11 sept 2014

El UTMB. Mi UTMB



El día de antes, en la fila para recoger el dorsal, con el Mont Blanc al fondo.

¡He ido al Ultra Trail du Mont Blanc! ¡Y he terminado! Ello me obliga a escribir algo. Aunque sean unas pocas letras con un mínimo sentido. Sin embargo me siento incapaz de hacer una crónica al uso, contando lo que pasó desde que empecé hasta que llegué a meta. Han sido cuarenta y cinco horas y catorce minutos, que se dice pronto. ¿Cómo podría explicarlo?

La crónica bien podría ser la de mi compañero Manu (la podéis leer pinchando AQUÍ) que escribe mucho mejor que yo y corre por el estilo. De hecho, él terminó medio segundo antes que yo.

Además, no me acuerdo bien de todos los nombres de los sitios por los que pasé, ni de los tiempos de paso, ni de tantos y tantos detalles que aparecen por mi cabeza a pinceladas, sin orden ni concierto.

En cambio, sí que tengo cosas que decir. ¿Cómo no?

En primer lugar algo bueno en plan general:

Correr el UTMB es una pasada por muchas cosas: Porque es la carrera por montaña por excelencia, por el ambiente, por los paisajes, por la experiencia que supone recorrer 168 km de una vez, por la aventura que ello conlleva. No sé si tiene que ser el UTMB (porque de momento solo conozco éste), pero si te gusta correr largo por montaña tienes que hacer una carrera de 100 millas sí o sí.

A pesar de eso, también hay cosas que no me gustan. Lógicamente, la carrera de montaña con más repercusión internacional está pensada para los ganadores, gente que ha sido capaz de terminarla en poco más de 20 horas (¡20 horas!). Se empieza a las 17:30, lo que a ellos les permite llegar al día siguiente a la hora de comer y a nosotros –los paquetes, quizá debería decir los mortales- nos tiene dos noches completas sin ver nada de lo que nos rodea. Sabes que es precioso, pero no puedes verlo. Es lo que tiene ser lento. Si quieres recorrer esa distancia y tu cuerpo no te da para más, te tocan dos noches de parranda por el monte. Tampoco me gustó la excesiva seriedad de los participantes. Está claro que hay que tomarse la prueba en serio, pero eso no está reñido con hablar con el compañero, hacer un chiste o pararte a ver simplemente el paisaje. Los que podían ir a nuestro lado no iban a ganar, eso estaba claro, entonces ¿por qué esas caras de setas, ese silencio sepulcral? Para contrarrestarlo, nosotros soltábamos una gilipollez de vez en cuando en voz alta para que los de al lado en vez de poner cara de serios, pusieran cara de espanto, miedo, incredulidad o asombro. Algo es algo… Tampoco me gusto ver envoltorios o geles por los preciosos senderos que rodean el Mont Blanc. Hay guarros en todos lados. Allí también.

Ahora, los momentos importantes de “mi” UTMB:

Todos juntos momentos antes de la salida
No se me olvidará la salida, con lluvia intermitente justo antes de salir y lluvia a tope desde el primer paso hasta, al menos, cinco horas después. Los nervios de un pelotón que no sabía si ponerse o quitarse el chubasquero antes de empezar.

Tampoco olvidaré jamás la imagen de Paula y Marisol esperándome en el avituallamiento de Saint Gervais bajo una intensa lluvia. Es emocionante ver allí a tu familia y amigos (Paco, Gema, Carmencita, Raquel, Anne) para animarte, sonreírte y abrazarte. Aquí lo psicológico y lo emocional cuentan tanto o más que lo físico.

También tengo grabado el primer amanecer. Llevábamos poco más de doce horas en carrera cuando ascendíamos los últimos metros para alcanzar el Col de la Seigne. Las primeras luces hacían que intuyéramos una silueta montañosa a nuestra izquierda y colores más claros que podían ser nubes o nieve. La visibilidad aumentaba poco a poco y se confirmaban nuestras sospechas, era nieve y entre ella las nubes que parecían abrirse a nuestro paso para que contempláramos el macizo que teníamos a nuestro lado. Pronto oímos voces que nos daban la bienvenida a Italia y nos señalaban en todo su esplendor –ahora sí- el Mont Blanc.

Aquello era el Mont Blanc y ahí estaba yo, un pardillo que hace cuatro días estaba haciendo una preinscripción pensando que jamás le tocaría ir.
¡Ya en Italia!
Solo tengo esta foto que un voluntario italiano se ofreció a realizarnos. La verdad es que podía haber sacado un poco mejor el jodido Mont Blanc, que era lo bonito, y no las piernas llenas de barro o las caras de panolis que tenemos Jorge y yo.

