19 ago. 2011

La Ruta del CARES a la CARRERA

Aunque casi no se ve, en la foto hay un círculo rojo y, dentro, está Jorge.
Una muestra para ver el inmeso paisaje que disfrutamos.
Antes de llegar a Asturias ya teníamos en mente hacer la RUTA DEL CARES corriendo. No obstante, no sabíamos si seríamos capaces de sacar un “rato”, ni si nuestras contrarias estarían dispuestas a quedarse con las fieras mientras nosotros nos íbamos de ruta, que para el caso es como si nos fuéramos de juerga, aunque sin copas, humo, ni gasto alguno, salvo el energético o calórico, el temporal y el de las zapatillas…

Tuvimos suerte y nos regalaron un mañana para nosotros (¡¡¡muchas gracias, reinas!!!). A pesar de ello, para no ser abusones, quedamos a las siete y media de la mañana para desayunar: café con leche, sobaos y unas tostadas que nos hizo Luis, el marido de Deli, de la Casa Rural “El Molino”, nuestro alojamiento en Arenas de Cabrales (muchas gracias desde aquí también a vosotros por vuestra hospitalidad, vuestra simpatía y… vuestra fabada, claro).

Cogimos el coche y nos dirigimos a Poncebos, donde comienza la ruta de 12 kilómetros hasta llegar a la población de Caín, donde termina (o viceversa).  
Aquí se puede comprobar la orografía de la ruta
Sobre las ocho y veinte nos pusimos las mochilas y empezamos a correr. La primera parte (un kilómetro y pico) es durilla, con una importante subida que hicimos a muy buen ritmo, aunque andando, al no saber si las fuerzas nos respetarían no solo para ir, sino también para volver, es decir, para realizar los 24 kilómetros sin sufrir demasiado. La duración estimada de la ruta (ida y vuelta) si se hace andando es de entre seis y siete horas.

El principio de la subida es algo abrupto y bastante seco, pero después, comienza un auténtico espectáculo natural digno de ver en un recorrido prácticamente llano. 
¡¿A que parezco un atletazo?!
Cuatro cabras. Una de ellas con mochila y reloj con gps.

La ruta atraviesa los macizos central y oriental de los Picos de Europa y discurre por un desfiladero por donde corre el río Cares. El camino está literalmente escavado en la roca desde principios del siglo XX. Se mejoró en los años 40 y se trata de una obra de ingeniería civil para aprovechar la riqueza hidroeléctrica en la central de Camarmeña, siendo la vía de comunicación más cercana entre los pueblos de Caín (León) y Poncebos (Asturias) separados, sin embargo, por más de 100 km. de carretera.
¡¿Es bonito o no?! (el paisaje, claro)
El paisaje es sobrecogedor, con desniveles cortados a plomo que nos ponían los pelos de punta al pensar en un desafortunado resbalón. A pesar de ello, el camino no es peligroso (salvo para niños pequeños que correteen sueltos) y suele tener en los sitios más estrechos un metro y medio de ancho. Sin embargo la sensación, en comparación con el tamaño del entorno, es que corríamos por un cable de acero, lo que nos encantó, quizá porque no estemos bien de la cabeza.

En uno de los túneles
En ocasiones la senda discurre al lado de la conducción de agua construida para la central hidroeléctrica, otras veces por túneles húmedos y oscuros que hacían las delicias de dos chalaos como nosotros y la mayoría por repisas de piedra que nos ilusionaban al hacernos creer que corríamos por sitios que nadie más había pisado.

También hay que cruzar dos puentes, el de Bolín, donde se cruza el Cares a gran altura y, posteriormente, el de Los Rebecos. 


Además, como el cielo amenazaba lluvia, salimos temprano y nuestro ritmo era más rápido que el de los demás, fuimos todo el camino solos, salvo a un matrimonio que adelantamos en la salida y unos cuantos que nos cruzamos casi al final. ¡Una auténtica gozada!

Pasadas las nueve y media de la mañana, llegábamos a la zona más angosta del recorrido, a la presa de Caín, donde empieza a abrir el valle y se ven las primeras casas del pueblo. Llegamos chorreando de sudor, como si nos hubiésemos metido en el río (el viento no corre mucho por el desfiladero y la humedad es alta).

