29 jun. 2011

FASCITIS PLANTAR

Hace mucho que no os cuento nada, pero es que estoy en el dique seco desde que comencé a notar unas molestias (que se han ido convirtiendo en un dolor de los denominados de tresparesdecojones) en el talón de mi pie derecho. Como podéis intuir, los integrantes de CorriendoporelCampo no necesitamos fisios, ni médicos, ni (salvo un buen psicólogo que nos haga recapacitar para que de una vez entendamos que los entrenadores, fisios, médicos y demás profesionales del deporte y la salud son absolutamente imprescindibles en algún momento para quienes pretendan practicar un deporte con cierta asiduidad, más aún si éstos -como nosotros- son de complexión tipo cuerpoescombro, también llamado cuerpoestufa o cuerpoperro).
Después de leer y releer en la internés numerosos artículos de entendidos en la materia, he decidido diagnosticarme una FASCITIS PLANTAR que me tiene nerviosico perdío por no poder correr lo que yo quisiera. ¿Que por qué he decidido que es una fascitis plantar? Porque es una lesión con síntomas absolutamente coincidentes con los míos y, sobre todo, porque es una lesión que permite seguir corriendo, sin que sea necesario parar del todo.
Así que he salido algunos días para ver cómo evoluciona la lesión. Y porque no aguanto más sin correr... He ido un par de veces con Jordi (el del culo prieto); una alrededor de Alarcos, y otra desde la Atalaya rodeando el campo de golf .
Incluso creí -iluso de mí- que como daba la casualidad de que coincidiría en la playa este "puente" del Corpus con él, me sacaría a correr por el monte o, en su defecto, por la playa. Sin embargo, me sacó para lo que no necesitamos entrenar: beber cerveza.
Bueno... a la mañana siguiente sería... Pero no... Al parecer, Jorge estaba muy perraco y no le apetecía nada pensar en darle a las canillas.
Por si mi "mono" de correr no fuera suficiente, recibí mensaje de Luis en el que me decía "La sierra de Villarrubia. 890 m. Sí, porque yo NO soy un ......(*) que corre junto a la orilla (del mar). Eso sí, volved pronto porque si no yo sólo me desgracio". Y para mayor envidia, acompañaba al mensaje la foto que os pongo más abajo.

(*) Sustitúyase por cualquier insulto. De esa forma evitamos que nos cierren el blog por homófobos.

Mecagoenmiputacalavera, pensé. Yo estoy en la playa, con monte casi a pie de mar y no he hecho nada y Luisito, en el secarral de La Mancha, se ha ido por esos monte del diablo a transpirar, echar el bofe, perder barriga y disfrutar de lo lindo.
Yo me voy a correr como que hay Dios (digo... Sol, que soy ateo), pensé. Enganché la mochilica hidratante con litro y medio de líquido elemento, unas barritas energéticas, el Buff que me puse estilo pirata y a triscar monte.

Hasta que no me hice la foto en lo alto del cerro no vi la cara de panoli que aquí os enseño
(para vuestro descojone)
Hice la misma ruta que os expliqué otro día y que podéis volver a ver pinchando AQUÍ (si es que sois unos viciosos). La temperatura ideal (después comprobé que entre Ciudad Real y Guardamar del Segura había una diferencia de unos 10 grados centígrados). Subí mucho más rápido y ligero que la otra vez, pero, cuando mejor estaba, empezó el dichoso dolorcillo en el pie. Y no es que no puedas correr, pero empiezas a pensar si te duele más, si te duele menos, si te duele en el mismo sitio, si es al aterrizar o al despegar... el caso es que es un auténtico coñazo distraerte con estos menesteres y que no puedas, simplemente, disfrutar del paisaje y de la carrera. Después, bañito en la piscina, ducha, ropita de veraneo y a cenar para reponer fuerzas.

Y es que... con dolores o sin ellos, qué gustico da correr!!!!