A partir de ese momento llegaría el mazazo de la carrera. Jorge se había quejado de la rodilla en las bajadas, pero ahora decía que ya no podía más, que tenía que bajar andando a Lac Combal. Trataba de correr pero sus rodillas no le dejaban. Yo me había quedado helado al parar unos instantes arriba, donde corría mucho viento. Tenía que seguir corriendo, porque empezaba a pasarlo mal. Además, así creía que obligaría a Jorge a no abandonarse. Le dije que yo bajaría hasta el siguiente avituallamiento y que allí le esperaría tardase lo que tardase. Fueron casi cuarenta minutos interminables hasta que vi su cara de circunstancia, triste, diciéndome que no podía seguir, que no había podido correr ni diez metros seguidos. Yo creía que aún podía. Por si sus sensaciones eran equivocadas le dije que debía agotar la media hora larga que quedaba hasta el cierre de control, que estirara, que se pusiera hielo, que pasara al puesto médico para que le pudieran ayudar. Le dije que si yo arriba estaba helado, después de tanto tiempo parado a la intemperie (el avituallamiento no era cerrado) ahora estaba absolutamente congelado. Conociendo su competitividad, quise darle de nuevo un motivo para seguir: Salir yo antes para que tuviera que alcanzarme. Le dije que en cuanto saliese me mandara un mensaje para esperarle en el siguiente punto de control al final de la siguiente subida o en el próximo avituallamiento, 9 kilómetros después. Me dijo que lo haría así. Salí de allí temiendo lo peor, pero confiando en Jorge –como siempre- y en la suerte.

No quería pensar en nada, no quería taladrarme la cabeza imaginando lo peor. Así que salí de allí a buen ritmo tratando de olvidarme de todo. Tanto que me olvidé de rellenar el agua. Después de haber estado allí sin hacer nada, me fui con los depósitos vacíos. Media vuelta. Cuando volví ya no vi a Jorge, estaba en la enfermería. Di media vuelta y empecé a correr. Pronto llegaría la subida. Empecé a adelantar. Para no pensar todo mi afán era contar la gente que superaba. Uno, dos, tres… hasta setenta y cinco. Y si alguien me adelantaba descontaría uno.
Por aquí tendría que venir Jorge...
Al llegar arriba no quise mirar el móvil. Ahora tocaba bajar hasta el próximo avituallamiento. Otra vez a contar. Uno, dos, tres… hasta cincuenta y uno. En total más de 125 adelantamientos netos (no me adelantaría ninguno en la subida y no más de cinco personas en la bajada)

Allí miré el móvil. Había un SMS. La inflamación era importante y los médicos le decían que no debía seguir.

¡Joder! Era previsible viendo como bajaba, pero no quería que fuese verdad.

El puto SMS era un jarro de agua fría. Jorge, igual que Manu y yo, tenía mucha ilusión por superar el reto, por recorrer todos los kilómetros por Beatriz, por vivir una aventura y, de pronto, todo se venía abajo.

Ahora, en frío, todo tiene su explicación. Varias horas de lluvia sin parar, el suelo lleno de barro y las pendientes negativas como pistas de patinaje hicieron que nuestras pisadas se hicieran inestables, que cada apoyo fuera un esfuerzo extra para corregir los desplazamientos que se producían por el barro y la lluvia. Además, los pies de Jorge se llenaron de ampollas por el roce y la humedad. Todo ello fue sobrecargando su rodilla hasta que ya no pudo más.

Tenía que sentarme en aquel avituallamiento para tratar de poner en orden en mi cabeza. Estoy seguro de que la mitad o más de los que había pasado antes me volvieron a adelantar en aquel sitio.

Menudo contraste. Uno de los avituallamientos más bonitos, con un paisaje espectacular, un sol radiante, hasta un coro poniendo el vello de punta con sus voces en aquel lugar de ensueño a más de dos mil metros de altura y a solo cuatro kilómetros del ecuador de la carrera, en Courmayeur, “base de vida” donde podríamos cambiarnos de ropa, comer algo, reponer fuerzas y seguir.

¡Y no estaba Jorge!

Tenía que seguir, había que terminar aquello, antes solo por Beatriz. Ahora también por Jorge. ¡Qué cojones!

Así que salí de allí diciéndome que tenía que conseguirlo, que tenía que terminar como fuera. Traté de ir aumentando el ritmo para coger a Manu que iba por delante. Lástima que Manu creyese que los que íbamos delante éramos nosotros y también apretase para alcanzarnos.

Me esperaban muchos kilómetros en soledad, pero en muy poco tiempo llegaría otro de los momentos que me servirán para el futuro.

El retraso acumulado me haría llegar a Courmayeur con poco tiempo. Me cambié de ropa, me puse protección solar, repuse cosas de la mochila y comí menos de lo que debí. No tenía tiempo. Salí solo cinco minutos antes del cierre de control. Anne, la novia de Manu, me dijo que éste había salido unos 35 minutos antes que yo.

Ahora había que subir, pero esta subida se atragantó, comenzaban a adelantarme y me faltaban las fuerzas. Suerte que me di cuenta de que todo tenía que ver con la gasolina. Me paré a la sombra de un árbol, me tomé un gel de carbohidratos y unos cuantos orejones (albaricoques secos) que me pusieron en órbita al poco tiempo. Desde ese momento, no hubo más momentos malos desde un punto de vista físico.

Solo me quedaba pasar algún mal momento psicológico.

Era de noche, la segunda noche, no sé siquiera por dónde iba exactamente. De pronto mi tobillo derecho se tuerce en una zona de piedras y raíces. El dolor es como siempre, fino e intenso. Tengo que seguir. Tengo que pisar con decisión. Pero el tobillo vuelve a fallar. Ahora tengo que ir despacio. Unos minutos antes me había acoplado a un grupillo para no ir solo de noche por aquel enorme bosque. Ya sabéis que no soy lo que se dice un valiente al caer la noche. Pero me tenía que descolgar. Otra vez solo, con el tobillo recién torcido. Pensé en Jorge, en Beatriz. En todos los que me estarían esperando en la meta al día siguiente. Incluso pensé en los articulillos que habían salido en prensa, en las entrevistas en las televisiones locales, en la radio. “Tanto para esto”- pensé. Vi el reto en peligro durante un instante. Aquello no podía pasar.

