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2 jul 2015

GTP: estrategias, experiencias, realidades.

Este año enfrentábamos el GTP con un no sé qué, que qué sé yo...


Nos inscribimos porque Luis, el Presi, se nos marcha a Guasintón por una temporada y le apetecía hacer los 110 (este año 115) km. de Peñalara para despedirse de las montañas patrias.
El Sr. Presidente y su señora esposa
Los demás le seguimos, pero cada uno a su aire, por distintos motivos.

Miguel Ángel y Guti también querían hacer allí su primera de más de 100 km del tirón, recordando lo bien que lo pasaron hace dos años cuando hicieron la de 60 km.

Manu, el filósofo jebi y experto ultrarunner, guiaría a Anne para que ésta también debutara en una gorda.

JAN se apuntó a la de los chupetines (TP60) para poder conocer Peñalara poco a poco y poder correr el año que viene la de los mayores. 

El Lidl correría también la pequeña porque, básicamente, le daba la gana, que para eso es el Lidl.

Jorge y yo sabíamos que teníamos que correrla cuando Luis dijo: "Yo este año voy a ir a hacer el GTP".

Así que, allí iríamos los CxCeses y aledaños (como Pelu y el Sr. Tocino) para echar unas horas por el monte y pasarlo lo mejor posible.
Algunos CxC y aledaños
También acudirían a la fiesta los Mineros (Abilio y Pablo) y los Quijotes (Toty y José Luis, acompañados de José Ángel). 
Abilio y Pablo
Guti, José Luis y José Ángel
Por si fuera poco, en lo más alto de la carrera (Pico Peñalara) estarían con jamón y cerveza los buenos de Pepe Moral (haciendo noche para ejercer como voluntario desde que llegaran los primeros corredores) y Nicco (el rugbier más símpático a este lado del Guadiana).
Abilio ensilando bajo la antenta mirada de Nicco
Pepe Moral, el más grande
Para rematar la faena, acudían más amigos de los que corren de verdad, como Gemma Arenas (a la postre vencedora femenina de la prueba ¡Y de qué forma!) y su marido Agustín.
Abilio y Gemma
¡Manchegos a cascoporro este año en el GTP!

Pero vamos a centrarnos en CxC, que si no, nos liamos.

Comencemos con las estrategias.  

Sabíamos que Manu y Anne irían a un ritmo que les permitiese pasar los controles, apretando un poco al principio para pasar los primeros al ser los más exigentes (quizá demasiado para los del final del pelotón popular) y disfrutar durante el resto para poder llegar cuanto más lejos mejor y tratar de terminar. 

Guti se iría con los Quijotes, con los que llevaba entrenando duro durante los últimos meses, tratando de alcanzar el mejor momento de forma. Haría la guerra por su cuenta en su primera carrera larga, pero iría acompañado por quienes tenían experiencia suficiente en esto de correr largo por montaña.

Ramón, siendo el puto Lidl, haría lo que hace siempre: lo que le sale del níspero, porque puede y porque quiere. 60 km para él, a pesar de no estar ahora mismo en su mejor momento de forma, en principio no suponen gran cosa.

La estrategia del resto se puso encima de la mesa unos días antes, delante de unas cervezas, como podréis suponer...

Luis se uniría a Manu y Anne, al menos durante la primera parte de la carrera para después ver qué debía hacer en función de sus fuerzas. 

JAN acudiría por primera vez a Peñalara y lo hacía desconociendo todo lo que se iba a encontrar en los 65 km que tenía por delante. A pesar de que le dijimos cómo era el terreno, dónde se podía correr y cuáles eran los puntos claves, él solo decía que le imponía mucho respeto. Que iría "despacico y con buena letra". También podría acoplarse con Pelu y Tocino, que han entrenado con nosotros en algunas ocasiones y también eran novatos. Así podrían ayudarse entre los tres.

Yo ya había comentado con Jorge mi decisión en algún entreno y parecíamos estar en sintonía. Iríamos a nuestro ritmo, sin arriesgar, pero sin dormirnos, tratando de disfrutar al máximo de la prueba. Nos conocemos, sabemos cómo estamos con solo vernos la cara, el ritmo que llevamos y que nuestras fuerzas suelen estar equilibradas, sin perjuicio de que en una carrera tan larga pasan mil cosas y hay momentos para todo. Yo no quería frenar a nadie, ni ir marcando un ritmo a nadie porque no estoy completamente seguro de que ese sea el ritmo adecuado. Traté de explicarlo de la mejor forma posible, pero no lo conseguí. 

Miguel puso mala cara y pensó que le estaba diciendo que nosotros iríamos a nuestra bola y que él fuera a la suya. Aguantó estoicamente mi ataque de sinceridad y nos dijo muy serio que ya sabíamos que él jamás había puesto ningún problema en una carrera por los ritmos y que sabíamos perfectamente lo que iba a hacer durante toda la carrera, que iría con nosotros. Le respondí que yo no sabía lo que él haría en esa carrera porque ni siquiera él lo sabía. Así de duro, así de descarnado y de capullo soy en ocasiones (bueno, espero que solo en ocasiones). 

Al final, aquello quedó en una anécdota. Miguel es muy buena gente y, al final, entendiéndome o no, decidió tomarlo por el lado positivo. "Yo iré con vosotros" - terminó diciendo con un gesto serio.

Pero, lejos de ser una simple anécdota, quizá sean éstas las claves de una carrera larga por montaña: la estrategia personal, la adaptación de ésta a la realidad del día de la carrera (a las sensaciones, a la climatología, al estado físico y anímico, al terreno...) gracias, todo ello, a las experiencias vividas en otras carreras.

