2 sept. 2011

Subida al Pico de la Calderina (Sierra de la Calderina)

Esta foto no "pega" nada aquí, pero está claro que Ramón quería salir en plan chulito...
Los viajes suelen ser siempre interesantes, más si tienes buena compañía. Se habla de todo y de nada, de algunas cosas con importancia y de otras sin ella. A veces (aunque no suele ser aconsejable) de lo divino y de lo humano... Chema y yo, en un viaje de trabajo, hablábamos del campo, de la naturaleza, de andar, de correr... Así fue como me contó que había subido andando al pico de la Calderina (1.208 m.), situado en la sierra del mismo nombre, una de las más importantes de las que forman los Montes de Toledo, situada entre las provincias de Toledo y Ciudad Real.

La ruta empieza al lado de la N-401 (Ciudad Real-Toledo), justo en el camino que sale a la izquierda (sentido Toledo), nada más pasar el cruce de Urda.

Habíamos quedado a las 7:45. A las 8:30 estábamos allí.

Empezamos a correr con una temperatura ideal (con un ligero y fresco viento). No habíamos completado los dos kilómetros cuando, de repente, un movimiento sísmico sin precedentes dejó a todo el mundo acojonado. Bueno... a todos, menos a mí. No sé cómo coño lo hice, pero en la parte más plana, lisa y acondicionada del camino me torcí el tobillo derecho, dándome un hostión de los llamados "de campeonato". Al caer, rodar e incorporarme como un resorte (no porque no me hubiese hecho daño, sino porque me jode mucho mancharme y la tierra en aquel lugar era muy rojiza) pude ver cómo un pastor corría hacia mí moviendo la cabeza de lado a lado y con los ojos en blanco, como pensando "este modorro se ha matao". El dolor era fino como si me clavaran una aguja a mala leche, pero, después de unos minutos, aquello no se hinchaba, lo que en nuestra más que contrastada experiencia en diagnósticos traumatológicos significa que no había ocurrido nada grave. Como suele ser habitual los demás me decían que si quería seguir andando, que si lo dejábamos o que si nos quedabamos allí a esperar qué pasaba. Habíamos ido a conquistar esa montañaca y la conquistaríamos...

Así que empezamos a correr (despacico, eso sí) y a subir y a subir y a subir. Al principio Luis se quedó un poco rezagado. Ramón y yo seguimos juntos, aunque por poco tiempo. Rápidamente pude comprobar como los gemelos de Ramón (que más que gemelos, yo creo que son trillizos o cuatrillizos) empezaban a quemar madera, subiendo aquellas pendientes como si fuese montado en unas escaleras mecánicas. ¡Qué gustico da verle correr!. Y yo que parezco... (mejor véis la descripción que se ha hecho de mí en el apartado de MIEMBROS -con perdón-) Así que, como si estuvieramos enfadados, corrimos cada uno a nuestro ritmo aquel camino que nos llevó a lo más alto del pico, donde se encuentran unas antenas que, aunque destrozan el paisaje, son las que permiten que pueda llegarse hasta allí por una ruta tan bien conservada.

Juntos nuevamente nos hicimos las fotos de rigor, echamos un trago, nos comimos unas barritas energéticas y, sobre todo, disfrutamos de las impresionantes vistas (a un lado, Ciudad Real; al otro, Toledo). Una maravilla.
Luis y yo dándole la espalda a Toledo

Ramón de espaldas a Ciudad Real
El camino de vuelta, es decir, la bajada, no tiene mucha importancia atlética, aunque sí para el apartado anéctodas. A mitad de camino nos encontramos a un fulano con una tartana de coche averiado y atravesado en el camino. Tuvimos que ayudarle a darle la vuelta al coche para que con la pendiente, esta vez a favor, pudiera arrancarlo. Más abajo podéis ver la prueba fotográfica (y eso que no venía el periodista...)
Tras la polvisca, el vehículo ya "en marcha"
Al final, casi 13 kilómetros de ruta de ida y vuelta, la mitad hacia arriba y la mitad hacia abajo por el mismo camino y unas vistas preciosas desde arriba. Habrá que seguir investigando para alargarla y seguir conquistando territorios...

Gracias, Chema, por el descubrimiento.
Recorrido marcado por el GPS
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