11 sept. 2014

El UTMB. Mi UTMB



El día de antes, en la fila para recoger el dorsal, con el Mont Blanc al fondo.

¡He ido al Ultra Trail du Mont Blanc! ¡Y he terminado! Ello me obliga a escribir algo. Aunque sean unas pocas letras con un mínimo sentido. Sin embargo me siento incapaz de hacer una crónica al uso, contando lo que pasó desde que empecé hasta que llegué a meta. Han sido cuarenta y cinco horas y catorce minutos, que se dice pronto. ¿Cómo podría explicarlo?

La crónica bien podría ser la de mi compañero Manu (la podéis leer pinchando AQUÍ) que escribe mucho mejor que yo y corre por el estilo. De hecho, él terminó medio segundo antes que yo.

Además, no me acuerdo bien de todos los nombres de los sitios por los que pasé, ni de los tiempos de paso, ni de tantos y tantos detalles que aparecen por mi cabeza a pinceladas, sin orden ni concierto.

En cambio, sí que tengo cosas que decir. ¿Cómo no?

En primer lugar algo bueno en plan general:

Correr el UTMB es una pasada por muchas cosas: Porque es la carrera por montaña por excelencia, por el ambiente, por los paisajes, por la experiencia que supone recorrer 168 km de una vez, por la aventura que ello conlleva. No sé si tiene que ser el UTMB (porque de momento solo conozco éste), pero si te gusta correr largo por montaña tienes que hacer una carrera de 100 millas sí o sí.

A pesar de eso, también hay cosas que no me gustan. Lógicamente, la carrera de montaña con más repercusión internacional está pensada para los ganadores, gente que ha sido capaz de terminarla en poco más de 20 horas (¡20 horas!). Se empieza a las 17:30, lo que a ellos les permite llegar al día siguiente a la hora de comer y a nosotros –los paquetes, quizá debería decir los mortales- nos tiene dos noches completas sin ver nada de lo que nos rodea. Sabes que es precioso, pero no puedes verlo. Es lo que tiene ser lento. Si quieres recorrer esa distancia y tu cuerpo no te da para más, te tocan dos noches de parranda por el monte. Tampoco me gustó la excesiva seriedad de los participantes. Está claro que hay que tomarse la prueba en serio, pero eso no está reñido con hablar con el compañero, hacer un chiste o pararte a ver simplemente el paisaje. Los que podían ir a nuestro lado no iban a ganar, eso estaba claro, entonces ¿por qué esas caras de setas, ese silencio sepulcral? Para contrarrestarlo, nosotros soltábamos una gilipollez de vez en cuando en voz alta para que los de al lado en vez de poner cara de serios, pusieran cara de espanto, miedo, incredulidad o asombro. Algo es algo… Tampoco me gusto ver envoltorios o geles por los preciosos senderos que rodean el Mont Blanc. Hay guarros en todos lados. Allí también.

Ahora, los momentos importantes de “mi” UTMB:

Todos juntos momentos antes de la salida
No se me olvidará la salida, con lluvia intermitente justo antes de salir y lluvia a tope desde el primer paso hasta, al menos, cinco horas después. Los nervios de un pelotón que no sabía si ponerse o quitarse el chubasquero antes de empezar.

Tampoco olvidaré jamás la imagen de Paula y Marisol esperándome en el avituallamiento de Saint Gervais bajo una intensa lluvia. Es emocionante ver allí a tu familia y amigos (Paco, Gema, Carmencita, Raquel, Anne) para animarte, sonreírte y abrazarte. Aquí lo psicológico y lo emocional cuentan tanto o más que lo físico.

También tengo grabado el primer amanecer. Llevábamos poco más de doce horas en carrera cuando ascendíamos los últimos metros para alcanzar el Col de la Seigne. Las primeras luces hacían que intuyéramos una silueta montañosa a nuestra izquierda y colores más claros que podían ser nubes o nieve. La visibilidad aumentaba poco a poco y se confirmaban nuestras sospechas, era nieve y entre ella las nubes que parecían abrirse a nuestro paso para que contempláramos el macizo que teníamos a nuestro lado. Pronto oímos voces que nos daban la bienvenida a Italia y nos señalaban en todo su esplendor –ahora sí- el Mont Blanc.

Aquello era el Mont Blanc y ahí estaba yo, un pardillo que hace cuatro días estaba haciendo una preinscripción pensando que jamás le tocaría ir.
¡Ya en Italia!
Solo tengo esta foto que un voluntario italiano se ofreció a realizarnos. La verdad es que podía haber sacado un poco mejor el jodido Mont Blanc, que era lo bonito, y no las piernas llenas de barro o las caras de panolis que tenemos Jorge y yo.