Así que tuve que parar, pensar y, después, actuar. Había que vendar, si no, el tobillo volvería a fallar. Comenzaba a notarse el edema bajo el tobillo, había fibras rotas. Saqué una venda tubular de esas que se ajustan y doblan sobre sí mismas para aumentar la presión que nos había dado nuestro amigo Ricardo, médico. Solo hicieron falta dos vueltas para notar una presión importante en el tobillo. Ahora debía pisar con la mayor naturalidad que pudiera, concentrándome en pisar correctamente. Y debía confiar en la suerte. Y la tuve. Quizá desde ese lugar y hasta pasados tres o cuatro kilómetros el piso fue el que mejor recuerdo de toda la carrera, incluso con algún tramo de asfalto y todo en subida. El tobillo se encontraba cada vez mejor y más seguro. Yo también.

Escollo superado.

Todo lo que quedaba era bueno. Tenía que serlo.

Y lo fue. En Champex-Lac, kilómetro 122, encontré a Manu. Yo había ido aumentando el ritmo cuando podía, pensando en alcanzarle. Él había parado allí con la intención de esperarme sabiendo ya que yo iba detrás.
¡Por fin juntos!
Las caras de locos debían ser por el sueño que teníamos.
O es que estamos locos...
Fue como encontrar un salvavidas, una niñera simpática y cariñosa, un hermano mayor, un amigo para disfrutar en compañía lo que quedaba de aquello.

Además, llegaba la media noche y el sueño comenzaba a hacer mella, tanto que hasta nos hizo ver cosas que no existían (yo ratas cruzando el camino y preciosos tigres tallados y pintados en la roca; Manu, casas que indicaban que llegábamos a un punto de control o pancartas rojas blancas que nos marcaban el final de una bajada horrible)

Pasamos momento jodidos, por el sueño después de más de 30 horas en marcha, porque se te cierran los ojos, porque no dejas de dar puntapiés a las piedras, porque de pronto te das cuenta de que a tu izquierda hay cadenas sujetas a la roca para agarrarte y no caerte por un precipicio que hay a tu derecha y que no habías visto, porque casi no hablas y lo poco que dices son simplemente monosílabos de afirmación o negación.

Pero también pasamos momentos muy buenos, pensando y verbalizando lo que estábamos haciendo, riéndonos de nosotros mismos, de las costaladas que nos dimos sin mayores consecuencias (salvo algún raspón, moratón o dolor los días posteriores), adelantando a gente que –por apariencia- debía ir mejor que nosotros, o viendo como Manu –el que dice que no sabe bajar- tomaba la iniciativa en los descensos como alma que lleva el diablo, obligándome a vocearle desde atrás diciendo “me llevas loco, Manu, me vas a matar”.

También suponía un alivio ver a Anne en los avituallamientos o a falta de pocos kilómetros cuando ya solo quedaba bajar hasta Chamonix.

Y llegar a Chamonix, después de 45 horas de aventura, sintiéndote aún fuerte, enorme, duro, con suerte. 

Encarar las primeras calles del pueblo y oír los gritos de la gente animándote por tu nombre, aplaudiéndote, dando la impresión de que te animan de verdad, porque saben lo que has hecho y lo duro que ha debido ser. Es simplemente impresionante.

Ver a los tuyos en los últimos metros es ya indescriptible, emocionante.

Poder correr los últimos metros llevando de la mano a Paula y Carmen, mi hija y la hija de mi mejor amigo de toda la vida, es algo que no tiene precio. Marisol corría también a mi derecha, algo más separada, de forma discreta, sin salir en la foto, como es ella, pero estando ahí, como siempre, sin condiciones.

Quizá haya sido ese momento uno de los momentos más emocionantes de mi vida. No sé decir por qué, pero –al contrario de lo que suele sucederme- me emocioné y mucho. 

El abrazo en meta con Jorge fue brutal, de esos abrazos que se sienten dentro. Yo le quería decir que si eso no era aún mejor era únicamente porque él no había ido conmigo físicamente –en lo emocional fue siempre a mi lado- y yo entendía de su abrazo que se alegraba tanto por mí como si hubiera sido él el que cruzaba la meta. Pero no nos dijimos nada con palabras, solo nos abrazamos.



¡ULTRA TRAIL DU MONT BLANC TERMINADO!

Con nuestro trofeo
Ya solo me quedaba una sorpresa alucinante.

Al día siguiente, Manu y yo con nuestros chalecos de finishers
Todo sucedía al día siguiente. Me quería echar un rato la siesta para recuperar, pero conecté el Wifi del apartamento. De pronto comencé a comprobar con mis propios ojos la cantidad de mensajes, WhatsApps, publicaciones en Facebook y Twitter  que se mandaron con motivo de nuestra participación en la prueba. En carrera no llevaba conectados los datos para que me durara la batería del teléfono, además de que cuesta una pasta tener datos en “Extrangia” si eres usuario de la telefonía móvil en Españistán. Había que apañarse con el Wi-Fi.

Jamás pude pensar que nuestra participación en el UTMB pudiera tener tanto seguimiento por parte de tantos y tantos familiares y amigos.