Paramos en el primer bar que vimos abierto, donde tomaban café unos cuantos paisanos del lugar. Nada más vernos, uno de ellos exclamó - ¡Coño! ¡¿Venís corriendo?! pero… ¿a qué hora habéis salido?.

- Hace, exactamente, una hora y diecisiete minutos – Dije mirando mi reloj, como si la cosa no tuviera importancia alguna.

- ¡Cagüendiossss! ¡Una hora y diecisiete minutos! – Dijo sorprendido el de mayor edad.

En ese momento me quité la camiseta (sin que nadie se desmayase, por cierto) y la retorcí para darle mayor expectación al momento, consiguiendo licuar algún decilitro que otro de sudor puro y duro (limpico, eso sí, de recién duchado esa misma mañana...).

A la vez, Jorge me preguntaba si tenía hambre. – Toda – Le dije. Extendí la camiseta sobre una valla, a la vez que el señor Cainita (o de Caín) le decía a la concurrencia –Eso no seca, eh… Sí se nota que venís corriendo, sí… no como otros que veo yo que echan a correr desde ahí mismo, desde el puente; dicen que vienen corriendo… y llegan secos… Una hora y diecisiete minutos, cagüendiosss – seguía compartiendo el señor con admiración.

- Sentaos aquí, muchachos, y tomad algo que recuperéis fuerzas, que tenéis que venir reventados…

En ese momento salía Jorge con un Acuarius, un zumo de naranja y una caña de chocolate para cada uno.

Nos bebimos aquello de dos tragos, nos comimos la caña de tres bocados, nos echamos a la espalda nuevamente las mochilas y nos despedimos de aquellos simpáticos lugareños para correr el camino de vuelta. No habíamos dado cuatro zancadas cuando a nuestras espaldas oímos: cagüendiosss, una hora y diecisiete minutos… cagüendiossss…

No sabemos por qué, pero la vuelta resulta distinta a la ida, parece que el camino es otro, igual de espectacular, pero otro.

Ves otras cosas, otra perspectiva, tienes otras sensaciones e, incluso, parece más peligroso, tienes más sensación de vértigo. Otros doce kilómetros de disfrute total…
A veces las vistas y las sensaciones son alucinantes
¡¡¡Cómo está el campo!!! dijimos varias veces, acordándonos de las veces que lo decimos en nuestra tierra, La Mancha, que en aquel lugar se recuerda, por la comparación, como un lugar muy, muy lejano.

En el camino de vuelta, como ya era más tarde y había mucha más gente haciendo el recorrido, vimos y sentimos de todo. La mayoría eran unos secos que, si no les saludábamos, ellos no nos decían ni “mú” (Jorge decía que era por mí, que soy muy feo), aunque cuando pasábamos se nos quedaban mirando de dos formas distintas, según fueran españoles o extranjeros. Los primeros nos miraban con cara de decir: “menudos chalaos… ¿a que se caen los gilipollas?, serán venaos…”. Los extranjeros, sin embargo, nos miraban con una mezcla de respeto y admiración.

Hubo algunos que nos inmortalizaron con sus cámaras fotográficas y, otros, hasta nos aplaudían y nos animaban como si les hiciera ilusión vernos correr por allí.

Para los foráneos éramos atletas, para los nacionales cortos de mente… Así son las cosas.

En cualquier caso, nos queda la ilusión de habernos convertido, quizá, en leyenda, gracias a la admiración que despertamos en aquel paisano del bar (llamémosle PELAYO), siendo la causante de aquella exclamación espontánea e incontrolable que jamás olvidaremos: ¡¡¡Cagüendiosss, una hora y diecisiete minutos…!!!

