amanecer. Nos acordamos de la calurosa y cariñosa recepción por parte de Mercedes Rita Pels en el avituallamiento, de que a Jorge se le calló el jamón al suelo (lo que no impidió que nos lo comiéramos)... de momentos que se quedan grabados en la memoria de una prueba ultra con independencia de que puedan situarse con precisión en el mapa.

Ya solo quedaba bajar y bajar; primero por un sendero y después por pistas para evitar que el tobillo de Ramón volviera a fallar. Afortunadamente, nos seguíamos sintiendo enteros y fuertes (incluso un poco guapetes).

Pronto estábamos en Miraflores de la Sierra, fin de la etapa y de la aventura del fin de semana. 

Buscamos la parada del bus que llevaría a Manu hasta el Puerto de Navacerrada para recoger su coche. Allí mismo encontramos una fuente en la que metimos los pinreles para gozo y disfrute de éstos y del resto del cuerpo. Justo en frente había una pizzería, lo que nos facilitaba la labor de reponer fuerzas. 
Con los pies en remojo
Tres pizzas familiares (cuatro quesos, jamón y de no sé que con pimientos) para los seis, coca-colas y cervezas. 

El pobre Manu tuvo que coger el autobús antes de que salieran las pizzas, así que tuvimos que llevarle su parte a Casa Cirilo, donde estaba el coche de Marian y el de Ramón para distribuir equipajes y marcharnos cada uno a nuestra casa.

Gracias a Manu -al hambriento Manu en aquellos momentos- había transcurrido un fin de semana de los de recordar durante toda la vida, unos días de correr por el campo sin otro objetivo que disfrutar, con amigos, sin pretensiones, salvo la de llegar allí arriba o a la parte de aquel monte que se ve a lo lejos.

Ahora solo queda que pasen unos días hasta que llegue el 29 de agosto para enfrentarnos al que seguramente se convertirá en nuestro amigo, el Mont Blanc, con independencia de que nos ponga más o menos resistencia para ello. Haremos lo posible por conquistarlo con las armas que tenemos. No son muchas, pero son las nuestras: paciencia, constancia y humor para enfrentar los momentos duros -que sin duda llegarán- y para disfrutar de los buenos, esos que, al final, son los que quedan mejor grabados en nuestra memoria.