1 mar. 2013

Un sábado entre el Vicario y la Real Soriana

Tenemos que empezar a ensilarnos grandes cantidades de kilómetros por prescripción deportiva. Si queremos llegar con un mínimo de posibilidades a la cita del próximo mes de junio con el GRAN TRAIL DE PEÑALARA, sus 110 km y sus 5100 metros de desnivel positivo, hay que hacer kilómetros sí o sí. 

Este fin de semana (estoy hablando del 15 de febrero, que voy con más retraso que el despido diferido de Bárcenas), el plan era acompañar a Luis Arribas a su NAPOLEÓNICA 2013, con unos setenta y tantos kilómetros desde Buitrago de Lozoya hasta Alcobendas. También iría Manu, otro tipo encantador, de esos que nada más verle piensas: no le conozco de nada, pero puedo fiarme de él. 

Sin embargo, por motivos diversos, la cosa no pudo ser y no podéis imaginar lo que mal que me supo no acompañar a estos dos fieras durante tantos kilómetros, lo que supondría mucha charla, un poco de filosofía, una pizca de desvaríos y bastantes risas y chascarrillos. Menos mal que al menos puedo leer lo que no corrí. A Luis, en su blog de 20 minutos: RUNSTORMING y a Manu en el suyo: REMONTANDO POR LA VIDA.

No podía ir, pero eso no significaba que no pudiera correr. El resto de los CxC estaban a otras cosas: Luis (el Presi) con una ligera molestia en el aquiles no se atrevía a forzar durante muchos kilómetros. Jorge (el Secre) no las tenía todas consigo por culpa de la fiebre. Ramón (el, oh, Líder) se reservaría para la media maratón de Valdepeñas del día siguiente. Paco, Tori y el resto no dan un palo al agua desde hace tiempo con lo que tantos kilómetros quedan fueran de su alcance. Solo me quedaba Juan Carlos. 

"Obligado" por haberme dicho en un principio que me acompañaría a Madrid para correr la NAPOLEÓNICA, no tenía escapatoria. 

Un poco después de las 7:00 horas del sábado salíamos hacia el aparcamiento de la "Playa del Vicario", a escasos 10 km. de casa. 

Aún era de noche y una tímida niebla hacía que el ambiente fuera fresco y húmedo.
Juan Carlos se muestra encantado en el comienzo de la presa del Vicario.
Cruzamos la presa del pantano del Vicario y, giramos a la izquierda, bajando unas escaleras que nos conducen al río Guadiana. Desde allí, seguimos su cauce entre la hierba escarchada.
Fotogénico, lo que se dice fotogénico, no soy.
Pronto dejamos a nuestra izquierda el río y comenzamos a subir hacia la Cañada Real Soriana hasta llegar, prácticamente, a la Peña de Picón. Desde allí, podíamos ver el sol que se asomaba por encima de la niebla.
Una vista preciosa
Seguimos una senda hasta que pudimos ver, a nuestra izquierda, la población de Picón. Desde allí, bajamos por otra senda directamente casi hasta llegar al pueblo.
Eso que se ve abajo es Picón. (Menudos arroces hacen allí)
Una vez abajo, íbamos a ciegas, tirando de orientación, imaginando hacia dónde debíamos dirigirnos para realizar, finalmente, una ruta circular que nos llevara de nuevo, aunque bastantes kilómetros después, a la presa del Vicario. Mientras, por el camino, encontrábamos olivares cuajados de manzanilla y agua.
¿Quién dijo que un olivar es feo?
El camino se llama "del acebuchar" y desemboca en el carreterín CR-P-7111, que une la carretera de Picón con la CR-711, que, a su vez, une Las Peralosas con Fernán Caballero, rodeando por el norte el Embalse de Gasset. Desemboca en la casa de Pinos Bajos (según el mapa). En vez de seguir el carreterín, muy bonito, por cierto, giramos rápidamente a la derecha en una rampa ascendente que nos llamaba con campañillas. La culpa es de un tendido eléctrico que parte el monte y nos "ofrece" un camino para subir y bajar a nuestras anchas
Ahí tenéis a Juan Carlos por el camino del tendido eléctrico.
La zona es preciosa, el día impresionante, la compañía excelente y la maquinaria va engrasada a la perfección. Trato de "educar" a Juan Carlos para que coma y beba aunque no tenga hambre ni sed, pero es como el que tiene un tío en Alcalá. Menuda cabeza tiene el muchacho. Siempre me dice: Sí, ahora, un poco más adelante. Y como es sanitario, no sé por dónde meterle las uñas con lo de la necesidad de la hidratación y la reposición de hidratos, proteínas, sales y demás pamplinas. Él sabe más que yo de esas cosas. Tendré que tirar de lo que leo en los blogs... Pronto sale un camino a la derecha y nos tiramos de cabeza. Al poco llegamos a lo que parece una casa de guardas, zona de vigilancia o algo así. Está abandonada. Llevamos unos 18 km y a Juan Carlos le gusta el lugar. Aprovechando la situación, me quito la mochila. No tiene otro remedio que decirme: Te invito a desayunar. Nos tomamos unas frutas y unas galletas alemanas del Lidl rellenas de frutas del bosque que están riquísimas.
Desayunamos aquí
Desde aquí vemos unas vistas espectaculares, pero con la niebla no vemos el depósito del pantano del Vicario al que tenemos que volver. Tendremos que seguir corriendo... y disfrutando