Estas son las típicas cosas que, con el tiempo, se exageran. Pelayo, a la semana de haber sucedido lo que os contamos le referiría a otro paisano que  una mañana habían llegado corriendo desde Poncebos dos chavales que, a pesar de tener barriguita, habían recorrido los doce kilómetros en poco más de una hora y, un mes después, aquél le diría a otro que dos atléticos jóvenes habían tardado menos de una hora en completar la ruta para que, otro mes después, ése dijese que dos atletas (al parecer, olímpicos) no habían tardado ni media hora en recorrer los doce kilómetros que separaban Poncebos de Caín… Pues, que no os engañen, fue una hora y diecisiete minutos a la ida y una hora y once a la vuelta, ya que el desnivel era menor en ese sentido. Menos de dos horas y media de auténtico disfrute del bueno.

Os la recomendamos a todos: a los que corráis, a los que andéis y a los que, como nosotros, disfrutéis como guarros en un charco haciendo deporte por el campo.

17 ago. 2011

XI Carrera Urbana Villa de Corral


La sombra de la foto no es casualidad.
Es un recurso artístico para ocultar ciertos antiestéticos pliegues de la zona abdominal. No sabemos por qué siempre nos venden camisetas deformadas...
 Nuestro C.D.E. CorriendoporelCampo participó en la "XI Carrera Urbana Villa de Corral" a través de los tres miembros (con perdón) que podéis ver en la foto.
La temperatura era agradable... para estar a cubierto y con aire acondicionado. Sin embargo, en la calle hacía un calor de no te menees (aunque menos que en años anteriores). Menos mal que la organización -excelente en todos los sentidos- alivió el calor reinante en esta carrera de 10.000 metros mediante duchas en el recorrido, puestos de agua en abundancia y mucho ánimo. Además, los paisanos del pueblo nos regalaron muchas palmas, vítores y chascarrillos varios muy ocurrentes que nos animaban a seguir. Algunos tuvieron la feliz idea de obsequiarnos, además, con algún que otro remojón gracias a mangueras que sacaban de sus propias casas. ¡¡¡Unos fenómenos!!!.
En lo deportivo nada que destacar de la actuación del CDE CorriendoporelCampo, salvo que nuestras marcas fueron, como viene siendo habitual, desastrosas.
Por eso contaremos lo verdaderamente importante...
Empezamos a calentar a nuestro ritmo hasta que vimos a unos tipos con unos atuendos muy de nuestro gusto (verdes, exactamente iguales que el verde de nuestro escudo, el de la hierba fresca del campo por donde nos gusta correr) con la leyenda (o el letrero, que dirán algunos) de "TUERCELINDES, AC". "¡Coño, los del Tuercelindes!" - dijimos. Nos acercamos, nos identificamos (nosotros aún no tenemos equipación, aunque sí mucho "don de gentes") y les conocimos. Tal y como habíamos supuesto, son unos tipos muy majos a los que se les nota que son, sin esforzarse, gente sana, agradable y divertida. En lo deportivo, no podemos decir nada de ellos porque ni los vimos correr (por la ventaja que nos sacaban), ni los vimos entrar (por el mismo motivo). No obstante, dejamos constancia del encuentro y del compromiso de ambos clubes de tener una próxima jornada de hermanamiento en la que, con la excusa de correr, nos atiborraremos de cerveza y raciones de las que se pegan al riñón. Desde aquí aprovechamos para avisar del citado encuentro a las autoridades sanitarias, por si acaso...
Resulta premonitoria la actividad desarrollada por el furgón que sirvió de fondo a la instantánea
También resultó destacable la participación (fuera de concurso) de los integrantes más jóvenes de nuestro club.


Y, por último, y no por ello menos importante, no podemos olvidar la abundante ingesta de sandía fresquita tras la llegada a meta, la no menos abundante hidratación a base de cerveza y la recuperación que nos procuraron varias rebanadas de pan frito con miel, todo ello por cortesía de la magnífica organización de la carrera.
Ducha fresquita y, posteriormente, cena en el merendero de la piscina (al ladito de la duchas del pabellón cubierto) en compañía de Tomás, Lolita (corredora de gran proyección) y sus hijos, Alberto e Isabel, con los que seguro volveremos a coincidir en más de un evento lúdico-deportivo de éstos...
En resumen, una tarde-noche muy agradable para cerrar el mes de julio y entregarnos, como sólo nosotros sabemos hacer, a los placeres de una vacaciones bien merecidas.