13 jun. 2011

Alpinismo extremo

Este domingo era Quique el que se encontraba indispuesto, así que Jorge y yo nos acercamos a Malagón, después de haber dado plantón a Paco (a quien desee aquí pedimos perdón) debido a un error en la cadena de comunicación que se produjo en el eslabón llamado Quique (y así podríamos entrar en un bucle infinito, no solo por volver al principio, sino también por la frecuencia con la que la cadena falla por ese eslabón llamado Quique, que se encontraba…  en fin).
El caso es que subimos a la sierra de Malagón, continuamos hasta que desapareció el sendero, nos metimos lo que viene siendo atronchamontes por la montaña empinada (de nuevo, con perdón), subimos por piedras con más miedo que vergüenza y alcanzamos la tan ansiada cima, respecto de lo cual hay testimonio gráfico.
Durante la subida.














Aquí, un precioso vértice geodésico.















Aquí, Jorge arrepentido de haberse declarado objetor de conciencia antes incluso de que le preguntaran si quería o no servir al rey.
















Aquí, yo estupefacto al ver qué mal me queda la camiseta nueva.















Por último, un bonito complejo lagunar, que próximamente visitaremos.






7 jun. 2011

Qué os pasa, lebreles ¿?

Noto cierto tufillo a tristuno e incluso a filosófico en las últimas entradas. A mi no me jodais que yo no quiero estar triste y mucho menos ponerme a pensar. Si yo vuelvo un día al trabajo y me tengo que leer más penas de nadie o hacer un esfuerzo para comprender lo que algún iluminado redacta, me borro. No digo más.
Por cierto yo hoy he ido a correr y muy normal todo, sin dramas, ni citas en latín, ni nada. Nada más que subidita a Alarcos, arrodearlo por detrás (con perdón) y de vuelta para casa. 13 km de lo más normalito.

PD: ¿Esto no era de reirse? Preocupado me teneis.

Me llaman cabezón, pero es mentira


Simplemente, se me había atravesado: todos los días, mañana y tarde, paso en el tren junto a este cerrete que, según te acercas desde Ciudad Real por la carretera, deja de serlo para adquirir la categoría de montañaca. Tenía que doblegarla.

 













Q. y J. se negaban a venir conmigo, cualquiera sabe por qué, así que el sábado, aprovechando que el uno estaba enfermo y el otro, además, de viaje, me acerqué a Malagón. Al llegar pregunté a unos simpáticos lugareños que practicaban ilegalmente el arte de la pesca de cangrejos de río cuál era la mejor manera de subir y, con su ayuda y algo de esfuerzo (por supuesto, todo está convenientemente vallado), encontré el sendero de acceso. Comencé a correr e hice toda la ascensión del primer cerrete (que es el que se ve en la foto) a medias corriendo y andando. Después un segundo cerrete, casi todo corriendo, e incluso un tercero. La vista era espectacular y yo me quité el mono de la sierra de Malagón, que me miraba mal.


 
 













Había una razón más: me tengo que poner las pilas porque los dos fiebres ya están haciendo unas distancias más que considerables y, aunque seguiré estando muy atrás, no puedo amamonarme. Menos aún después de que me dijeran con cariño que habían decidido que mi sitio estaba en el equipo B. Ya que no hay equipo B, sólo quedan dos posibilidades: o hago yo mismo mi propio equipo o confío en que Q. venga todos los días acebollinado o, al menos, con resaca. Quizás no deba preocuparme.

Divagación prescindible (III). ¿Por qué nos gusta tanto correr por el campo?


Siempre que corremos, como solemos pasarlo tan bien, nos preguntamos por qué nos gusta tanto correr por el campo.

Correr no es solo una manera de mantenerse en forma o una excusa para mover el cuerpo y combatir el estrés apartándonos durante un rato de este vertiginoso mundo de prisas y agobios, sobre todo para nosotros que machacamos más el cerebro que el cuerpo en nuestros trabajos.

Sin duda, lo de correr por el campo tiene un atractivo añadido, unas circunstancias especiales que hacen de la carrera a pie algo más que un deporte.

Naturaleza y deporte “hacen buenas migas”. Por eso, quien tiene la naturaleza cerca de casa (vías verdes, grandes parques, montañas, lagos, ríos, playas…) puede decir, sin miedo a equivocarse, que tiene un gran tesoro en lo que al correr se refiere.