A partir de ese momento llegaría el mazazo de la carrera. Jorge se había quejado de la rodilla en las bajadas, pero ahora decía que ya no podía más, que tenía que bajar andando a Lac Combal. Trataba de correr pero sus rodillas no le dejaban. Yo me había quedado helado al parar unos instantes arriba, donde corría mucho viento. Tenía que seguir corriendo, porque empezaba a pasarlo mal. Además, así creía que obligaría a Jorge a no abandonarse. Le dije que yo bajaría hasta el siguiente avituallamiento y que allí le esperaría tardase lo que tardase. Fueron casi cuarenta minutos interminables hasta que vi su cara de circunstancia, triste, diciéndome que no podía seguir, que no había podido correr ni diez metros seguidos. Yo creía que aún podía. Por si sus sensaciones eran equivocadas le dije que debía agotar la media hora larga que quedaba hasta el cierre de control, que estirara, que se pusiera hielo, que pasara al puesto médico para que le pudieran ayudar. Le dije que si yo arriba estaba helado, después de tanto tiempo parado a la intemperie (el avituallamiento no era cerrado) ahora estaba absolutamente congelado. Conociendo su competitividad, quise darle de nuevo un motivo para seguir: Salir yo antes para que tuviera que alcanzarme. Le dije que en cuanto saliese me mandara un mensaje para esperarle en el siguiente punto de control al final de la siguiente subida o en el próximo avituallamiento, 9 kilómetros después. Me dijo que lo haría así. Salí de allí temiendo lo peor, pero confiando en Jorge –como siempre- y en la suerte.

No quería pensar en nada, no quería taladrarme la cabeza imaginando lo peor. Así que salí de allí a buen ritmo tratando de olvidarme de todo. Tanto que me olvidé de rellenar el agua. Después de haber estado allí sin hacer nada, me fui con los depósitos vacíos. Media vuelta. Cuando volví ya no vi a Jorge, estaba en la enfermería. Di media vuelta y empecé a correr. Pronto llegaría la subida. Empecé a adelantar. Para no pensar todo mi afán era contar la gente que superaba. Uno, dos, tres… hasta setenta y cinco. Y si alguien me adelantaba descontaría uno.
Por aquí tendría que venir Jorge...
Al llegar arriba no quise mirar el móvil. Ahora tocaba bajar hasta el próximo avituallamiento. Otra vez a contar. Uno, dos, tres… hasta cincuenta y uno. En total más de 125 adelantamientos netos (no me adelantaría ninguno en la subida y no más de cinco personas en la bajada)

Allí miré el móvil. Había un SMS. La inflamación era importante y los médicos le decían que no debía seguir.

¡Joder! Era previsible viendo como bajaba, pero no quería que fuese verdad.

El puto SMS era un jarro de agua fría. Jorge, igual que Manu y yo, tenía mucha ilusión por superar el reto, por recorrer todos los kilómetros por Beatriz, por vivir una aventura y, de pronto, todo se venía abajo.

Ahora, en frío, todo tiene su explicación. Varias horas de lluvia sin parar, el suelo lleno de barro y las pendientes negativas como pistas de patinaje hicieron que nuestras pisadas se hicieran inestables, que cada apoyo fuera un esfuerzo extra para corregir los desplazamientos que se producían por el barro y la lluvia. Además, los pies de Jorge se llenaron de ampollas por el roce y la humedad. Todo ello fue sobrecargando su rodilla hasta que ya no pudo más.

Tenía que sentarme en aquel avituallamiento para tratar de poner en orden en mi cabeza. Estoy seguro de que la mitad o más de los que había pasado antes me volvieron a adelantar en aquel sitio.

Menudo contraste. Uno de los avituallamientos más bonitos, con un paisaje espectacular, un sol radiante, hasta un coro poniendo el vello de punta con sus voces en aquel lugar de ensueño a más de dos mil metros de altura y a solo cuatro kilómetros del ecuador de la carrera, en Courmayeur, “base de vida” donde podríamos cambiarnos de ropa, comer algo, reponer fuerzas y seguir.

¡Y no estaba Jorge!

Tenía que seguir, había que terminar aquello, antes solo por Beatriz. Ahora también por Jorge. ¡Qué cojones!

Así que salí de allí diciéndome que tenía que conseguirlo, que tenía que terminar como fuera. Traté de ir aumentando el ritmo para coger a Manu que iba por delante. Lástima que Manu creyese que los que íbamos delante éramos nosotros y también apretase para alcanzarnos.

Me esperaban muchos kilómetros en soledad, pero en muy poco tiempo llegaría otro de los momentos que me servirán para el futuro.