Del VICARIO al GASSET a la carrera (o nuestra primera carrera con RAMÓN, el fichaje estrella del verano)

Era sábado por la mañana. Habíamos quedado a las ocho. Hoy tendríamos chica nueva en la oficina, aunque no se llamaba Farala, ni era divina. Era otro tío, se llama Ramón y corre que se las pela. (Si este post lo hiciera Jordi, que es un grosero, después del "corre que se las pela" hubiera añadido un "y viceversa". Pero como no soy como él, yo no lo digo. Además, aquí no hablamos de intimidades muy íntimas, salvo que sea imprescindible).
Solo iríamos Luis, Ramón y yo. Jordi alegó un dolor espantoso en una de sus rótulas para eludir la cita, aunque, en opinión de Luis y mía, todo fue fruto de un "acongojamiento" (por no decir "cagalera") por el hecho de que nuestro flamante fichaje fuera un tipo curtido en algún que otro ultratrail... Pero bueno, no le diremos nada... por eso de los traumas y demás.
A lo que íbamos... Después de las presentaciones (Ramón, Luis -nuestro presidente-; Luis, Ramón -el que será la figura de nuestro club-), nos dirigimos en coche hasta la cola (con perdón) del pantano del Vicaro, exactamente hasta aparcar en el puente que hay en Peralvillo. Desde allí comenzamos nuestra carrerita hasta la presa del embalse de Gasset con un ritmo que -como mandan los cánones- nos permitió ir conversando todo el camino. Primero corrimos a la vera del río Banuelos, atravesamos unas fincas con ganado vacuno que nos miraba como pensando "ande irán estos tres chalaos, con lo bien que se está a la sombra de una encina", después volvimos a la vera del río hasta llegar a un descansadero de la Ruta del Quijote (con sus mesas y bancos al lado del río) de donde parte un camino en pendiente ascendente que discurre entre monte y encinas para después volver a bajar hasta llegar nuevamente a la vera del río que nos condujo a un pequeño bosquecillo de eucaliptos con una sombra más que apetecible, dejando a un lado el camino que lleva a Fernancaballero, cruzamos un puente y llegamos a la presa del embalse de Gasset tras recorrer en total 8 km. con un perfil muy llano y llevadero.
Allí, comprobamos el estado del embalse, dijimos nuestra manida frase "¡¡¡cómo está el campo!!!", añadiéndole en este caso la de "¡¡¡cómo está el pantano!!!" y la de "¡¡¡qué hermosura, qué gustico da ver tanta agua!!!", echamos un trago, nos hicimos la foto que ilustra este post y la que sigue y nos dimos media vuelta para desandar lo andado.

A última hora, Ramón impuso un ritmo infernal (de unos tres o cuatro segundos más rápido por km.) que sólo yo aguanté. Seguimos hablando y concretando nuestras impresiones sobre el apasionante mundo de "las mujeres y la vida", repasando, como no podía ser de otra manera, a aquéllas que eran conocidas por ambos, llegando a una conclusión categórica: no las entendemos, pero nos encantan. Cuando llegó Luis, para evitar que hablaramos de su "demarraje inverso", así como para "atar" convenientemente el fichaje de Ramón, ofreció por cuenta del club (es decir, de su bolsillo) un suculento desayuno isotónico a base de cerveza con limón light, pincho de tortilla española light, magro con tomate light y más cerveza con limón light... La prueba, más abajo...

En definitiva, un nuevo socio de calidad, 16 km más en nuestra piernas, algún que otro gramo más en nuestros AAP (airbags abdominales personales) como consecuencia del desayuno y, sobre todo, un buen rato de deporte, charla y risas.

Nota: Este post tiene ya su antigüedad (23/07/2011). No obstante, mediando el mes de agosto (en el que hasta "el tato" descansa, pudiéndose incluso cortar durante siete días las principales calles de Madris -¿o eso era por otra cosa?) y tratándose del primer fichaje estrella del club, era incuestionable su publicación