No es lo mismo correr por asfalto que correr por el campo. Las sensaciones son distintas, no solo por el terreno donde pisas, sino también por lo que te rodea. Da igual que sea un camino de tierra, una senda en medio del monte, al lado de un río o a la orilla del mar.

No es lo mismo pisar por donde lo hacen cientos de personas (y de vehículos) que correr pisando caminos, veredas o sendas que solo pueden transitarse a pie, en bicicleta de montaña o a caballo.

No es igual correr al lado de un río que hacerlo junto a edificios, naves industriales o avenidas colapsadas.

No es lo mismo ver como a tu paso corren animales (conejos, perdices, liebres, lagartos, serpientes, zorros…) que tu paso tenga que frenarse ante ciertas máquinas o aparatos (semáforos, coches, motos, camiones…)

No es igual. Las sensaciones no son las mismas.

Sin embargo, quien corre habitualmente, con independencia de por dónde lo haga, experimenta un placer enorme. También es cierto que para que eso se produzca es necesario “acostumbrarse” a correr. Y no puede hacerse de repente, sino poco a poco, lo suficientemente despacio y de forma progresiva como para que correr no suponga un sufrimiento. No se puede pretender correr durante una hora seguida si no se ha corrido nunca antes.

También sabemos que al correr se liberan endorfinas (péptidos -pequeñas proteínas- derivados de un precursor producido a nivel de la hipófisis, una pequeña glándula ubicada en la base del cerebro) y que esas endorfinas producen sensaciones de bienestar, vitalidad y alegría, además de un efecto sedante similar al que genera la morfina.

Pero esas explicaciones, aunque ciertas, son solo científicas.

Este domingo, quizá, experimenté en mis propias carnes otra de las razones de por qué disfrutamos corriendo.

Desde las doce de la mañana del jueves hasta las once de la noche del sábado recorrí en coche unos 1.700 kilómetros. De Ciudad Real a Ourense, de allí a Pontevedra, más tarde a Sanxenxo (y alrededores) y de vuelta a Ciudad Real. A ello hay que añadir que las horas de sueño fueron pocas y que la ingesta de comida y bebida fue excesiva.

A pesar de todo, Jorge y Luis habían quedado el domingo a las 8:30 de la mañana en Valverde para correr por el campo y yo no podía perdérmelo.

Me costó levantarme más de lo habitual. Aunque estaba feliz, como siempre, también estaba bastante cansado. Empezamos a correr por la misma ruta que hicimos el martes (día de Castilla-La Mancha). Jorge y yo queríamos que Luis viera lo que habíamos “descubierto”. Hasta que llegamos al volcán de Peñarroya todo fue genial (incluso lo subimos corriendo de un tirón y a buen ritmo). La bajada a la laguna, excelente. Allí Jorge –que está fuerte como un toro- nos “invitó” a seguir por un camino que salía hacia la derecha. Luis se despidió para volver por sus propios pasos y yo, que soy de personalidad débil, no pude negarme. Corrimos, subiendo y bajando por donde nos permitían las vallas que nos encontrábamos a ambos lados, hasta que decidimos parar y echar un bocado. Llevábamos recorridos casi trece kilómetros. Justo antes de parar sentí que las fuerzas se me acababan. Después de un gel, una barrita y un buen trago de agua, nos dispusimos a volver. No hicimos más que empezar y noté que las fuerzas no habían vuelto. Traté de seguir, pero me costaba mucho trabajo, casi no podía. Mis pulmones tenían aire suficiente, mi corazón no necesitaba bombear con demasiada fuerza y, a pesar de que tenía un ligero dolor en el pie izquierdo (una posible fascitis plantar), la molestia no me impedía correr. Sin embargo, no tenía fuerzas; lo que se denomina, en el mundo del ciclismo, una "pájara". Jorge seguía fuerte, así que le dije que continuara, que yo andaría un rato para ver si el gel y la barrita hacían efecto. Él siguió y yo me quedé atrás. Andaba en las subidas y trataba de correr en las bajadas, pero la fuerza no llegaba. Incluso me costaba bajar. Estaba pesado. Y aún me faltaban unos diez kilómetros para llegar.