Solemos decir que la mitad de estas pruebas de resistencia son cabeza. Quizá sea eso lo que quiero decir. Que la cabeza debe analizar multitud de situaciones y sensaciones muy distintas para poder gestionar de la mejor manera posible el esfuerzo necesario para poder completar el recorrido. 

Quizá sea necesario pasarlo mal, tener sensaciones muy malas y, en definitiva, sufrir física y mentalmente para poder comprobar cómo reacciona nuestro cuerpo y nuestra cabeza ante ello. O para poder saber qué es lo que "vivimos" para así poder decidir qué tipo de carreras queremos correr. 

Quizá solo así podremos comprobar que el cuerpo y la mente tienen una capacidad de adaptación y recuperación asombrosas. Esa experiencia es la que utilizaremos después para gestionar tantas horas en movimiento, para saber qué nos va bien y qué nos va mal. 

El problema es que hay tantas situaciones posibles que uno jamás tiene la experiencia suficiente para no tomarse en serio una carrera de este tipo. Si estás atento, la carrera te podrá vencer, pero si te descuidas, te vapulea. 

Por eso pueden darse casos de gente absolutamente preparada que no es capaz de completar un tercio del recorrido en un momento determinado. O que teniendo las piernas perfectas se nos cierre el estómago y no podamos comer, lo que hace imposible avanzar cuando las fuerzas que proporciona el alimento desaparecen. O que nos lesionemos. O que la mente nos juegue una mala pasada y de al traste con la ilusión de llegar a meta.

Todo es posible en las carreras de larga distancia por la montaña. Tanto, que hasta un tipo como yo puede completar el Gran Trail de Peñalara, con sus más de 115 km de distancia unos 10.200 metros de desnivel en 24 horas y 31 minutos. 
La pulsera y la chaqueta conseguida al llegar a meta
Después de ello, cuando pasan tres días, recuerdas el asfixiante calor subiendo el reventón, ese sudor continuo que caía por tu cara como si tuvieras un grifo abierto sobre la cabeza, esas miradas de Miguel y de Jorge para ver si seguía detrás. Ese fue mi momento malo de la carrera. El resto fueron buenos, la mayoría muy buenos. No obstante, después, todo se suaviza y se moldea, adquiriendo en ocasiones un tono rosa suave que hace que todo lo ocurrido sea positivo. 

Recuerdo lo bien que lo pasé con Miguel y con Jorge durante los kilómetros que estuvimos juntos (más de 80). Recuerdo ir con ellos, mirar al cielo y verlo lleno de estrellas, echar la vista hacia atrás y ver cientos de luces subiendo la montaña después de nosotros. Recuerdo nuestro ánimo, nuestras risas, nuestras palabras de aliento cuando alguno quería flojear un poco. Recuerdo el piornal y el viento fresco de la montaña. Recuerdo los primeros rayos de sol subiendo a la Morcuera.

Recuerdo la alegría de ver a los demás CxCeses en mitad de la carrera. Recuerdo la alegría de ver a nuestras chicas en La Granja para animarnos y para consolar a los que allí se quedaban. Recuerdo mis trucos mientras iba solo subiendo el río eresma, haciéndole trampas a mi cabeza para que no pensara más que en avanzar. Recuerdo ir solo por el Camino Schmidt mientras se ocultaban los últimos rayos de sol y pensar que tenía mucha suerte de estar allí. Recuerdo un trozo de sandía en el Puerto de Navacerrada. Y el abrazo de Mercedes ("Pels") en el control de la Barranca y su invitación a dos chupitos de cerveza fresquita y unas gominolas. Y los últimos kilómetros corriendo como alma que lleva el diablo con Jorge ("Pardi"), de los Paquetes, hasta llegar a meta para encontrar allí un pueblo lleno de vida, con la gente en las terrazas aplaudiéndote, unos amigos emocionados más que tú al ver que ya llegas, a Marisol que sonríe como diciendo "ya te dije yo que llegarías" y a JAN tendiéndome un tercio helado de cerveza a la vez que me decía "qué huevos tienes, cabrón".










Gracias a todos mis amigos de CxC por todo lo bien que lo he pasado con ellos antes y durante esta carrera. Gracias a las "miembras" por estar ahí animando y sufriendo nuestros entrenos. Gracias a la comprensión de Marisol, a sus ánimos y a su apoyo incondicional. Gracias a la familia que siempre están pendientes de mí, pensando -de forma equivocada- que tienen un hijo o un hermano que hace cosas extraordinarias. Gracias a todos los voluntarios de la carrera.

Peñalara es un carrerón. Un carrera grande en todos los sentidos, pero sobre todo en el recorrido. Toda la carrera es bonita. 



¡Hasta el año que viene Peñalara! ¡Te conquistaremos todos los CxC! ¡La próxima vez no te escapas!

11 sept 2014

El UTMB. Mi UTMB



El día de antes, en la fila para recoger el dorsal, con el Mont Blanc al fondo.

¡He ido al Ultra Trail du Mont Blanc! ¡Y he terminado! Ello me obliga a escribir algo. Aunque sean unas pocas letras con un mínimo sentido. Sin embargo me siento incapaz de hacer una crónica al uso, contando lo que pasó desde que empecé hasta que llegué a meta. Han sido cuarenta y cinco horas y catorce minutos, que se dice pronto. ¿Cómo podría explicarlo?

La crónica bien podría ser la de mi compañero Manu (la podéis leer pinchando AQUÍ) que escribe mucho mejor que yo y corre por el estilo. De hecho, él terminó medio segundo antes que yo.

Además, no me acuerdo bien de todos los nombres de los sitios por los que pasé, ni de los tiempos de paso, ni de tantos y tantos detalles que aparecen por mi cabeza a pinceladas, sin orden ni concierto.