El retraso acumulado me haría llegar a Courmayeur con poco tiempo. Me cambié de ropa, me puse protección solar, repuse cosas de la mochila y comí menos de lo que debí. No tenía tiempo. Salí solo cinco minutos antes del cierre de control. Anne, la novia de Manu, me dijo que éste había salido unos 35 minutos antes que yo.

Ahora había que subir, pero esta subida se atragantó, comenzaban a adelantarme y me faltaban las fuerzas. Suerte que me di cuenta de que todo tenía que ver con la gasolina. Me paré a la sombra de un árbol, me tomé un gel de carbohidratos y unos cuantos orejones (albaricoques secos) que me pusieron en órbita al poco tiempo. Desde ese momento, no hubo más momentos malos desde un punto de vista físico.

Solo me quedaba pasar algún mal momento psicológico.

Era de noche, la segunda noche, no sé siquiera por dónde iba exactamente. De pronto mi tobillo derecho se tuerce en una zona de piedras y raíces. El dolor es como siempre, fino e intenso. Tengo que seguir. Tengo que pisar con decisión. Pero el tobillo vuelve a fallar. Ahora tengo que ir despacio. Unos minutos antes me había acoplado a un grupillo para no ir solo de noche por aquel enorme bosque. Ya sabéis que no soy lo que se dice un valiente al caer la noche. Pero me tenía que descolgar. Otra vez solo, con el tobillo recién torcido. Pensé en Jorge, en Beatriz. En todos los que me estarían esperando en la meta al día siguiente. Incluso pensé en los articulillos que habían salido en prensa, en las entrevistas en las televisiones locales, en la radio. “Tanto para esto”- pensé. Vi el reto en peligro durante un instante. Aquello no podía pasar.

Así que tuve que parar, pensar y, después, actuar. Había que vendar, si no, el tobillo volvería a fallar. Comenzaba a notarse el edema bajo el tobillo, había fibras rotas. Saqué una venda tubular de esas que se ajustan y doblan sobre sí mismas para aumentar la presión que nos había dado nuestro amigo Ricardo, médico. Solo hicieron falta dos vueltas para notar una presión importante en el tobillo. Ahora debía pisar con la mayor naturalidad que pudiera, concentrándome en pisar correctamente. Y debía confiar en la suerte. Y la tuve. Quizá desde ese lugar y hasta pasados tres o cuatro kilómetros el piso fue el que mejor recuerdo de toda la carrera, incluso con algún tramo de asfalto y todo en subida. El tobillo se encontraba cada vez mejor y más seguro. Yo también.

Escollo superado.

Todo lo que quedaba era bueno. Tenía que serlo.

Y lo fue. En Champex-Lac, kilómetro 122, encontré a Manu. Yo había ido aumentando el ritmo cuando podía, pensando en alcanzarle. Él había parado allí con la intención de esperarme sabiendo ya que yo iba detrás.
¡Por fin juntos!
Las caras de locos debían ser por el sueño que teníamos.
O es que estamos locos...
Fue como encontrar un salvavidas, una niñera simpática y cariñosa, un hermano mayor, un amigo para disfrutar en compañía lo que quedaba de aquello.

Además, llegaba la media noche y el sueño comenzaba a hacer mella, tanto que hasta nos hizo ver cosas que no existían (yo ratas cruzando el camino y preciosos tigres tallados y pintados en la roca; Manu, casas que indicaban que llegábamos a un punto de control o pancartas rojas blancas que nos marcaban el final de una bajada horrible)

Pasamos momento jodidos, por el sueño después de más de 30 horas en marcha, porque se te cierran los ojos, porque no dejas de dar puntapiés a las piedras, porque de pronto te das cuenta de que a tu izquierda hay cadenas sujetas a la roca para agarrarte y no caerte por un precipicio que hay a tu derecha y que no habías visto, porque casi no hablas y lo poco que dices son simplemente monosílabos de afirmación o negación.

Pero también pasamos momentos muy buenos, pensando y verbalizando lo que estábamos haciendo, riéndonos de nosotros mismos, de las costaladas que nos dimos sin mayores consecuencias (salvo algún raspón, moratón o dolor los días posteriores), adelantando a gente que –por apariencia- debía ir mejor que nosotros, o viendo como Manu –el que dice que no sabe bajar- tomaba la iniciativa en los descensos como alma que lleva el diablo, obligándome a vocearle desde atrás diciendo “me llevas loco, Manu, me vas a matar”.

También suponía un alivio ver a Anne en los avituallamientos o a falta de pocos kilómetros cuando ya solo quedaba bajar hasta Chamonix.

Y llegar a Chamonix, después de 45 horas de aventura, sintiéndote aún fuerte, enorme, duro, con suerte. 