Seguimos corriendo y, de repente, a ambos lados del camino nos encontramos con sendas filas de colmenas de abejas. La cosa está tranquila y nos preguntamos si sería conveniente pasar por allí con semejante panorama. Cuando quisimos darnos cuenta, estábamos cruzando. De pronto, el sonido del zumbido de las abejas comienza a hacerse mucho más fuerte y más, y más... La abejas empiezan a salir y a estrellarse contra nuestros cuerpos. Bueno, contra el mío más, que soy más "fuerte". Juan Carlos empieza a correr como alma que lleva el diablo y yo, sin tanta capacidad como él, trato de darle a las canillas a todo lo que daba la máquina. Parece que nos escapamos, pero, sinceramente, nos "acongojamos" un poquito. Después lo pensamos: Si les da por emplearse en nosotros... Además, seguro que se habrían decidido por mí, que tengo más superficie y más relleno... Al final, llegamos a lo que se conoce como la Sierra del Gato, donde nos encontramos una torreta de vigilancia y una valla que nos impedía llegar directamente a la Sierra del Gigante.  
Juan Carlos subiendo a la torreta
Subimos a lo alto de la torre y desde allí, las vistas eran aún más espectaculares, si cabe. Ahí os las mostramos.
Desde la torreta

Al fresco

parte de la valla. ¡Vaya por Dios!
Teníamos que volver a un cruce que habíamos dejado antes a nuestra derecha. Había que descorrer lo corrido. ¡Y pasar por las colmenas! ¡Ni de coña! Atronchando monte, entre algún zumbido que otro de alguna abeja vigía, llegamos al camino que queríamos. Desde allí, a otro cortafuegos, siempre con la valla a nuestra izquierda, llegaríamos nuevamente a la cañada real. 

Además de no beber, desagua.

El sitio es precioso, tranquilo, perfectamente cuidado. A nuestra derecha nos sorprendió un buen grupo de ciervos que andaban por allí (¿o les sorprendimos nosotros?)
Había que ir allí.
Pronto llegaríamos a zona conocida, pero con tanta agua nos vimos obligados a dar más de un rodeo, incluso a volver sobre nuestros propios pasos en más de una ocasión.
Sin embargo, el campo estaba espectacular. No sé cuántas veces dijimos lo de "¡Qué bonito está el campo!". Casi tantas como lo de "¡Menudo día!"
Cuando llevábamos 30 kilómetros, paré, me puse en mis trece y le dije a Juan Carlos: Paramos, comemos y bebemos algo, por mis atributos masculinos. Bueno, no lo dije exactamente así, pero lo dije de forma que Juan Carlos no rechistó. Paró y bebió agua. Lo de comer lomo embuchado me costó un poco más, pero al final comió. Subimos otra vez a la cañada real soriana, nos encontramos a Iván Palero y a sus amigos, nos saludamos (sin besarnos) y seguimos de nuevo hasta la presa, teniendo que hacer algo el "ganso", dando rodeos para acá y para allá para alcanzar los 40 kilómetros de distancia y las 5:10 horas de movimiento.

Nada más parar, llamamos a casa para decir que en diez minutos estaríamos en la ducha y en media horita  tomando cañas donde fuera menester. ¡Somos así!


Aquí tenéis la ruta, por si queréis echarle un vistazo: PINCHAD AQUÍ 


1 comentario:

Daniel dijo...

A pesar de que no pudieras ir a la capital, veo que fue una gozada correr por esos idílicos parajes.
Abrazos.

pd.Lo de las abejas tuvo que ser "divertido".