13 may. 2014

¡FUENCALIENTE, qué hermosa eres!


Decía Marck Ajoufer que “la perspectiva es, en la vida, tan importante como, al menos, otras cosas igual de importantes, en la vida, que la perspectiva”. Y eso es así.

Sucede que, como pasa con otras cosas importantes, para sacar un provecho personal a la perspectiva es fundamental tener su poquito de autocrítica y eso es difícil. Ejemplo: Uno sale a correr al monte en solitud y regresa a casa pensándose un titán, un lebrel metamorfoseado en ser humano, un bicho mitológico nacido para devorar kilómetros al ritmo del mejor. Bien, tenemos la autoestima a la altura de los pelillos de la nariz de la Estatua de la Libertad.

Al día siguiente salimos de nuevo a trotar al monte, esta vez con unos “amigos”. Tres horas después te encuentras amagao debajo de un chaparro lamentando tu vituperable estado de forma y preguntándote cómo puedes pasar de promesa olímpica a mierdaseca en 24 horas.

Cuestión de perspectiva, mafren.

Personalmente, si me comparas con el charcutero del barrio de mi madre después de la calderetada de la Romería de San Isidro, soy un adonis, un atleta de superélite; si me enfrentas al Kilian Jornet aquel soy un mierdo así de alto.

Perspectiva de nuevo.

Eso nos pasó el pasado fin de semana a algunos ceporceses que nos vimos envueltos casi sin saber cómo, en una quedada correcampista tremenda. No solo la zona era espectacular, sino que la compañía era de esas que te ponen en tu sitio.

Los ceporceses no somos muy de comparar cuerpas porque normalmente salimos perdiendo, como a nivel intelectual tampoco semos unas lumbreras (menos el presidente, pero él suaviza el potencial de su psique con un permanente estado de semiausencia o, precisamente, sumido en alguna profunda reflexión en a saber qué idioma), cuando nos juntamos con otros tronchamontes nos dedicamos a decir tontás. Pero lo que vimos al bajarnos del auto en la zona de Fuencaliente nos minó la moral: unos gachós de impresión, enjutos pero fuertacos, de hipertrofia muscular evidente pero ágiles, vestidos de hoko pero con clase... Vamos que había un excampeón del mundo (del mundo entero, oiga) de Duatlón y un amiguete que hizo 9º en la general del Maratón de Sables... No digo más.

Y empezamos a triscar monte. Esta vez el trío CxC lo conformaban el conseguidor (Miguel Ángel), el figura (David Gutiérrez) y el nieto de la Orosia (pa serviles).

Fuencaliente no entiende de calentamientos y nuestros partenaires del pie contra monte tampoco, así que el primer kilómetro fue un subidón seguido de otro subidón para bajar un cortafuegos a cuchillo y volver a subir a lo bestia. Servidor no sabía si seguir penando a un ritmo que evidentemente no era el mío o echarme a llorar abrazao a un pino. Por delante Miguel y Guti avanzaban como jureles llevados por la corriente, como si no les costase a los cabrones. Menos mal que a los cimarrones que marcaban el ritmo les dio por parar a mear -al fin y al cabo deben ser humanos- y pude recobrar el aliento.

Yo soy diésel y sé que las subidas fuertes al principio me dejan listo de papeles, por lo que visto desde mi perspectiva no iba demasiado mal a pesar de ir echando el bofe. Miguel y Guti, al contrario, son gasolinas trucaos y no les cuesta ponerse a toda leche de inicio. Iban bien desde su visión del asunto. Perspectiva.

Como además la zona es un auténtico lujazo para el correcampismo, iban pasando los kilómetros. Lo de Fuencaliente es espectacular. Lo tenemos ahí, a una hora de la capital y es un auténtico paraíso donde se pueden encontrar desniveles importantes y paisajes maravillosos por los que correr. Pinar por aquí, sendero por allá, riachuelo que cruzamos y...

Cambio de perspectiva. A Miguel se le pone terco el intestino justo al llegar a la primera subida gorda. Yo veía cómo se iban los titanes corriendo hacia arriba y a mi colega por abajo sudando cicuta. Le espero, me dice que tiene que obrar y se para. Sigo para arriba andandito y le espero. Con medio kilo menos llega el fulano. A trotar a por los buenos.

Desde ahí la cosa cambió. Yo me fui encontrando mejor, como me suele pasar siempre y Miguel, a peor. A él le van más las subidas tendidas y largas que los cortafuegos y verse tan lejos de los demás le hizo pupita en la cabeza. Desde ahí y hasta el final de la ruta penó como el que se tragó las trébedes, pero supo sufrir y aprender una nueva lección. Y es que pocas veces de las que sales al monte a darte un buen tute no aprendes algo.

Terminó mal físicamente y moralmente tocado, justo al contrario que yo, que finalicé la etapa con alegría en las piernas y en el espíritu, convencido de que la Quijote Legend esa me la meriendo sí o sí. Cuestión de perspectivas.

Lo que no sabe Miguel es que no fue tan mal como él creía, sólo que esta vez le tocó sufrir atrás y para llevar esa carga hay que entrenarla. Si en vez de los compañeros con los que le tocó lidiar, hubiera ido con algún principiante habría terminado de los primeros y con mejores sensaciones haciendo el mismo tiempo. Perspectiva. Ahora le toca analizar dónde falló (quizá salió demasiado rápido), aprender la lección y tirar de manual de psicología, porque le va a tocar aguantarme durante 152 kilómetros dentro de tres semanas y eso es algo para lo que no todo el mundo está preparado. 

¿Que vamos a terminar la Quijote Legend esa?
Por supuesto. Y en muchos momentos tendrá que tirar él de mí y yo de él, y entre los dos tendremos que ofrecerle alguna ostieja al Lidl (Ramón) que también se viene aunque esté entrenando en secreto (?). Y lo vamos a pasar teta.

Perspectiva, amiguetes, ya lo decía el bueno de Mark Ajoufer.


Fotos cedidas por los asistentes, así en general...





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