En cambio, sí que tengo cosas que decir. ¿Cómo no?

En primer lugar algo bueno en plan general:

Correr el UTMB es una pasada por muchas cosas: Porque es la carrera por montaña por excelencia, por el ambiente, por los paisajes, por la experiencia que supone recorrer 168 km de una vez, por la aventura que ello conlleva. No sé si tiene que ser el UTMB (porque de momento solo conozco éste), pero si te gusta correr largo por montaña tienes que hacer una carrera de 100 millas sí o sí.

A pesar de eso, también hay cosas que no me gustan. Lógicamente, la carrera de montaña con más repercusión internacional está pensada para los ganadores, gente que ha sido capaz de terminarla en poco más de 20 horas (¡20 horas!). Se empieza a las 17:30, lo que a ellos les permite llegar al día siguiente a la hora de comer y a nosotros –los paquetes, quizá debería decir los mortales- nos tiene dos noches completas sin ver nada de lo que nos rodea. Sabes que es precioso, pero no puedes verlo. Es lo que tiene ser lento. Si quieres recorrer esa distancia y tu cuerpo no te da para más, te tocan dos noches de parranda por el monte. Tampoco me gustó la excesiva seriedad de los participantes. Está claro que hay que tomarse la prueba en serio, pero eso no está reñido con hablar con el compañero, hacer un chiste o pararte a ver simplemente el paisaje. Los que podían ir a nuestro lado no iban a ganar, eso estaba claro, entonces ¿por qué esas caras de setas, ese silencio sepulcral? Para contrarrestarlo, nosotros soltábamos una gilipollez de vez en cuando en voz alta para que los de al lado en vez de poner cara de serios, pusieran cara de espanto, miedo, incredulidad o asombro. Algo es algo… Tampoco me gusto ver envoltorios o geles por los preciosos senderos que rodean el Mont Blanc. Hay guarros en todos lados. Allí también.

Ahora, los momentos importantes de “mi” UTMB:

Todos juntos momentos antes de la salida
No se me olvidará la salida, con lluvia intermitente justo antes de salir y lluvia a tope desde el primer paso hasta, al menos, cinco horas después. Los nervios de un pelotón que no sabía si ponerse o quitarse el chubasquero antes de empezar.

Tampoco olvidaré jamás la imagen de Paula y Marisol esperándome en el avituallamiento de Saint Gervais bajo una intensa lluvia. Es emocionante ver allí a tu familia y amigos (Paco, Gema, Carmencita, Raquel, Anne) para animarte, sonreírte y abrazarte. Aquí lo psicológico y lo emocional cuentan tanto o más que lo físico.

También tengo grabado el primer amanecer. Llevábamos poco más de doce horas en carrera cuando ascendíamos los últimos metros para alcanzar el Col de la Seigne. Las primeras luces hacían que intuyéramos una silueta montañosa a nuestra izquierda y colores más claros que podían ser nubes o nieve. La visibilidad aumentaba poco a poco y se confirmaban nuestras sospechas, era nieve y entre ella las nubes que parecían abrirse a nuestro paso para que contempláramos el macizo que teníamos a nuestro lado. Pronto oímos voces que nos daban la bienvenida a Italia y nos señalaban en todo su esplendor –ahora sí- el Mont Blanc.

Aquello era el Mont Blanc y ahí estaba yo, un pardillo que hace cuatro días estaba haciendo una preinscripción pensando que jamás le tocaría ir.
¡Ya en Italia!
Solo tengo esta foto que un voluntario italiano se ofreció a realizarnos. La verdad es que podía haber sacado un poco mejor el jodido Mont Blanc, que era lo bonito, y no las piernas llenas de barro o las caras de panolis que tenemos Jorge y yo.

A partir de ese momento llegaría el mazazo de la carrera. Jorge se había quejado de la rodilla en las bajadas, pero ahora decía que ya no podía más, que tenía que bajar andando a Lac Combal. Trataba de correr pero sus rodillas no le dejaban. Yo me había quedado helado al parar unos instantes arriba, donde corría mucho viento. Tenía que seguir corriendo, porque empezaba a pasarlo mal. Además, así creía que obligaría a Jorge a no abandonarse. Le dije que yo bajaría hasta el siguiente avituallamiento y que allí le esperaría tardase lo que tardase. Fueron casi cuarenta minutos interminables hasta que vi su cara de circunstancia, triste, diciéndome que no podía seguir, que no había podido correr ni diez metros seguidos. Yo creía que aún podía. Por si sus sensaciones eran equivocadas le dije que debía agotar la media hora larga que quedaba hasta el cierre de control, que estirara, que se pusiera hielo, que pasara al puesto médico para que le pudieran ayudar. Le dije que si yo arriba estaba helado, después de tanto tiempo parado a la intemperie (el avituallamiento no era cerrado) ahora estaba absolutamente congelado. Conociendo su competitividad, quise darle de nuevo un motivo para seguir: Salir yo antes para que tuviera que alcanzarme. Le dije que en cuanto saliese me mandara un mensaje para esperarle en el siguiente punto de control al final de la siguiente subida o en el próximo avituallamiento, 9 kilómetros después. Me dijo que lo haría así. Salí de allí temiendo lo peor, pero confiando en Jorge –como siempre- y en la suerte.