Estuve más de tres horas y media leyendo en el teléfono lo que vosotros habías mandado o publicado. Me reía, me emocionaba, alucinaba con el control de la carrera que se había hecho a través de los mensajes automáticos que se enviaban a Facebook cuando pasábamos por un punto de control. Sin duda, toda esa energía positiva se encauzó de algún modo y me llegó. Si no, no resultaría posible que durante toda la carrera fuera pensando que podía terminar, que seguía fuerte y que yo acabaría con el Mont Blanc y no el Mont Blanc conmigo.

Muchas gracias a todos por todo. Disculpas si no contesté alguna llamada o algún mensaje. Traté de dar “me gusta” a todos vuestros comentarios en Facebook para deciros, simplemente, que había visto vuestro mensaje, que me había llegado. 

De entre todos los mensajes, me emocionó especialmente el VIDEO DE BEATRIZ en el que se le saltaban las lágrimas cuando nos daba las gracias por todos los kilómetros que habíamos recorrido por ella. ¡Sin palabras!

Beatriz, tú te mereces eso y mucho más

Por esto también estamos muy contentos. Gracias a la repercusión que ha tenido todo esto, hemos echado una manita a Beatriz recaudando fondos y haciendo su historia un poco más visible. Además, esto no ha terminado, seguimos "vendiendo" kilómetros hasta final de año. Así que no tienes escusa. !Compra¡ Aquí tienes todo lo necesario para hacerlo.

Estoy, como casi siempre, feliz, pero ahora tengo algún motivo más pare estarlo.

Nos vemos corriendo por el campo.

19 ago 2014

III Carrera Popular por el Campo VILLA FERNÁN CABALLERO

Otro año más - y van tres- tendrá lugar la Carrera Popular por el Campo "Villa Fernán Caballero" que con tanto esmero prepara nuestro amigo y presidente del club de fans de CxC, Santi de la O (y Mora, por su santa madre, la Sra. Paquita).


Será este sábado (23 de agosto) y son 100 los dorsales que se ponen a disposición de quienes quieran pasar un buen rato dando un paso detrás de otro saliendo de la plaza del pueblo de Fernán Caballero para dirigirse hacia las sierras más cercanas, pasar de refilón por la de "El Gigante" y atravesar, subiendo un bonito cortafuegos, la de "El Perro", para finalmente regresar al pueblo rodeando el pantano de Gasset y utilizando su "vía verde".

Se pisará algo de asfalto al salir del pueblo y al regresar por la vía verde, caminos de tierra, sendas... Se subirán y bajaran cortafuegos, atravesaremos una pedriza... Un poco de todo. Lo importante para la organización (la sección de deportes del Ayuntamiento de Fernán Caballero, con Santi a la cabeza) es mostrar el entorno y potenciar el deporte por la zona. CorriendoporelCampo, como en años anteriores, se encarga de diseñar el circuito y balizarlo. 

Para nosotros, lo importante es que la gente lo pase bien corriendo por el campo, que se "inicie" en lo del trail, que le coja el gustillo a lo "natural" y que, en definitiva, viva algo de lo que nosotros vivimos a menudo. 

Y por si todo esto fuera poco, la inscripción es gratuita, dispone de tres avituallamientos líquidos, uno de ellos también sólido (con fruta fresca) más el de meta (líquido y sólido)

La entrega de trofeos se realizará en la piscina (la inscripción gratuita también incluye duchas y un baño en la piscina municipal) donde también podremos tomar unas cervecitas (éstas ya por cuenta de cada uno) para cerrar la jornada. 

Si queréis saber cómo es exactamente el recorrido podéis verlo pinchando AQUÍ para acudir al enlace de wikiloc, donde también encontraréis una breve explicación del recorrido por tramos.

Si queréis más información podéis verla en el "evento" creado en facebook (o pinchando AQUÍ)

Y, como sabemos que querréis inscribiros, mandad todos vuestros datos personales (o rellenad el formulario que hay más abajo) y enviarlo por correo electrónico a deportefcaballero@hotmail.com

7 ago 2014

Un fin de semana a la carrera: El Escorial - Cercedilla - Puerto de Navacerrada - Miraflores de la Sierra


Este fin de semana ha sido la rehostia. Así, sin paliativos.

MANU (nuestro CxC más heavy-metal) quiso que nos diéramos un largo paseo por la sierra madrileña a modo de entrenamiento, aperitivo o ensayo general antes del lío del Mont Blanc

Y nosotros, que somos de personalidad débil, dijimos que sí a la primera. 

JORGE y yo teníamos que ir para acompasar ritmos, limar asperezas atléticas con determinadas partes de nuestra anatomía y comprobar si estamos haciendo bien las pocas cosas que hacemos de cara al UTMB.

LUIS tenía que venir porque le encanta recorrer nuevas rutas y, además, porque una de las programadas sería la de la CUERDA LARGA, una de ésas que se le meten en la cabeza manteniéndolo en vilo hasta que consigue hacerla. Una "luisada", vamos.

RAMÓN necesitaba, por fin, reencontrarse con los miembros "originales" de CxC después de un tiempo "desaparecido" y los miembros "originales" necesitaban al muchacho de los enormes gemelos trillizos para meterlo en vereda y mantener el grupo compacto y bien peinado.

Los demás no podían venir. Ellos pasarían envidia y nosotros los echaríamos de menos.

