9 may 2013

26 km por LA CALDERINA

De Izq. a Dcha: Arriba: Guti, Iván, Jorge, Quique, Toty, Nano.
Abajo: Juan Carlos, Marín, Miguel Ángel, José Luis, Ramón, José.


Hace ya bastantes años, el día 1 de mayo de 1886, comenzaban unas jornadas de lucha obrera en Chicago que se saldaban finalmente con la muerte de varios sindicalistas que exigían una jornada laboral de 8 horas (los Mártires de Chicago).

Por eso se eligió el 1 de mayo para celebrar el Día Internacional de los Trabajadores, fiesta del movimiento obrero mundial.

«ocho horas para el trabajo, ocho horas para el sueño y ocho horas para la casa»

Como la cosa no está para quitarle horas al trabajo, nosotros se las quitamos al sueño y a la casa para destinarlas a correr por el campo.

Este 1 de mayo los CxC correríamos sí o sí. Pensábamos hacerlo por la zona del embalse del Vicario, pero el día de antes surgieron varias opciones: los Bomberos harían una salida cortita por la zona de Picón con unos amiguetes que querían comenzar a dar zancadas por el campo. Serían 15 km suaves. Por otro lado, los Quijotes Transalpinos (ahora Transvulcánicos) querían irse a la Sierra de la Calderina para hacer unos 25 km con el desnivel que fuera menester para llegar a punto para su participación en la carrera dela isla de La Palma.

No sé cómo Juan Carlos unió sus ganas de correr con las ganas que tenía Nano de ir a trotar un rato por La Calderina, pero, al final, nos decidimos por la versión más larga y dura (con perdón) de las tres. Bueno, sí lo sé. Juan Carlos le dijo a Nano que serían solo 15 o 20 kilómetros. Seguro que se equivocó y le bailaron los números.

A las siete y media de la mañana del día 1 salíamos para allá Juan Carlos, Nano, Ramón, Jorge y yo. En otro coche irían Toty, Miguel Ángel, Guti, Iván Manzano y Marín. Desde Los Yébenes saldrían José Luis y  un colega suyo que no conocíamos: José. En total, doce.

A las 8:20 empezábamos a trotar todos juntos desde un descansadero de la Ruta del Quijote situado a unos dos kilómetros del pie de La Calderina. Hasta allí el ascenso era muy suave, tanto como el ritmo que llevábamos. Desde el comienzo de la subida a la Calderina hasta su cumbre hay casi cinco kilómetros de pista con un desnivel constante. Pronto estábamos arriba.

Mientras subía pensaba en la diferencia de percepción que vas teniendo con el paso del tiempo y de los kilómetros. Hace un año y ocho meses acudíamos por primera vez a La Calderina. Ramón aguantó la tirada y subió corriendo, pero ni Luis ni yo fuimos capaces. Se me hizo eterna, tuve que parar varias veces a andar y cuando paraba ni andar podía. Sin embargo, después de este tiempo y, sobre todo, de muchos kilómetros en las patas, la cosa se ve de otra manera. Se me hizo muchísimo más corta, más suave y más bonita. ¡Cosas del “celebro”!

Arriba nos hicimos las fotos de rigor, echamos un trago, picamos algo (yo, gominolas) y vimos el siguiente cerro que había que subir. Desde allí se veía bonito. Acto seguido iniciamos el descenso, pero para variar y no aburrirnos a mitad de bajada nos “tiramos” por un cortafuegos que nos sirvió para disfrutar, poner a prueba los tobillos y decir sandeces sin ton ni son (Los de CxC, claro. Los otros son muchachos sensatos)




Una vez abajo enfilamos el nuevo objetivo, otro cortafuegos (esta vez para subirlo) que estaba a unos dos kilómetros y medio. La cosa empezaba razonable, pero poco a poco se iba poniendo dura (c.p.) hasta el punto de cagarte en la madre y el padre del cortafuegos. Así que hubo que poner la reductora, echarle paciencia, cuádriceps y gemelos. Como era de esperar, Juan Carlos, José Luis e Iván iban en el grupo de cabeza, en el que también se coló Guti, como si aquello fuera para ellos  más llano que para nosotros. Nosotros -para controlar el tema, no porque fuéramos echando los higadillos- cerrábamos el pelotón por este orden: Jorge, Ramón, Yo, Miguel y Nano que, en aquellos momentos, se acordaba de todas las generaciones pasadas y futuras de Juan Carlos. – Y que quince o veinte kilómetros. – Decía con cara de pocos amigos

Menos mal que arriba echamos un trago y yo, como experto nutricionista que soy gracias a los muchos años que me vengo nutriendo, les enseñé a los demás los magníficos geles que llevaba esta vez para recuperarme del esfuerzo y reponer hidratos y proteínas para seguir como una moto. Geles de atún en forma de empanada envuelta en papel de aluminio. No es que estuviera bueno, es que te dejaba nuevo. Llevé dos trozos y uno de ellos fue repartido y degustado entre los más valientes. 


Ahora tocaba crestear por una zona preciosa de toboganes de unos dos kilómetros y medio. La vista era espectacular. Lástima que Jorge empezara a notar molestias estomacales (seguramente por no haber comido empanada). Nano también iba bastante tocado por una sobrecarga en los aductores.  Menos mal que el amigo Toty (el cuidador) iba a su lado, con su cámara, dándoles palique para que se les pasara más rápido. La verdad es que Toty es la “madre” del grupo, sin duda. 


Desde allí ya solo quedaba bajar (2,5 km) y llanear (6 km), cada uno a su ritmo. Sin embargo, de vez en cuando, los primeros esperaban a los últimos para reagruparnos.  

En la última parada me hice el valiente y seguí el ritmo de dos de los crack del grupo (Juan Carlos e Iván) y, sorprendentemente, conseguí llegar al final a la misma vez que ellos -y antes que los demás- lo que hizo que terminase con unas sensaciones extraordinarias.

Camiseta seca, estiramiento, unas risas, unas fotos y para casa, no sin antes parar a tomar un par de cervezas para reponer ácido fólico, que es muy importante según Txus Mari.











En definitiva, 26 km y pico de carrera, unos novecientos metros de desnivel positivo y un buen rollo espectacular.

Quizá haya que ir pensando en darles un toque a los Bandoleros del Guadarrama para ver si les interesa una sección de Bandoleros Manchegos que, como ellos, disfrutan enormemente de la naturaleza, el deporte, la compañía y los post (o entrenamientos pasivos en barra o mesa de bar)  

*Por cierto, ¿quién hizo la foto de grupo?


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