No estaba disfrutando. Solo, en mitad del campo, pensé que si mi corazón y mis pulmones funcionaban perfectamente y mis piernas no me dolían no tenía sentido no disfrutar. ¿Qué me pasaba? No podía correr, pero podía andar sin problemas. Me faltaban fuerzas, pero tenía suficiente brío para andar a buen ritmo. ¿Dónde estaba el problema? El paisaje de vuelta tenía la misma belleza que el de ida (¡¡¡era el mismo!!!). Y a la ida, sobre todo al subir hasta el volcán, mis pulsaciones eran mucho más elevadas, los cuádriceps me dolían y me faltaba la respiración. ¿Por qué antes, sufriendo más físicamente, disfrutaba y ahora no? ¿Por qué esa contradicción? Las endorfinas tenían que estar ahí ¿Por qué no hacían su trabajo?

Fueron veinticinco kilómetros en total, diez de ellos sufriendo (sobre todo desde un punto de vista psicológico), unas tres horas desde que empecé hasta que llegué al punto de partida. Llegué absolutamente cabreado por no haber podido correr durante todo el trayecto, por haber fallado, por no haber conseguido ese día mi meta .

Entonces lo vi claro. Justo al llegar supe que la conseguiría otro día y que, en realidad, había conseguido otra meta, como casi todos los días. Los diez kilómetros de “sufrimiento” no caerían en saco roto, servirán para aprender, como entrenamiento para los malos momentos –que también los hay- esos momentos que justo al terminar se olvidan y, como por arte de magia, se transforman en alicientes que hacen que lo conseguido se valore en su justa medida.

No importa que sufras, que creas que el corazón no da para más, que tus gemelos, soleos, cuádriceps o bíceps femorales sientan punzadas como si les clavaran puñales, que no puedas hablar, que tu respiración se entrecorte y tengas que abrir la boca para que entre todo el aire posible o que parezcas un animal herido cuando lo expulsas como a borbotones. Nada de eso importa si consigues lo que te propones, con independencia de lo que te cueste.

Esa, quizá, y no otra, es la razón por la que disfrutamos tanto corriendo: sentir que podemos hacerlo, que nos superamos, que los límites están cada vez más allá, que nuestro cuerpo responde más de lo que esperábamos, que todo es posible, que nada es imposible.

Eso es lo que nos hace felices corriendo. Cada uno a su nivel. Unos corriendo un desnivel mayor, durante un minuto más o un segundo más rápido. Otros siendo los mejores. Algunos no siendo los peores. Todos siendo un poco mejor que ayer, la semana pasada o el mes anterior. Eso es lo que nos hace disfrutar: conseguir nuestras pequeñas, medianas o grandes metas deportivas, porque cada día que salimos a correr, sin proponérnoslo, nos fijamos un nuevo reto. Lo de sufrir es lo de menos.

En este mundo todo es relativo. Correr por el campo, o fuera de él, no podía ser menos.

3 jun. 2011

Carta del presidente

La situación en la que me encuentro durante este periodo de incertidumbre tiene carácter mítico: así como el reino de dios se encuentra ya entre nosotros, pero todavía no, yo mismo he sido nombrado por aclamación como vuestro presidente, aunque ese nombramiento -al igual que la propia corporación-, a pesar de su indudable corrección sustantiva, no ha adquirido aún la eficacia que le es propia y que sólo desplegará una vez inscrito en el oportuno registro público.

Llego a estos pensamientos a raíz de una duda que, verdaderamente, me atenaza: pese al acierto del nombre propuesto conjuntamente por nuestros compañeros Q. y J., capaz de aunar precisión, irreverencia, modernidad y un indudable buen gusto, yo me inclino por mantener en el nombre de nuestra asociación la cabecera de este blog. Y en esta tesitura me planteo si sería necesario someter a vuestro juicio esta opinión o si, por el contrario, sería más adecuado asumir la responsabilidad que me habéis encomendado y elegir yo mismo, directa y unilateralmente, el nombre que a mí me pareciera mejor, librándoos así de la penosa carga que supone ejercer directamente vuestros derechos de participación democrática directa.

