6 nov. 2012

Inclemencias inclementes (running in the rain, pero rain rain que te cagas, no una de esas rains flojeras)

Juan Carlos tenía prisa. Había quedado para ir a la pelu o no se qué. Quique, a lo suyo, ni prisa ni quien se la meta. Yo, a lo mío también pero con miedito. ¿Y por qué dice usted que tenía miedito? Porque llovía una barbaridad. Fue el sábado pasado, a la sazón 3 de noviembre, que será recordado en la comarca de Ciudad Real como el día del puto diluvio.
De camino a la residencia Ureña-Ramos
42 kilómetros fue la cifra aleatoria que alumbró la almendra de Quique cuando parió la ruta. El día estaba elegido a mal yogur sabiendo que caería la del fin de los tiempos. En un arrebato de cordura, que esperemos no volver a repetir, decidimos dejar un auto en una zona intermedia por si las fuerzas nos abandonaran. Y nos abandonaron, lógicamente. Correr con una lluvia que se podría catalogar de “suputamadre” para arriba cansa más que correr sin ella. Si a eso le sumamos el rojo barro de estas tierras manchegas, tenemos una jornada atlética de lo más entretenida.
Salimos los tres de la residencia Ureña Ramos enfilando el cerro de Alarcos y preferimos tragar asfalto ante el estado de los “caminos”. No sabíamos entonces cómo nos pondríamos un ratejo después.
Por la escondida vía pecuaria junto al puente viejo de Alarcos
El cielo no tardó en ponerse farruco. Como si nuestra atlética salida campera (con perdón) fuera una afrenta, el Dios de la lluvia nos mandó un aldabonazo en forma de descarga torrencial. El mal ya estaba hecho, los tres ya estábamos empapados y no habíamos llegado al kilómetro dos. Estaba siendo divertido pero ya no nos podíamos permitir el lujo de parar, porque con aquellos vientos y empapados la cosa terminaría en tiritona y vaya usted a saber qué más. Como los tres tenemos en mucha estima nuestras respectivas saludes, amén de una señora en cada casa, estimamos que lo mejor sería no dejar de mover la patata. No nos lo dijimos, pero los sabiamos todos. Era como en las películas de suspense cuando suena la música de “¡la que se va a liar!” y los protas cruzan miradas. A correr, pacas.
Cruzado el Puente Viejo de Alarcos cogimos (con perdón para nuestros lectores argentinos, ¡la concha de su madre!) uno de esos caminos por los que puedes correr sin preocupaciones. Quiero decir, uno de esos caminos legales para los trotamontistas en los que si te pega un tiro un cazador te mata igual pero a tu familia le apañan la cuenta corriente. Precisamente por eso solemos llevar orejas de conejo pegadas a las gorras cuando vamos al monte: por si hay suerte.
Subida laaarga y suave hasta la Laguna de la Posadilla en la que hubo ocho “comostalcampo” y diez “putobarrodeloscojones”. Segundos antes de uno de esos, Quique se dio de lomos con el suelo con cierta gracia. Una señora hostia dos puntos por encima de "hilarante" y tres por debajo de "contusionante".
La laguna resulta estar preciosa y echamos unos retratos para envidia del resto de amigos del club que no se atrevieron con la ruta (no digo nombres porque somos muy pocos y es fácil echar cuentas).
Laguna de la Posadilla
Dejamos atrás la Posadilla para enfrentarnos cara cara a nuestros destinos. La que normalmente es una subida “durilla” hasta el cartelón de la laguna de Peñarroya se convirtió por obra y gracia de la lluvia, el viento y el barro en una penosa ascensión. Quique, que ya venía dando algunas muestras de debilidad impropias de su persona se quedó atrás maldiciendo a sus músculos y otras cosas del correr por no funcionar en tan mal momento. Yo hice lo propio pero con algo más de gracia un poco más arriba mientras Juan Carlos, haciendo buena su condición de ser mitológico, subía como si tal cosa.
Llegamos arriba y paramos dos minutos bajo un chaparro. La gilipollez de los miembros (con perdón) de CxC resulta extraordinaria y a falta de testigos oculares relataré aquí lo absurdo del cuadro. Tres correcampistas, tres, empapados hasta el píloro, “resguardándose” de la madre de todas las lluvias bajo un arbolico que no debía tener más de tres ramas y veinte hojas. Y todavía teníamos sensación de abrigo. Mae mía.
Con tres de las gominolas más buenas de la historia del azucar en la mano, bajada hacia la laguna que ya no está porque algún cachondo la pinchó para tener más pastos.
Bajando del Volcán a la Laguna de Peñarroya

No es un tsunami, son los bordes del volcán de Peñarroya
De nuevo subida tranquilita y llegó lo mejor de la jornada, una baja absolutamente preciosa por una senda sinuosa entre arbolitos. Seguía lloviendo, pero ya nos daba todo lo mismo porque estábamos empapados y porque estábamos disfrutando como guarros.
Puente de las Ovejas

Desde dentro del puente

A un lado del puente

Al otro lado
La bajada termina al lado del Puente de las Ovejas y desde ahí hasta el coche, seis kilómetros más de llaneo para llegar a otro puente de cuyo nombre no me acuerdo y regresar a casa más felices que tres marranos felices. Al final 23 kilómetros para la buchaca, mucha lluvia, un día precioso de campo y trote y un nuevo enfermito para la colección, Juan Carlos, que disfrutó incluso más que nosotros dos, probablemente porque al estar fuerte como un torete pena menos.
Por cierto esperamos a los señores dueños de Salomon, Asics, Nike y demás por si tienen algún interés en que probemos las chupas esas de correr de a 180 leuros, que no nos creemos que exista material que aguante algo como lo del sábado sin calar y transpirando.

5 comentarios:

Daniel dijo...

Como sois los de secano..., si sólo chispeaba un poquito.

p.d.Qué bonito está el campo tan verde.

cabesc dijo...

Ahí, destapando el TBA2013!!

Tuercelindes dijo...

Que bueno!! Vuestra aventura atletica parece más un Ironman que un trote x el monte

CorriendoporelCampo dijo...

Daniel, no chispeaba. ¡Jarreaba!. Pero también es cierto que la que no está acostumbrada a bragas, hasta las puntillas le hacen llagas.
Iván, estamos promocionando el evento! Pero solo tú eres padre y señor de la criatura y sus criaturicos.
Tuercelindes, a ver cuándo os animáis y organizamos, por fin, una aventura tuercelindera-corricampista. ¡Con mucha cerveza, claro!

Anónimo dijo...

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