Por otra parte, Manu había invitado a más amigos. A MARIAN, una corredora del "Tierra Trágame", una "Woman WindXtrem", de las que da gusto ver subir como una "cabrilla" por los sitios más escarpados y bajar como flotando entre las piedras como si no le costase en absoluto. Y Marian había traído a ALBERTO para que nos acompañara el primer día, un neófito en lo de correr por la montaña, pero todo un experto biciclista de "enduro" (de esos que da miedo ver cuando se tiran monte abajo como si no tuvieran frenos, ni mujer que dejar viuda).

El segundo día, vendría JAVIER, otro amigo de Manu que se está adentrando en las distancias más largas por la montaña.

Jorge, Luis y yo llegaríamos a Madrid el jueves por la noche. Así no tendríamos que madrugar tanto. Risas, chascarrillos de los de siempre y unas hamburguesas riquísimas en "Alfredo´s Barbacoa", regadas con tres medios litros de cerveza fresquita y un gin-tónic después en "The Red Lion" que nos pillaba de paso antes de dormir. 

De los excesos nos acordaríamos al día siguiente... Y menos mal que no me dejaron pedir el "lomo alto de cebón 500 g"... 

01/08/2014: El Escorial - Cercedilla: 50 km. 2.250 m. D+

El viernes temprano llegábamos a Miraflores de la Sierra (lugar donde terminaríamos la última etapa) para dejar nuestro coche allí y subirnos en el de Manu hasta Cercedilla para encontrarnos con Marian y Alberto y allí coger un tren que nos llevara a El Escorial, inicio de la aventura del fin de semana.

Llegamos cinco minutos tarde, perdimos el tren y trastocamos absolutamente los planes del día. Ahora tendríamos que ir en coche a El Escorial. Las caras de Marian y Alberto no podían ser más explícitas. Nos querían matar, aunque su educación les obligó a forzar la sonrisa y decir "no pasa nada". Veían por primera vez a los CxC y eso impresiona (desde un punto de vista negativo, claro)

Empezamos la ruta y, sin saber muy bien por qué (no nos acordábamos de las cervezas, ni del gin-tónic) Luis y yo comenzamos a sudar de lo lindo nada más echar a andar. Los demás iban subiendo normalmente y nosotros echábamos el higadillo a cada zancada. En el km. 3 tuvimos que decir a los demás que siguieran, que nosotros subiríamos más despacio. Luis comenzaba a ponerse blanco y yo, aunque no me veía, me notaba amarillo limón, tirando a azul cadáver. Luis comenzó a vomitar hasta la primera papilla que tomó de niño. Yo no quería vomitar, pero me mareaba. Él dijo que se "rajaba", que se iba al coche. ¡No llevábamos ni 4 km.! Yo notaba que me moría a rajas, pero si lo decía tendríamos que irnos los dos, así que puse cara de hermano mayor y dije: "Luis, hazme caso. Vamos a parar un poco. Yo me quedo contigo (como si me estuviera sacrificando, cuando en realidad no tenía fuerzas ni para dar un paso más). Comemos algo y seguimos". Luis dejó su mente en blanco y se entregó, poniéndose en modo "dime-lo-que-tengo-que-hacer,-que-yo-lo-hago".

En cinco minutos estábamos subiendo otra vez con más pena que gloria. A partir de ese momento todo fue a mejor. Subimos unos 700 metros de desnivel positivo y, una vez arriba, las cosas empezaron a verse de otra forma...
No es que Luis sea un "montaje" es que estaba desorientado
Hasta que nos perdimos y nos volvimos a perder y subimos y bajamos y volvimos a subir... Toda una aventura en la que lo pasamos en grande.
El hombre que "sus robaba" los caballos
Vimos caballos, refugios de montaña, un búnker... Así hasta que llegamos al Puerto de Guadarrama y su asador El Alto del León, donde repusimos fuerzas para seguir hasta nuestro destino: Cercedilla.
Al lado del búnker
Marian y Alberto, que al adelantarse un poco no se habían perdido y habían hecho menos km que nosotros, decidieron alargar un poco más y pasar por la Peñota para ir a Cercedilla. Así les saldrían unos 36-39 km.

Nosotros teníamos que seguir el GR 10, después un ramal señalado con marcas verdes y, posteriormente, el PR 30 que nos llevaría directamente a Cercedilla. Sin embargo, nos dio por perdernos otra vez y empezamos a subir, como si no costara, hasta que nos dimos cuenta de que íbamos camino de La Peñota. Así que tuvimos que desandar lo andado y bajar lo que habíamos subido hasta encontrar el ramal correcto y dirigirnos hasta nuestro destino. 

Al final, después de los despuéses, 50 km y unos 2.250 m D+ para nuestras piernas que, aunque algo cansadas, habían respondido a la perfección a pesar incluso de que las de Luis y las mías creyeron morir a solo cuatro kilómetros de empezar. 
Ya en Cercedilla, recién llegados.
Al llegar nos esperaba Ramón (Oh, Lidl) que nos pidió una cervezas fresquitas y unas tapas para que esperáramos a que llegaran Marian y Alberto. Mientras, mirábamos el cielo gris sobre nuestras cabezas. Eran las nueve y no nos apetecía dormir al raso por si nos pillaba la lluvia que ya hizo acto de presencia cuando estábamos perdidos. Finalmente, Marian, Alberto y Ramón harían vivac en las Dehesas de Cercedilla y nosotros cuatro (Luis, Manu, Jorge y yo) estiraríamos las patas en el Hostal Longinos El Aribel, un hostalito muy majo, limpito y a buen precio justo al lado de la estación. 