A ello se opondría, en apariencia, el hecho de que mi nombramiento no se ha perfeccionado todavía de acuerdo con todas las exigencias y requerimientos previstos en la legislación vigente, pero lo cierto es que ese molesto inconveniente fue resuelto por Ulpiano hace ya casi dos milenios, cuando se planteó la siguiente hipótesis:

"Barbario Felipe, siendo esclavo fugitivo, solicitó la pretura en Roma y fue designado pretor. [...] ¿Qué diremos en el caso de que siendo esclavo hubiere desempeñado la dignidad pretoriana mientras lo ocultó? Lo que edictó, lo que decretó ¿carecerá quizá de validez?, ¿o la tendrá por la utilidad de aquellos que demandaron ante él en virtud de la ley o de otro derecho? Y pienso en verdad que nada de aquello debe invalidarse, pues esto es más humano, dado que el pueblo romano también pudo encomendar a un esclavo este poder, pero siempre que hubiera sabido que era esclavo, lo habría hecho libre. El cual derecho se ha de observar mucho más respecto del emperador (Ulp. 38 Sab.)" [D. 1, 14, 3].
Nada se me podría, pues, oponer en caso de que decidiera ejercer mi derecho. No obstante, debido a que soy de talante liberal he preferido limitarme a trasladaros mi opinión como si, efectivamente, tuviera el mismo valor que la vuestra.

Ahí lo lleváis.

2 jun. 2011

Divagación prescindible (II). Corriendo en silencio. El montruo.

Habitualmente el que suscribe corre o bien con música o bien rodeado de otros seres humanos. BUeno y con Quique y LUis, pero ese es otro cantar. El caso es que casi nunca corro en silencio cosa que hice en la mañana de ayer por un desafortunado despiste a la hora de encontrar los cascos de correr o funiculares.
La cosa es que salí yo solateras a echarme una subidilla a Alarcos pal coleto y la experiencia resultó ser de lo más grata llegando a momentos de ¡¡¡ahivalaostia!!! Y es que cuando uno no está absorto en las poderosas guitarás de Dream Theater, Mastodont, RATM... o escuchando las tonterías de mis compañeros de andanzas (¡Sos quiero, coño!) se centra uno en su propio ser. En eso que te vas metiendo en ti mismo y hay raticos que parece que ni estés. Concretamente en la subida a Alarcos (más de un kilómetro la madre que la parió) he estado in albis por lo menos diez minutos. Pero en blanco, oye. Yo era un corazón y un dolor de gemelos, nada más. Vamos que cuando me he dado cuenta del rato que llevaba sin pensar casi me he asustado. En fin, tontás mías.
Luego a la vuelta he tenido una aparición. A lo lejos diviso un bulto que va creciendo y que parecía ser un ciclista de dimensiones apocalípticas. A la que se acercaba el engendro empezaba a mostrar su anatomía acompañada de unos bufidos rítmicos aterradores. Por un momento creí que eran dos personas y es que el ser aquel se caía por los dos lados de la bici, parecía un motorista de esos de competición tumbándose para los dos lados a la vez. Qué cosa más grande. Cuando ya estaba a pocos metros de mí me di cuenta de que no tenía escapatoria. Si le hubiera dado por abrir la boca me habría engullido. Con el miedo como consejero (peores los he visto) levante la mano por si la abominación conociera señales de civilización. Un WEEEEEEHA!!!! medio animal, medio humano fue su única respuesta antes de seguir en busca de algún animal desprevenido al que deborar. Qué susto más gordo, con perdón.