No quería pensar en nada, no quería taladrarme la cabeza imaginando lo peor. Así que salí de allí a buen ritmo tratando de olvidarme de todo. Tanto que me olvidé de rellenar el agua. Después de haber estado allí sin hacer nada, me fui con los depósitos vacíos. Media vuelta. Cuando volví ya no vi a Jorge, estaba en la enfermería. Di media vuelta y empecé a correr. Pronto llegaría la subida. Empecé a adelantar. Para no pensar todo mi afán era contar la gente que superaba. Uno, dos, tres… hasta setenta y cinco. Y si alguien me adelantaba descontaría uno.
Por aquí tendría que venir Jorge...
Al llegar arriba no quise mirar el móvil. Ahora tocaba bajar hasta el próximo avituallamiento. Otra vez a contar. Uno, dos, tres… hasta cincuenta y uno. En total más de 125 adelantamientos netos (no me adelantaría ninguno en la subida y no más de cinco personas en la bajada)

Allí miré el móvil. Había un SMS. La inflamación era importante y los médicos le decían que no debía seguir.

¡Joder! Era previsible viendo como bajaba, pero no quería que fuese verdad.

El puto SMS era un jarro de agua fría. Jorge, igual que Manu y yo, tenía mucha ilusión por superar el reto, por recorrer todos los kilómetros por Beatriz, por vivir una aventura y, de pronto, todo se venía abajo.

Ahora, en frío, todo tiene su explicación. Varias horas de lluvia sin parar, el suelo lleno de barro y las pendientes negativas como pistas de patinaje hicieron que nuestras pisadas se hicieran inestables, que cada apoyo fuera un esfuerzo extra para corregir los desplazamientos que se producían por el barro y la lluvia. Además, los pies de Jorge se llenaron de ampollas por el roce y la humedad. Todo ello fue sobrecargando su rodilla hasta que ya no pudo más.

Tenía que sentarme en aquel avituallamiento para tratar de poner en orden en mi cabeza. Estoy seguro de que la mitad o más de los que había pasado antes me volvieron a adelantar en aquel sitio.

Menudo contraste. Uno de los avituallamientos más bonitos, con un paisaje espectacular, un sol radiante, hasta un coro poniendo el vello de punta con sus voces en aquel lugar de ensueño a más de dos mil metros de altura y a solo cuatro kilómetros del ecuador de la carrera, en Courmayeur, “base de vida” donde podríamos cambiarnos de ropa, comer algo, reponer fuerzas y seguir.

¡Y no estaba Jorge!

Tenía que seguir, había que terminar aquello, antes solo por Beatriz. Ahora también por Jorge. ¡Qué cojones!

Así que salí de allí diciéndome que tenía que conseguirlo, que tenía que terminar como fuera. Traté de ir aumentando el ritmo para coger a Manu que iba por delante. Lástima que Manu creyese que los que íbamos delante éramos nosotros y también apretase para alcanzarnos.

Me esperaban muchos kilómetros en soledad, pero en muy poco tiempo llegaría otro de los momentos que me servirán para el futuro.

El retraso acumulado me haría llegar a Courmayeur con poco tiempo. Me cambié de ropa, me puse protección solar, repuse cosas de la mochila y comí menos de lo que debí. No tenía tiempo. Salí solo cinco minutos antes del cierre de control. Anne, la novia de Manu, me dijo que éste había salido unos 35 minutos antes que yo.

Ahora había que subir, pero esta subida se atragantó, comenzaban a adelantarme y me faltaban las fuerzas. Suerte que me di cuenta de que todo tenía que ver con la gasolina. Me paré a la sombra de un árbol, me tomé un gel de carbohidratos y unos cuantos orejones (albaricoques secos) que me pusieron en órbita al poco tiempo. Desde ese momento, no hubo más momentos malos desde un punto de vista físico.

Solo me quedaba pasar algún mal momento psicológico.

Era de noche, la segunda noche, no sé siquiera por dónde iba exactamente. De pronto mi tobillo derecho se tuerce en una zona de piedras y raíces. El dolor es como siempre, fino e intenso. Tengo que seguir. Tengo que pisar con decisión. Pero el tobillo vuelve a fallar. Ahora tengo que ir despacio. Unos minutos antes me había acoplado a un grupillo para no ir solo de noche por aquel enorme bosque. Ya sabéis que no soy lo que se dice un valiente al caer la noche. Pero me tenía que descolgar. Otra vez solo, con el tobillo recién torcido. Pensé en Jorge, en Beatriz. En todos los que me estarían esperando en la meta al día siguiente. Incluso pensé en los articulillos que habían salido en prensa, en las entrevistas en las televisiones locales, en la radio. “Tanto para esto”- pensé. Vi el reto en peligro durante un instante. Aquello no podía pasar.

Así que tuve que parar, pensar y, después, actuar. Había que vendar, si no, el tobillo volvería a fallar. Comenzaba a notarse el edema bajo el tobillo, había fibras rotas. Saqué una venda tubular de esas que se ajustan y doblan sobre sí mismas para aumentar la presión que nos había dado nuestro amigo Ricardo, médico. Solo hicieron falta dos vueltas para notar una presión importante en el tobillo. Ahora debía pisar con la mayor naturalidad que pudiera, concentrándome en pisar correctamente. Y debía confiar en la suerte. Y la tuve. Quizá desde ese lugar y hasta pasados tres o cuatro kilómetros el piso fue el que mejor recuerdo de toda la carrera, incluso con algún tramo de asfalto y todo en subida. El tobillo se encontraba cada vez mejor y más seguro. Yo también.

Escollo superado.

Todo lo que quedaba era bueno. Tenía que serlo.

Y lo fue. En Champex-Lac, kilómetro 122, encontré a Manu. Yo había ido aumentando el ritmo cuando podía, pensando en alcanzarle. Él había parado allí con la intención de esperarme sabiendo ya que yo iba detrás.
¡Por fin juntos!
Las caras de locos debían ser por el sueño que teníamos.
O es que estamos locos...
Fue como encontrar un salvavidas, una niñera simpática y cariñosa, un hermano mayor, un amigo para disfrutar en compañía lo que quedaba de aquello.