Había que cenar. Ramón tendría que acercar a los que tenían el coche en El Escorial (Manu y Marian) y Alberto iría a buscar sitio para hacer vivac. Pero teníamos hambre, mucha hambre.

Así que sin ducharnos, con un simple cambio de camiseta y con la ayuda de las toallitas húmedas nos aseamos lo que pudimos para entrar en el  Restaurante Cambalache, un italiano que nos había recomendado un señor del pueblo. Al principio, cuando nos vieron llegar nos quisieron "colocar" en la calle, a lo que nos negamos. Nos acomodaron en la zona interior y nos sirvieron una rica cena, aunque no lo suficientemente abundante para el hambre que llevábamos. 
Esperando la cena. Y los dedicos de Luis...
La cosa se alargó y, entre pitos y flautas, debimos estar allí unas dos horas y media. Entre tanto, el bueno de Alberto ¡Dios Santo! casi nos arruina la noche (por no decir la vida) cuando nos dijo que comer jamón en una prueba deportiva era poco menos que "cagarla". No, joder, no... Eso no se hace en presencia de Jorge... Por un momento creí que Alberto moriría estrangulado. Menos mal que Jorge, a pesar de su amoralidad extrema, es un hombre respetuoso (bueno, eso y que estaba enfrascado en sus tortellini con salmón como un perrete hambriento y no hacía caso a nadie). La verdad es que echamos unas risas entre todos y lo pasamos en grande en un sitio agradable y con una comida bastante rica.

02/08/2014: Cercedilla - Puerto de Navacerrada. 23 km. 1400 m. D+

El día anterior habíamos hecho más kilómetros de la cuenta, así que el segundo día haríamos menos de lo previsto.

Comenzamos la jornada en Casa Cirilo, dónde estaban los que habían dormido al raso -Marian y Ramón- y Javier, que se incorporaría al grupo en esa jornada. Alberto se había marchado a pegarse un tute de campeonato en bici después de su estreno en lo de correr por montaña.

Antes de salir cargamos pilas con un bocadillo de tortilla francesa con jamón que nos supo a gloria, lo que nos proporcionó fuerzas y ánimos suficientes para ascender por la senda borbónica hasta llegar al puerto de la Fuenfría. Desde allí, bajamos por el arrastradero de troncos, haciendo en camino inverso del Gran Trail de Peñalara (GTP), lo que nos encantó al poder comprobar lo bonito que era ese mismo lugar que un año antes nos hizo resoplar cuando llevábamos unos 90 km en las patas. Después enlazamos con el GR. 10.1, llaneamos a buen ritmo entre bosques preciosos con una temperatura ideal hasta llegar al Puente de la Cantina, donde encontramos a un corredor herido al que tuvimos que auxiliar, utilizando por primera vez el betadine de mi botiquín (parece que jamás va a utilizarse, pero cuando pasa algo debe estar ahí).
Entra la Fuenfría y el puente de la Cantina
Después comenzamos a ascender sin parar hasta el Puerto de Cotos, donde hicimos una parada técnica en la famosa Venta Marcelino para echar una cervecita con limón y comer algo antes de seguir el ascenso por la Senda del Noruego hasta el Alto de Guarramillas, también conocido como Bola del Mundo.
Reponiendo electrolitos en Venta Marcelino
Servidora, Jorge, Ramón, Marian -en holograma- y Javier
Las piernas seguían frescas y fuertes, lo que nos hacía sonreír y pensar que no estábamos tal mal como nuestros cuerpos pueden aparentar.
Jorge, Ramón y Marian llegando a la Bola del Mundo
Una vez arriba, estuvimos moneando un rato, haciendo fotos y riéndonos como si no hubiéramos corrido en toda la mañana. 
La "escuadra" de Marian
El "trípode" de Ramón
La "cucaracha" de Manu 
Desde allí, Marian se puso al frente (una vez más) y nos llevó en un periquete hasta abajo en un frenético descenso "a cholón" por la pista de esquí. Cuando tocamos el cemento, miramos arriba buscando a Manu que se había quedado atrás. No se veía. Ni por la pista de esquí, ni por la que va haciendo eses, ni por la de cemento... Había desaparecido. Teníamos que verlo y no aparecía. Yo ya comenzaba a ver las zonas oscuras como si fueran el cuerpo de Manu -vestido de negro- tirado en el monte... Preocupados, Jorge y yo comenzamos a subir para ir en su busca, hasta que el muy desgraciao nos llamó desde abajo para preguntarnos cuándo llegábamos. Había cogido un camino mucho más suave para llegar a abajo, dándole tiempo a bajar mientras nosotros pensábamos qué haríamos con su cuerpo... ¡La madre que lo parió!

Al final nos salieron 23 km y 1400 metros D+

Ya todos juntos, menos Javi, que había quedado con su contraria, nos dirigimos a Venta Arias para reponer convenientemente las calorías perdidas. Albóndigas para Marian, bocadillo de lomo para Ramón, bocadillo de morcilla (y menuda morcilla) para Manu y judiones de la Granja para Jorge, para Luis y para mí.