De Valverde a la Laguna de Peñarroya

Hoy voy a contaros lo que hicimos este martes, 31 de mayo. Habíamos quedado a las 8:30 de la mañana. ¿Un martes a las 8:30? Pues sí. Para eso era el día de Castilla-La Mancha.
Pensaréis que hace mucho que no posteabamos nada, pero os aseguro que no es porque nos hayamos estado tocando las gónadas. Por ejemplo, el domingo 22 salimos Jorge, Luis y yo a las 11 de la mañana desde Poblete, pasando por la finca "Villadiego" y, a la verita del Guadiana, con intención de llegar a la antigua central hidroeléctrica y fundición de mediados del siglo XIX llamada "El Martinete", a la que no pudimos llegar como consecuencia, sobre todo, del calor; Otro ejemplo, el martes 24 por la tarde nos fuimos Jorge y yo a darle a las canillas cerro de Alarcos arriba, cerro de Alarcos abajo. Así que no ha sido falta de kilómetros, sino de ganas de darle a las teclas y es que... si no escribo yo, aquí no escribe ni Dios (para los que creen en él) ni Perry (para los otros)...
Ésta refrescante instantánea es del día 22, camino de "El Martinete"
Bueno, a lo que iba...
Como casi siempre, llegué a casa de Jorge a las 8:30 en punto, pasados quince minutos. Y nada más llegar me sorprendieron (Jorge y Raquel, los dos) con un folleto (con perdón) de una carrera por etapas de tres días por el Desierto, en Marruecos: la "Desert Run", en la que se corre tempranico para, por la tarde, poder turistear, comer, beber y disfrutar con algo más que con las piernas.
Después de ponernos los dientes largos, salimos pasadas las nueve de la mañana con cuerpo de jota y muy pocas ganas de correr, tanto que antes de salir nos dimos la vuelta y nos montamos en el coche para intentar evitar las rutas habituales desde Poblete para hacer algo distinto que nos motivase en lo que parecía un día aciago.
Llegamos a Valverde y empezamos a correr con la piernas acartonadas dirección a la Laguna de la Posadilla . En cuanto pudimos nos desviamos hacia la derecha, dirección a la Casa de la Posadilla, hasta llegar a la carreterilla que une Corral y Alcolea. Desde allí se ve un repetidor al que ya hemos subido alguna vez. Como queríamos variar nos metimos por un camino que salía justo al lado de la carretera que subía al repetidor y cuando nos dimos cuenta la cosa comenzó a empinarse (¡upsss!... quiero decir el camino o la senda) por encima del repetidor, hacia la derecha, por un paisaje bastante apañao y, sobre todo, desconocido para nosotros, lo que nos animó bastante. Seguimos subiendo más, más y un poco más, hasta llegar a una zona en la que el desnivel nos obligó a seguir andando unos veinte metros para poder correr después, hasta ver unas rocas. "Cuando lleguemos a ellas paramos, echamos un trago de agua y vemos hacia dónde seguimos"-dijimos. Como íbamos subiendo, sufriendo, sudando, apretando los dientes, no nos fijamos en lo que iba quedando a nuestra espalda, pero cuando paramos nos quedamos sorprendidos... y encantados. Y dijimos nuestra típica frase: "Qué bonito está el campo", acompañada de otras interjecciones del tipo "¡Qué pasada!", "¡Joder!" o "¡Cagonlaputadoros!".
Mirad la cara de tontos que se nos quedó
A que en vez de correr parece que habíamos ido a encalar los muros de una finca.
Menudas pintas...
Allí arriba sacamos unas barritas, echamos un trago y disfrutamos del paisaje. Bueno, y escurrimos las gorri-boinas que llevábamos empapadas.
Mirad el paisaje que se ve abajo y al fondo
Y cuando miramos al otro lado... ¡Sorpresa! una laguna... Luego vimos un panel informativo que, como su propio nombre indica, nos informó de que se trataba de la Laguna de Peñarroya, cráter de un volcán, que las piedras que habíamos visto eran una colada del citado volcán, etc., etc., etc.
Ahí tenéis la Laguna de Peñarroya
Así que... rápido descenso hacia la laguna. El paisaje que atravesamos era precioso, sobre todo una parte de camino entre monte bajo (bueno, aunque era monte bajo, era más alto que Jorge...)
Aquí, aunque igual de tontos, parecemos un poco menos pintores...
Llegamos hasta la laguna y nos paramos a intuir que aquella ruta tenía más posibilidades y que no tenía por qué terminar allí. Pensamos que sería bonito recorrer los montes que la rodean, pero aquéllo sería otra historia, así que nos dimos media vuelta para volver por donde habíamos llegado, recorriendo casi 19 km. en menos de dos horitas.
La cosa no es como empieza, sino como acaba. De un día gris, a un gran día... Un día que, sin duda, nos dará la posibilidad de pasar otros muchos buenos momentos que ya os contaremos.