Encarar las primeras calles del pueblo y oír los gritos de la gente animándote por tu nombre, aplaudiéndote, dando la impresión de que te animan de verdad, porque saben lo que has hecho y lo duro que ha debido ser. Es simplemente impresionante.

Ver a los tuyos en los últimos metros es ya indescriptible, emocionante.

Poder correr los últimos metros llevando de la mano a Paula y Carmen, mi hija y la hija de mi mejor amigo de toda la vida, es algo que no tiene precio. Marisol corría también a mi derecha, algo más separada, de forma discreta, sin salir en la foto, como es ella, pero estando ahí, como siempre, sin condiciones.

Quizá haya sido ese momento uno de los momentos más emocionantes de mi vida. No sé decir por qué, pero –al contrario de lo que suele sucederme- me emocioné y mucho. 

El abrazo en meta con Jorge fue brutal, de esos abrazos que se sienten dentro. Yo le quería decir que si eso no era aún mejor era únicamente porque él no había ido conmigo físicamente –en lo emocional fue siempre a mi lado- y yo entendía de su abrazo que se alegraba tanto por mí como si hubiera sido él el que cruzaba la meta. Pero no nos dijimos nada con palabras, solo nos abrazamos.



¡ULTRA TRAIL DU MONT BLANC TERMINADO!

Con nuestro trofeo
Ya solo me quedaba una sorpresa alucinante.

Al día siguiente, Manu y yo con nuestros chalecos de finishers
Todo sucedía al día siguiente. Me quería echar un rato la siesta para recuperar, pero conecté el Wifi del apartamento. De pronto comencé a comprobar con mis propios ojos la cantidad de mensajes, WhatsApps, publicaciones en Facebook y Twitter  que se mandaron con motivo de nuestra participación en la prueba. En carrera no llevaba conectados los datos para que me durara la batería del teléfono, además de que cuesta una pasta tener datos en “Extrangia” si eres usuario de la telefonía móvil en Españistán. Había que apañarse con el Wi-Fi.

Jamás pude pensar que nuestra participación en el UTMB pudiera tener tanto seguimiento por parte de tantos y tantos familiares y amigos.

Estuve más de tres horas y media leyendo en el teléfono lo que vosotros habías mandado o publicado. Me reía, me emocionaba, alucinaba con el control de la carrera que se había hecho a través de los mensajes automáticos que se enviaban a Facebook cuando pasábamos por un punto de control. Sin duda, toda esa energía positiva se encauzó de algún modo y me llegó. Si no, no resultaría posible que durante toda la carrera fuera pensando que podía terminar, que seguía fuerte y que yo acabaría con el Mont Blanc y no el Mont Blanc conmigo.

Muchas gracias a todos por todo. Disculpas si no contesté alguna llamada o algún mensaje. Traté de dar “me gusta” a todos vuestros comentarios en Facebook para deciros, simplemente, que había visto vuestro mensaje, que me había llegado. 

De entre todos los mensajes, me emocionó especialmente el VIDEO DE BEATRIZ en el que se le saltaban las lágrimas cuando nos daba las gracias por todos los kilómetros que habíamos recorrido por ella. ¡Sin palabras!

Beatriz, tú te mereces eso y mucho más

Por esto también estamos muy contentos. Gracias a la repercusión que ha tenido todo esto, hemos echado una manita a Beatriz recaudando fondos y haciendo su historia un poco más visible. Además, esto no ha terminado, seguimos "vendiendo" kilómetros hasta final de año. Así que no tienes escusa. !Compra¡ Aquí tienes todo lo necesario para hacerlo.

Estoy, como casi siempre, feliz, pero ahora tengo algún motivo más pare estarlo.

Nos vemos corriendo por el campo.

6 comentarios:

cabesc dijo...

No voy a llorar, no voy a llorar, no voy a llorar ..


buaaaaaahhhh

spanjaard dijo...

[goterón]

gema dijo...

Fue todo un privilegio ser testigo de tal hazaña y un lujo poder compartirlo con tan buena gente y buenos amigos.
Los sueños se pueden cumplir.

García Ortiz Manuel dijo...

Me lo he vuelto a leer. Qué bien, qué buen recuerdo, aunque se quedará la espinita clavada hasta que nuestro compañero también entre en meta.

Me gustaría aclarar que las pancartas de bienvenida no eran rojas, eran blancas, con letras azul celeste y negras, los colores corporativos del UTMB (r), que estaba bien clarito, no sé como no te fijaste con todo el lujo de detalles que tenía mi alucinación. No te digo nada de lo bonitas que eran las casas.

PACO dijo...

Sois MU grandes.
ENHORABUENA CAMPEONES

CorriendoporelCampo dijo...

¡Gracias a todos!
Voy a tener que correr más veces el UTMB. Os ponéis de un tierno...