Además, llegaba la media noche y el sueño comenzaba a hacer mella, tanto que hasta nos hizo ver cosas que no existían (yo ratas cruzando el camino y preciosos tigres tallados y pintados en la roca; Manu, casas que indicaban que llegábamos a un punto de control o pancartas rojas blancas que nos marcaban el final de una bajada horrible)

Pasamos momento jodidos, por el sueño después de más de 30 horas en marcha, porque se te cierran los ojos, porque no dejas de dar puntapiés a las piedras, porque de pronto te das cuenta de que a tu izquierda hay cadenas sujetas a la roca para agarrarte y no caerte por un precipicio que hay a tu derecha y que no habías visto, porque casi no hablas y lo poco que dices son simplemente monosílabos de afirmación o negación.

Pero también pasamos momentos muy buenos, pensando y verbalizando lo que estábamos haciendo, riéndonos de nosotros mismos, de las costaladas que nos dimos sin mayores consecuencias (salvo algún raspón, moratón o dolor los días posteriores), adelantando a gente que –por apariencia- debía ir mejor que nosotros, o viendo como Manu –el que dice que no sabe bajar- tomaba la iniciativa en los descensos como alma que lleva el diablo, obligándome a vocearle desde atrás diciendo “me llevas loco, Manu, me vas a matar”.

También suponía un alivio ver a Anne en los avituallamientos o a falta de pocos kilómetros cuando ya solo quedaba bajar hasta Chamonix.

Y llegar a Chamonix, después de 45 horas de aventura, sintiéndote aún fuerte, enorme, duro, con suerte. 

Encarar las primeras calles del pueblo y oír los gritos de la gente animándote por tu nombre, aplaudiéndote, dando la impresión de que te animan de verdad, porque saben lo que has hecho y lo duro que ha debido ser. Es simplemente impresionante.

Ver a los tuyos en los últimos metros es ya indescriptible, emocionante.

Poder correr los últimos metros llevando de la mano a Paula y Carmen, mi hija y la hija de mi mejor amigo de toda la vida, es algo que no tiene precio. Marisol corría también a mi derecha, algo más separada, de forma discreta, sin salir en la foto, como es ella, pero estando ahí, como siempre, sin condiciones.

Quizá haya sido ese momento uno de los momentos más emocionantes de mi vida. No sé decir por qué, pero –al contrario de lo que suele sucederme- me emocioné y mucho. 

El abrazo en meta con Jorge fue brutal, de esos abrazos que se sienten dentro. Yo le quería decir que si eso no era aún mejor era únicamente porque él no había ido conmigo físicamente –en lo emocional fue siempre a mi lado- y yo entendía de su abrazo que se alegraba tanto por mí como si hubiera sido él el que cruzaba la meta. Pero no nos dijimos nada con palabras, solo nos abrazamos.



¡ULTRA TRAIL DU MONT BLANC TERMINADO!

Con nuestro trofeo
Ya solo me quedaba una sorpresa alucinante.

Al día siguiente, Manu y yo con nuestros chalecos de finishers
Todo sucedía al día siguiente. Me quería echar un rato la siesta para recuperar, pero conecté el Wifi del apartamento. De pronto comencé a comprobar con mis propios ojos la cantidad de mensajes, WhatsApps, publicaciones en Facebook y Twitter  que se mandaron con motivo de nuestra participación en la prueba. En carrera no llevaba conectados los datos para que me durara la batería del teléfono, además de que cuesta una pasta tener datos en “Extrangia” si eres usuario de la telefonía móvil en Españistán. Había que apañarse con el Wi-Fi.

Jamás pude pensar que nuestra participación en el UTMB pudiera tener tanto seguimiento por parte de tantos y tantos familiares y amigos.

Estuve más de tres horas y media leyendo en el teléfono lo que vosotros habías mandado o publicado. Me reía, me emocionaba, alucinaba con el control de la carrera que se había hecho a través de los mensajes automáticos que se enviaban a Facebook cuando pasábamos por un punto de control. Sin duda, toda esa energía positiva se encauzó de algún modo y me llegó. Si no, no resultaría posible que durante toda la carrera fuera pensando que podía terminar, que seguía fuerte y que yo acabaría con el Mont Blanc y no el Mont Blanc conmigo.

Muchas gracias a todos por todo. Disculpas si no contesté alguna llamada o algún mensaje. Traté de dar “me gusta” a todos vuestros comentarios en Facebook para deciros, simplemente, que había visto vuestro mensaje, que me había llegado. 

De entre todos los mensajes, me emocionó especialmente el VIDEO DE BEATRIZ en el que se le saltaban las lágrimas cuando nos daba las gracias por todos los kilómetros que habíamos recorrido por ella. ¡Sin palabras!

Beatriz, tú te mereces eso y mucho más

Por esto también estamos muy contentos. Gracias a la repercusión que ha tenido todo esto, hemos echado una manita a Beatriz recaudando fondos y haciendo su historia un poco más visible. Además, esto no ha terminado, seguimos "vendiendo" kilómetros hasta final de año. Así que no tienes escusa. !Compra¡ Aquí tienes todo lo necesario para hacerlo.

Estoy, como casi siempre, feliz, pero ahora tengo algún motivo más pare estarlo.

Nos vemos corriendo por el campo.

7 ago 2014

Un fin de semana a la carrera: El Escorial - Cercedilla - Puerto de Navacerrada - Miraflores de la Sierra


Este fin de semana ha sido la rehostia. Así, sin paliativos.