Obsérvese el tamaño anormal de la morcilla comparado con el tamaño normal del reloj
Pronto estaríamos en el Albergue de Peñalara (antes incluso de que vinieran a abrirnos), echándonos en la misma puerta una mini-siesta que nos recompuso totalmente.

Cuerpas al sol en la puerta del albergue de Peñalara
Solo estábamos alojados nosotros. Nos instalamos, nos duchamos y nos fuimos al río a meter las piernas en el agua helada lo que nos dejó como nuevos para el siguiente día. 
Crioterapia barata
A las 20:30 comenzábamos a cenar en el Albergue una ensalada "con de to" y una estupenda ración de lasaña casera riquísima, pan, agua y postre lácteo de chocolate.

Antes de las 22:00 horas, con algo de luz entrando por la ventana, estábamos encamados y más anchos que largos.

03/08/2014: Puerto de Navacerrada-Miraflores de la Sierra: 28 km. 1000 m. D+

Domingo, 8:00 de la mañana. Desayuno en el Albergue de Peñalara. Pan, mantequilla, mermelada, bollería, galletas, café, cola-cao, leche... y al campo.

El principio fue matador. Había que subir los 400 metros de desnivel hasta Bola del Mundo (2.265 msnm) del tirón y sin calentar. Hacía frío y viento, pero allí comenzaba la ruta de la Cuerda Larga, la que tanto tiempo había querido hacer Luis.
Las antenas de Bola del Mundo
La ruta es una maravilla, de esas que te hacen sentir que estás en la montaña, sobre todo a nosotros que lo más alto que subimos es a 1300 msnm. 

El día estaba nublado y casi no nos dejaba ver lo impresionante del paisaje a ambos lados de la cuerda. En cuanto abría por algún lado, alguien decía: "¡Mira, mira, mira! ¡Qué bonito! ¡Impresionante!"
Qué bonita estampa, sino fuera por los CxC´s
Destrepando como si nada...
Manu nos iba explicando por dónde íbamos pasando (cerro de Valdemarín, Cabeza de Hierro Menor, Cabeza de Hierro Mayor, collado de las Zorras, Navahondilla, Bailanderos, collado de la Najarra) y qué teníamos a nuestro alrededor (la Pedriza a nuestra derecha se veía preciosa).

Entre tanto disfrute, también hubo tiempo para hacernos fotos, reirnos, comer, beber y (a pesar de su ineficacia en la reparación muscular inmediata) comer un jamón que nos supo a gloria.
Paradita para comer algo
Alegres y ufanos
Un "planking"
Un "saco de patatas"
Luis, al fondo, confundiéndose con el vértice geodésico
Una vez en el collado de la Najarra descendimos por un sendero muy disfrutón hasta el Puerto de la Morcuera, tanto que Ramón se despistó un poco, torciéndose el tobillo y dando con sus huesos en el suelo, rompiéndose las mallas un pelín e hiriéndose el orgullo más que el cuerpo.

Al llegar a la Morcura nos acordamos del avituallamiento del GTP del año pasado. Llegábamos allí al amanecer. Nos acordamos de la calurosa y cariñosa recepción por parte de Mercedes Rita Pels en el avituallamiento, de que a Jorge se le calló el jamón al suelo (lo que no impidió que nos lo comiéramos)... de momentos que se quedan grabados en la memoria de una prueba ultra con independencia de que puedan situarse con precisión en el mapa.

Ya solo quedaba bajar y bajar; primero por un sendero y después por pistas para evitar que el tobillo de Ramón volviera a fallar. Afortunadamente, nos seguíamos sintiendo enteros y fuertes (incluso un poco guapetes).

Pronto estábamos en Miraflores de la Sierra, fin de la etapa y de la aventura del fin de semana. 

Buscamos la parada del bus que llevaría a Manu hasta el Puerto de Navacerrada para recoger su coche. Allí mismo encontramos una fuente en la que metimos los pinreles para gozo y disfrute de éstos y del resto del cuerpo. Justo en frente había una pizzería, lo que nos facilitaba la labor de reponer fuerzas. 
Con los pies en remojo
Tres pizzas familiares (cuatro quesos, jamón y de no sé que con pimientos) para los seis, coca-colas y cervezas. 

El pobre Manu tuvo que coger el autobús antes de que salieran las pizzas, así que tuvimos que llevarle su parte a Casa Cirilo, donde estaba el coche de Marian y el de Ramón para distribuir equipajes y marcharnos cada uno a nuestra casa.

Gracias a Manu -al hambriento Manu en aquellos momentos- había transcurrido un fin de semana de los de recordar durante toda la vida, unos días de correr por el campo sin otro objetivo que disfrutar, con amigos, sin pretensiones, salvo la de llegar allí arriba o a la parte de aquel monte que se ve a lo lejos.

Ahora solo queda que pasen unos días hasta que llegue el 29 de agosto para enfrentarnos al que seguramente se convertirá en nuestro amigo, el Mont Blanc, con independencia de que nos ponga más o menos resistencia para ello. Haremos lo posible por conquistarlo con las armas que tenemos. No son muchas, pero son las nuestras: paciencia, constancia y humor para enfrentar los momentos duros -que sin duda llegarán- y para disfrutar de los buenos, esos que, al final, son los que quedan mejor grabados en nuestra memoria.






