27 feb. 2012

Y seguimos...

Lo cojo donde lo dejé.

Era martes por la noche y fuí a correr con Ramón. Diez kilometrejos en progresión, empezando a 6:00 min/km y terminando a 4:20 min/km. Buenas sensaciones para los dos. Además, Ramón venía de correr dos días antes en Valdepeñas una media maratón en 1:31 h. casi sin despeinarse (es que tiene el pelo muy corto)

El jueves tuve que irme otra vez yo solito para enfrentarme a la desconocida causa de mis síntomas alérgicos.

Sin embargo, solo me cansé, pero de lo de la alergia, nada de nada. La noche no solo no me confunde, sino que respeta mi nariz. No picor, no mocos, no estornudos. Al parecer, por la noche no se poliniza (vegetalmente hablando, ya me entendéis)

El viernes se presentaba complicado. A pesar de ello y gracias a los padres de la madre de mi hija pude escaparme con Jorge a correr un ratico por la Atalaya. El pobre lleva lisiado desde que corrimos el Quixote Maratón en octubre con problemas en sus ancas (en concreto, las rodillas) y está deseando poder correr monte arriba, monte abajo por esos campos manchegos (y por los que sea menester). Con una temperatura ideal (en manga corta y luciendo canillas) nos divertimos juntos como hacía mucho tiempo, haciéndonos un circuitillo de sube y baja por el parque forestal que nos dejó la mar de contentos. Se nota que le ha dado a la bici durante todo este tiempo de lesión. Sus fuerzas siguen ahí y su patata funciona a la perfección. Al llegar a casa vuelvo a los estornudos, los picores de nariz y a los mocos. Tiene que haber algo en la Atalaya que no me va, aunque esta vez la intensidad ha sido menor. Tendré que descubrirlo...

Y llegó el domingo, otro día de solazo impresionante. A pesar de no contar con la presencia del Líder (¡oh, Líder!), se sumaban al carrerismo campestre tres miembros (con perdón) ausentes desde hace tiempo: Luis -nuestro querido Presidente-, alejado de los campos por enfermedades filiales encadenadas; el inconmensurable Sr. Vargas al que le invadió primero el trabajo y después la pereza; y Jorge, el de las rodillas tiernas y escabechadas.

La cosa tenía que ser bonita (para que le volvieran a coger el gusto), corta (para que no se hartaran) y suficientemente dura en momentos puntuales (para que se siguieran sintiendo capaces). Nos fuimos al pantano del Gasset, dejamos el coche cerca de la presa y comenzamos a correr despacito hacia un precioso bosque de eucaliptos. En mitad del bosque les desvié para que pudieran ver (y patear) unos preciosos canchales que, a su vez, dan a un antiguo cortafuegos casi borrado por la vegetación.

Luis y Paco por el bosquecillo de eucaliptos
Volvimos al camino del bosque, lo cruzamos, subimos un cortafuegos, contemplamos las vistas y aprovechamos para echar un trago de agua, continuamos -esta vez por una rápida bajada- hasta llegar al llano para, poco después, volver a subir por un empinado (con perdón) caminito que hizo las delicias de todos (unos cien metros de subida en poco más de cuatrocientos de distancia) para, al final, poder contemplar desde arriba el pantano de Gasset y, al fondo, nuestra querida sierra de Malagón.

Luis llegando a arriba
Los insultos de Paco se oyeron mucho antes de que llegara
Después de reagruparnos, comenzamos la bajada hasta el pantano, volvimos a llanear, pasamos por otro bosquecillo, ascendimos muy suavemente a la verita del agua unos pocos metros y volvimos a bajar hasta donde habíamos dejado el coche una rato antes.

Todo perfecto. Las rodillas de Jorge le permitieron correr, trotar, subir, bajar e incluso darles caña al final, terminando a menos de cuatro minutos el kilómetro durante los últimos metros de la bajada. "Parece que tengo una pequeña molestia"- me dijo mientras yo veía en mi reloj 3:50 min/km. ¡Será cachondo!

Luis terminó con ganas de seguir corriendo, pero como es de naturaleza prudente, pensó en cambiar unos kilómetros de más por unos pinchos de tortilla con unas cervezas fresquitas en el camino de vuelta a casa.

Paco acabó el trote como suele hacerlo: renegando y prometiendo que jamás volvería a subir esas cuestas (hasta la próxima vez, claro).

Yo, como siempre, feliz un día más. Y esta vez pasé por pinos, eucaliptos, monte bajo... y nada de los estornudos. Seguiremos observándonos...

En definitiva un día más de campo, risas, trotes, chascarrillos y cervecitas y acompañamiento sólido para finalizar.

¡Nadie da más por menos!

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Y luego lo bonito que estaba el campo, el jodío!
Luis.

mayayo oxigeno dijo...

"...Diez kilometrejos en progresión, empezando a 6:00 min/km y terminando a 4:20 min/km"

Sin comentarios, casi.

Un post que empieza así ya deja clara la grave adicción y perturbación psicológica de los protagonistas, abducidos por la práctica deportiva sin sentido.

Que sigan así, por muchos años :)

CorriendoporelCampo dijo...

Gracias, Sergio!
Y, como tú dices, qué sigamos así por muchos años!
Suerte para tu próxima aventura canaria!

miguelflor dijo...

Bueno, rara es desde luego esa alergia, sigue observándola, pero al ritmo de entrenos que llevais, esta claro que no os quita el apetito ni de los pinchos de tortilla ni de la postrera cerveza que es de lo que se trata.

Primero, quemar calorias, y luego ingerir calorias, esta claro, las gallinas que entran por las que salen y algo quedara. Un abrazo amigo.

CorriendoporelCampo dijo...

Miguel, más que alergia, creo que lo mío es tontuna nasal... Pero, es cierto, el apetito y la sed no se nos quita.
Corriendo disfrutamos, pero comiendo y bebiendo tampoco lo pasamos mal. Lo de las calorías es lo de menos. No hemos venido a este mundo a sufrir...
Un abrazo, Miguel