MANU (nuestro CxC más heavy-metal) quiso que nos diéramos un largo paseo por la sierra madrileña a modo de entrenamiento, aperitivo o ensayo general antes del lío del Mont Blanc

Y nosotros, que somos de personalidad débil, dijimos que sí a la primera. 

JORGE y yo teníamos que ir para acompasar ritmos, limar asperezas atléticas con determinadas partes de nuestra anatomía y comprobar si estamos haciendo bien las pocas cosas que hacemos de cara al UTMB.

LUIS tenía que venir porque le encanta recorrer nuevas rutas y, además, porque una de las programadas sería la de la CUERDA LARGA, una de ésas que se le meten en la cabeza manteniéndolo en vilo hasta que consigue hacerla. Una "luisada", vamos.

RAMÓN necesitaba, por fin, reencontrarse con los miembros "originales" de CxC después de un tiempo "desaparecido" y los miembros "originales" necesitaban al muchacho de los enormes gemelos trillizos para meterlo en vereda y mantener el grupo compacto y bien peinado.

Los demás no podían venir. Ellos pasarían envidia y nosotros los echaríamos de menos.

Por otra parte, Manu había invitado a más amigos. A MARIAN, una corredora del "Tierra Trágame", una "Woman WindXtrem", de las que da gusto ver subir como una "cabrilla" por los sitios más escarpados y bajar como flotando entre las piedras como si no le costase en absoluto. Y Marian había traído a ALBERTO para que nos acompañara el primer día, un neófito en lo de correr por la montaña, pero todo un experto biciclista de "enduro" (de esos que da miedo ver cuando se tiran monte abajo como si no tuvieran frenos, ni mujer que dejar viuda).

El segundo día, vendría JAVIER, otro amigo de Manu que se está adentrando en las distancias más largas por la montaña.

Jorge, Luis y yo llegaríamos a Madrid el jueves por la noche. Así no tendríamos que madrugar tanto. Risas, chascarrillos de los de siempre y unas hamburguesas riquísimas en "Alfredo´s Barbacoa", regadas con tres medios litros de cerveza fresquita y un gin-tónic después en "The Red Lion" que nos pillaba de paso antes de dormir. 

De los excesos nos acordaríamos al día siguiente... Y menos mal que no me dejaron pedir el "lomo alto de cebón 500 g"... 

01/08/2014: El Escorial - Cercedilla: 50 km. 2.250 m. D+

El viernes temprano llegábamos a Miraflores de la Sierra (lugar donde terminaríamos la última etapa) para dejar nuestro coche allí y subirnos en el de Manu hasta Cercedilla para encontrarnos con Marian y Alberto y allí coger un tren que nos llevara a El Escorial, inicio de la aventura del fin de semana.

Llegamos cinco minutos tarde, perdimos el tren y trastocamos absolutamente los planes del día. Ahora tendríamos que ir en coche a El Escorial. Las caras de Marian y Alberto no podían ser más explícitas. Nos querían matar, aunque su educación les obligó a forzar la sonrisa y decir "no pasa nada". Veían por primera vez a los CxC y eso impresiona (desde un punto de vista negativo, claro)

Empezamos la ruta y, sin saber muy bien por qué (no nos acordábamos de las cervezas, ni del gin-tónic) Luis y yo comenzamos a sudar de lo lindo nada más echar a andar. Los demás iban subiendo normalmente y nosotros echábamos el higadillo a cada zancada. En el km. 3 tuvimos que decir a los demás que siguieran, que nosotros subiríamos más despacio. Luis comenzaba a ponerse blanco y yo, aunque no me veía, me notaba amarillo limón, tirando a azul cadáver. Luis comenzó a vomitar hasta la primera papilla que tomó de niño. Yo no quería vomitar, pero me mareaba. Él dijo que se "rajaba", que se iba al coche. ¡No llevábamos ni 4 km.! Yo notaba que me moría a rajas, pero si lo decía tendríamos que irnos los dos, así que puse cara de hermano mayor y dije: "Luis, hazme caso. Vamos a parar un poco. Yo me quedo contigo (como si me estuviera sacrificando, cuando en realidad no tenía fuerzas ni para dar un paso más). Comemos algo y seguimos". Luis dejó su mente en blanco y se entregó, poniéndose en modo "dime-lo-que-tengo-que-hacer,-que-yo-lo-hago".

En cinco minutos estábamos subiendo otra vez con más pena que gloria. A partir de ese momento todo fue a mejor. Subimos unos 700 metros de desnivel positivo y, una vez arriba, las cosas empezaron a verse de otra forma...
No es que Luis sea un "montaje" es que estaba desorientado
Hasta que nos perdimos y nos volvimos a perder y subimos y bajamos y volvimos a subir... Toda una aventura en la que lo pasamos en grande.
El hombre que "sus robaba" los caballos
Vimos caballos, refugios de montaña, un búnker... Así hasta que llegamos al Puerto de Guadarrama y su asador El Alto del León, donde repusimos fuerzas para seguir hasta nuestro destino: Cercedilla.
Al lado del búnker
Marian y Alberto, que al adelantarse un poco no se habían perdido y habían hecho menos km que nosotros, decidieron alargar un poco más y pasar por la Peñota para ir a Cercedilla. Así les saldrían unos 36-39 km.

Nosotros teníamos que seguir el GR 10, después un ramal señalado con marcas verdes y, posteriormente, el PR 30 que nos llevaría directamente a Cercedilla. Sin embargo, nos dio por perdernos otra vez y empezamos a subir, como si no costara, hasta que nos dimos cuenta de que íbamos camino de La Peñota. Así que tuvimos que desandar lo andado y bajar lo que habíamos subido hasta encontrar el ramal correcto y dirigirnos hasta nuestro destino. 