21 jul 2014

Peñalara 2014. TP80

 
Han pasado ya tres semanas desde que corrimos el TP80, demasiado tiempo para hacer aquí una crónica o algo parecido. Tampoco es mala cosa porque normalmente suelen ser bastante soporíferas. Así que me voy a limitar a poner algunas fotos y a decir un par de cosas sobre la carrera.
 
Lo mejor del fin de semana fue, sin duda, coincidir con nuestro amigo Ricardo para correr juntos el TP80, una distancia que ni habíamos soñado alcanzar hace aproximadamente un año, cuando hicimos con Jorge la MiM en Castellón. Además de para otras muchas cosas, las carreras sirven para volver a reunir a los amigos.

Pues eso

Antes de echarnos al monte
Del trazado de la carrera ya conocía la parte que es común con el GTP y con el antiguo TP60, que es una maravilla, sobre todo para los que venimos del llano. La parte nueva, Miraflores-La Najarra-Morcuera-Rascafría, es también muy bonita. Sobre todo la subida a La Najarra y la cuerda hasta llegar a La Morcuera. La bajada pistera desde ahí a Rascafría, muy poco después de comenzar, es, la verdad, un poco rara, y sólo se entiende porque al parecer no lograron permisos para hacer otro trazado.
 
Caballitos bajando a Rascafría
Ya voy más cansado que un perro

Cresta de Claveles

Laguna de los Pájaros y Pájaro Lagunero
 
Una cosa que salió bien fue la adaptación a la lluvia y al frio. Mientras subía a la Fuenfría se me hizo de noche, empezó a llover y las temperaturas bajaron mucho. Pero mucho. En ese momento se me pasaron para siempre las ganas de quejarme por las listas de material obligatorio. Menos mal que esta es una carrera seria y que yo también me lo tomé así: si en lugar del chubasquero bueno llego a tener el poncho de coña de la tienda de abajo (como los dos años anteriores) me hubiera tenido que retirar…de haber logrado terminar el camino Schmidt con la camiseta empapada. A partir de ahora nada de bromas con esto. Ni que decir tiene que me acordé de mis compañeros UTMBitas.

Helechos junto al Eresma

Aquí, justo antes de pasar más frio que en Ávila

Con mi pacer.
Hasta La Granja hice la carrera con Ricardo. A partir de allí seguí solo y las sensaciones de los últimos 30 no pudieron ser mejores. Troté todo lo que era posible correr y adelanté a decenas de corredores (TP80 y GTP). Adelantar no es el objetivo de una carrera en la que lo único que yo puedo pedir es llegar a meta, pero ver cómo te vas acercando a gente para terminar superándoles te llena de fuerza. No todo fue bueno: en Claveles me volví a sentir inseguro, bajando Peñalara el cansancio me la jugó impidiéndome apreciar bien la hora (por dos veces me equivoqué mirando el reloj y eso hizo que me equivocara con el tiempo de corte), bajando a La Granja me perdí dos veces en un kilómetro, etc. Pero el resultado final no pudo ser mejor. Llegué a meta corriendo los últimos 5 kms, con sensación de poder seguir trotando algunos más, después de haberme enfrentado de noche, lloviendo y sólo a un bosque de los de pasar miedo y a la bajada del emburriadero. Pues eso, que estoy más fuerte que el vinagre y hasta me han sacado en el video del GTP, será para hacer contraste con los cuerpos atléticos.
 
 
19 horacas de bestia

2 jul 2014

Jesús Carrasco, Intemperie, Seix Barral


Querido ultrarunner,
No seas animal y coge un libro. No todo va a ser dar patadas a las piedras. Ten en cuenta que cuando vayas por el kilómetro 46 y aún te falten otros tantos tu celebro necesitará alimento. Bueno, pues un libro es algo así como un power-shot pero con la diferencia de que te lo tomas antes de salir. Y además entretiene, así que son todo ventajas.
Siendo esto (como es) así, desde CxC -Sección disfruta y aprende- también recomendamos libros para personas como tú: gente despierta, dinámica y con ganas de convertirse en mejores personas. Y esta vez hasta nos hemos leído el libro antes. Va de un niño al que la vida le obliga a hacer un ultratrail con pinchos.
De la contraportada
Un niño escapado de casa escucha, agazapado en el fondo de su escondrijo, los gritos de los hombres que lo buscan. Cuando la partida pasa, lo que queda ante él es una llanura infinita y árida que deberá atravesar si quiere alejarse definitivamente de aquello que le ha hecho huir. Una noche, sus pasos se cruzan con los de un viejo cabrero y, a partir de ese momento, ya nada será igual para ninguno de los dos.
Intemperie narra la huida de un niño a través de un país castigado por la sequía y gobernado por la violencia. Un mundo cerrado, sin nombres ni fechas, en el que la moral ha escapado por el mismo sumidero por el que se ha ido el agua. En ese escenario, el niño, aún no del todo malogrado, tendrá la oportunidad de iniciarse en los dolorosos rudimentos del juicio o, por el contrario, de ejercer para siempre la violencia que ha mamado.
A través de arquetipos como el niño, el cabrero o el alguacil, Jesús Carrasco construye un relato duro, salpicado de momentos de gran lirismo. Una novela tallada palabra a palabra, donde la presencia de una naturaleza inclemente hilvana toda la historia hasta confundirse con la trama y en la que la dignidad del ser humano brota entre las grietas secas de la tierra con una fuerza inusitada.