Al final, después de los despuéses, 50 km y unos 2.250 m D+ para nuestras piernas que, aunque algo cansadas, habían respondido a la perfección a pesar incluso de que las de Luis y las mías creyeron morir a solo cuatro kilómetros de empezar. 
Ya en Cercedilla, recién llegados.
Al llegar nos esperaba Ramón (Oh, Lidl) que nos pidió una cervezas fresquitas y unas tapas para que esperáramos a que llegaran Marian y Alberto. Mientras, mirábamos el cielo gris sobre nuestras cabezas. Eran las nueve y no nos apetecía dormir al raso por si nos pillaba la lluvia que ya hizo acto de presencia cuando estábamos perdidos. Finalmente, Marian, Alberto y Ramón harían vivac en las Dehesas de Cercedilla y nosotros cuatro (Luis, Manu, Jorge y yo) estiraríamos las patas en el Hostal Longinos El Aribel, un hostalito muy majo, limpito y a buen precio justo al lado de la estación. 

Había que cenar. Ramón tendría que acercar a los que tenían el coche en El Escorial (Manu y Marian) y Alberto iría a buscar sitio para hacer vivac. Pero teníamos hambre, mucha hambre.

Así que sin ducharnos, con un simple cambio de camiseta y con la ayuda de las toallitas húmedas nos aseamos lo que pudimos para entrar en el  Restaurante Cambalache, un italiano que nos había recomendado un señor del pueblo. Al principio, cuando nos vieron llegar nos quisieron "colocar" en la calle, a lo que nos negamos. Nos acomodaron en la zona interior y nos sirvieron una rica cena, aunque no lo suficientemente abundante para el hambre que llevábamos. 
Esperando la cena. Y los dedicos de Luis...
La cosa se alargó y, entre pitos y flautas, debimos estar allí unas dos horas y media. Entre tanto, el bueno de Alberto ¡Dios Santo! casi nos arruina la noche (por no decir la vida) cuando nos dijo que comer jamón en una prueba deportiva era poco menos que "cagarla". No, joder, no... Eso no se hace en presencia de Jorge... Por un momento creí que Alberto moriría estrangulado. Menos mal que Jorge, a pesar de su amoralidad extrema, es un hombre respetuoso (bueno, eso y que estaba enfrascado en sus tortellini con salmón como un perrete hambriento y no hacía caso a nadie). La verdad es que echamos unas risas entre todos y lo pasamos en grande en un sitio agradable y con una comida bastante rica.

02/08/2014: Cercedilla - Puerto de Navacerrada. 23 km. 1400 m. D+

El día anterior habíamos hecho más kilómetros de la cuenta, así que el segundo día haríamos menos de lo previsto.

Comenzamos la jornada en Casa Cirilo, dónde estaban los que habían dormido al raso -Marian y Ramón- y Javier, que se incorporaría al grupo en esa jornada. Alberto se había marchado a pegarse un tute de campeonato en bici después de su estreno en lo de correr por montaña.

Antes de salir cargamos pilas con un bocadillo de tortilla francesa con jamón que nos supo a gloria, lo que nos proporcionó fuerzas y ánimos suficientes para ascender por la senda borbónica hasta llegar al puerto de la Fuenfría. Desde allí, bajamos por el arrastradero de troncos, haciendo en camino inverso del Gran Trail de Peñalara (GTP), lo que nos encantó al poder comprobar lo bonito que era ese mismo lugar que un año antes nos hizo resoplar cuando llevábamos unos 90 km en las patas. Después enlazamos con el GR. 10.1, llaneamos a buen ritmo entre bosques preciosos con una temperatura ideal hasta llegar al Puente de la Cantina, donde encontramos a un corredor herido al que tuvimos que auxiliar, utilizando por primera vez el betadine de mi botiquín (parece que jamás va a utilizarse, pero cuando pasa algo debe estar ahí).
Entra la Fuenfría y el puente de la Cantina
Después comenzamos a ascender sin parar hasta el Puerto de Cotos, donde hicimos una parada técnica en la famosa Venta Marcelino para echar una cervecita con limón y comer algo antes de seguir el ascenso por la Senda del Noruego hasta el Alto de Guarramillas, también conocido como Bola del Mundo.
Reponiendo electrolitos en Venta Marcelino
Servidora, Jorge, Ramón, Marian -en holograma- y Javier
Las piernas seguían frescas y fuertes, lo que nos hacía sonreír y pensar que no estábamos tal mal como nuestros cuerpos pueden aparentar.
Jorge, Ramón y Marian llegando a la Bola del Mundo
Una vez arriba, estuvimos moneando un rato, haciendo fotos y riéndonos como si no hubiéramos corrido en toda la mañana. 
La "escuadra" de Marian
El "trípode" de Ramón
La "cucaracha" de Manu 
Desde allí, Marian se puso al frente (una vez más) y nos llevó en un periquete hasta abajo en un frenético descenso "a cholón" por la pista de esquí. Cuando tocamos el cemento, miramos arriba buscando a Manu que se había quedado atrás. No se veía. Ni por la pista de esquí, ni por la que va haciendo eses, ni por la de cemento... Había desaparecido. Teníamos que verlo y no aparecía. Yo ya comenzaba a ver las zonas oscuras como si fueran el cuerpo de Manu -vestido de negro- tirado en el monte... Preocupados, Jorge y yo comenzamos a subir para ir en su busca, hasta que el muy desgraciao nos llamó desde abajo para preguntarnos cuándo llegábamos. Había cogido un camino mucho más suave para llegar a abajo, dándole tiempo a bajar mientras nosotros pensábamos qué haríamos con su cuerpo... ¡La madre que lo parió!

Al final nos salieron 23 km y 1400 metros D+

Ya todos juntos, menos Javi, que había quedado con su contraria, nos dirigimos a Venta Arias para reponer convenientemente las calorías perdidas. Albóndigas para Marian, bocadillo de lomo para Ramón, bocadillo de morcilla (y menuda morcilla) para Manu y judiones de la Granja para Jorge, para Luis y para mí.

Obsérvese el tamaño anormal de la morcilla comparado con el tamaño normal del reloj
Pronto estaríamos en el Albergue de Peñalara (antes incluso de que vinieran a abrirnos), echándonos en la misma puerta una mini-siesta que nos recompuso totalmente.

Cuerpas al sol en la puerta del albergue de Peñalara
Solo estábamos alojados nosotros. Nos instalamos, nos duchamos y nos fuimos al río a meter las piernas en el agua helada lo que nos dejó como nuevos para el siguiente día. 
Crioterapia barata
A las 20:30 comenzábamos a cenar en el Albergue una ensalada "con de to" y una estupenda ración de lasaña casera riquísima, pan, agua y postre lácteo de chocolate.

Antes de las 22:00 horas, con algo de luz entrando por la ventana, estábamos encamados y más anchos que largos.

03/08/2014: Puerto de Navacerrada-Miraflores de la Sierra: 28 km. 1000 m. D+

Domingo, 8:00 de la mañana. Desayuno en el Albergue de Peñalara. Pan, mantequilla, mermelada, bollería, galletas, café, cola-cao, leche... y al campo.

El principio fue matador. Había que subir los 400 metros de desnivel hasta Bola del Mundo (2.265 msnm) del tirón y sin calentar. Hacía frío y viento, pero allí comenzaba la ruta de la Cuerda Larga, la que tanto tiempo había querido hacer Luis.
Las antenas de Bola del Mundo
La ruta es una maravilla, de esas que te hacen sentir que estás en la montaña, sobre todo a nosotros que lo más alto que subimos es a 1300 msnm. 

El día estaba nublado y casi no nos dejaba ver lo impresionante del paisaje a ambos lados de la cuerda. En cuanto abría por algún lado, alguien decía: "¡Mira, mira, mira! ¡Qué bonito! ¡Impresionante!"
Qué bonita estampa, sino fuera por los CxC´s
Destrepando como si nada...
Manu nos iba explicando por dónde íbamos pasando (cerro de Valdemarín, Cabeza de Hierro Menor, Cabeza de Hierro Mayor, collado de las Zorras, Navahondilla, Bailanderos, collado de la Najarra) y qué teníamos a nuestro alrededor (la Pedriza a nuestra derecha se veía preciosa).

Entre tanto disfrute, también hubo tiempo para hacernos fotos, reirnos, comer, beber y (a pesar de su ineficacia en la reparación muscular inmediata) comer un jamón que nos supo a gloria.
Paradita para comer algo
Alegres y ufanos
Un "planking"
Un "saco de patatas"
Luis, al fondo, confundiéndose con el vértice geodésico
Una vez en el collado de la Najarra descendimos por un sendero muy disfrutón hasta el Puerto de la Morcuera, tanto que Ramón se despistó un poco, torciéndose el tobillo y dando con sus huesos en el suelo, rompiéndose las mallas un pelín e hiriéndose el orgullo más que el cuerpo.

Al llegar a la Morcura nos acordamos del avituallamiento del GTP del año pasado. Llegábamos allí al amanecer. Nos acordamos de la calurosa y cariñosa recepción por parte de Mercedes Rita Pels en el avituallamiento, de que a Jorge se le calló el jamón al suelo (lo que no impidió que nos lo comiéramos)... de momentos que se quedan grabados en la memoria de una prueba ultra con independencia de que puedan situarse con precisión en el mapa.

Ya solo quedaba bajar y bajar; primero por un sendero y después por pistas para evitar que el tobillo de Ramón volviera a fallar. Afortunadamente, nos seguíamos sintiendo enteros y fuertes (incluso un poco guapetes).

Pronto estábamos en Miraflores de la Sierra, fin de la etapa y de la aventura del fin de semana. 

Buscamos la parada del bus que llevaría a Manu hasta el Puerto de Navacerrada para recoger su coche. Allí mismo encontramos una fuente en la que metimos los pinreles para gozo y disfrute de éstos y del resto del cuerpo. Justo en frente había una pizzería, lo que nos facilitaba la labor de reponer fuerzas. 
Con los pies en remojo
Tres pizzas familiares (cuatro quesos, jamón y de no sé que con pimientos) para los seis, coca-colas y cervezas. 

El pobre Manu tuvo que coger el autobús antes de que salieran las pizzas, así que tuvimos que llevarle su parte a Casa Cirilo, donde estaba el coche de Marian y el de Ramón para distribuir equipajes y marcharnos cada uno a nuestra casa.

Gracias a Manu -al hambriento Manu en aquellos momentos- había transcurrido un fin de semana de los de recordar durante toda la vida, unos días de correr por el campo sin otro objetivo que disfrutar, con amigos, sin pretensiones, salvo la de llegar allí arriba o a la parte de aquel monte que se ve a lo lejos.

Ahora solo queda que pasen unos días hasta que llegue el 29 de agosto para enfrentarnos al que seguramente se convertirá en nuestro amigo, el Mont Blanc, con independencia de que nos ponga más o menos resistencia para ello. Haremos lo posible por conquistarlo con las armas que tenemos. No son muchas, pero son las nuestras: paciencia, constancia y humor para enfrentar los momentos duros -que sin duda llegarán- y para disfrutar de los buenos, esos que, al final, son los que quedan mejor grabados en nuestra memoria.